Allan Pamba se graduó como médico en el momento álgido de la epidemia de VIH/sida en África Oriental. Los sistemas sanitarios de la región se vieron desbordados por la enfermedad, y los recursos internacionales tardaron en movilizarse.
“Como médico junior, probablemente firmé muchísimos más certificados de defunción de los que debía”, afirma Pamba, actualmente vicepresidente para África Oriental de GlaxoSmithkline. “Durante ese proceso casi vimos cómo una enfermedad seguía su curso natural en una curva, lo que probablemente es la peor pesadilla de un médico.”
La epidemia de VIH tuvo un efecto social y económico devastador en gran parte de África, pero una década de esfuerzos regionales e internacionales ha reducido su impacto. Del mismo modo, las muertes por malaria –que causaba más de un millón de víctimas africanas al año en los años noventa– han disminuido gracias a un gran énfasis en la prevención y el tratamiento.
Pero ahora Pamba advierte de “otro tsunami”, frente al cual los sistemas sanitarios africanos no están preparados: enfermedades que son, posiblemente, consecuencia del rápido crecimiento económico del continente y de los cambios que lo acompañan.
El alto crecimiento del PIB, la urbanización y la consiguiente aparición de una nueva clase media en el África subsahariana han alimentado una narrativa de “Africa Rising” que ha atraído a inversores.Para 2030, la mitad de los africanos vivirá en ciudades; el Banco Africano de Desarrollo estima que el continente ya cuenta con una clase consumidora de alrededor de 300 millones de personas. Las grandes marcas de comida rápida se están adentrando en mercados que antes nunca habrían figurado en sus planes. Burger King abrirá en Angola y Zimbabue, y KFC en la República Democrática del Congo y Etiopía. El continente es cada vez más una fuente de beneficios para cerveceras globales como Heineken, SABMiller y Diageo, y un raro foco de crecimiento en las ventas de cigarrillos en un mundo que se está alejando del tabaco.
Los nuevos estilos de vida sedentarios y de alto consumo, combinados con una mayor esperanza de vida, han provocado una creciente ola de enfermedades no transmisibles (ENT): cánceres, enfermedades respiratorias, enfermedades cardiovasculares y otras dolencias asociadas a la vida urbana. Actualmente, esta categoría es responsable de alrededor del 35 % de la mortalidad en el continente; para 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que la cifra aumente hasta el 65 %.
“Oigo hablar mucho más de cáncer, ictus y diabetes a largo plazo. Eran temas de los libros de texto de medicina que nos decían: si te saltas esas páginas, no pasará nada. Nunca lo verás en tu vida”, afirma Pamba. “Nos dijeron que leyéramos sobre la malaria, la tuberculosis y las enfermedades transmisibles. Mi formación en esta área [de las ENT] fue deficiente, como lo fue para muchos otros médicos que ejercen actualmente, porque no previmos que esto ocurriría en nuestra vida. Pero se están convirtiendo en un problema. No tenemos la capacidad para afrontarlo. No contamos con suficiente personal capacitado. No tenemos los medicamentos para tratarlas cuando fracasamos en la prevención, y no disponemos de la infraestructura sanitaria necesaria.”
Déficit de herramientas
Incluso los centros regionales, como la capital comercial de Nigeria, Lagos, y la capital de Kenia, Nairobi, carecen de las sofisticadas instalaciones de oncología y cardiovasculares necesarias para tratar a sus pacientes actuales. Muchos, si pueden permitírselo, acuden a la India, Singapur u Oriente Medio para recibir tratamiento.
El legado de décadas de inversión internacional para combatir las enfermedades transmisibles es que la mayor parte de la infraestructura médica de África está organizada en compartimentos estancos, creados para tratar crisis concretas.
“Nuestro modelo actual solo está orientado a ‘cuando algo sale mal, lo abordaremos’. Eso exige muchas intervenciones costosas. Es un modelo de respuesta a crisis”, afirma Ernest Darkoh, socio fundador de Broadreach Healthcare, empresa que asesora a gobiernos en la construcción de sistemas sanitarios inclusivos.
“Llegué a Sudáfrica en 2006. Gran parte de nuestro trabajo se realiza en zonas rurales. Ibas a KwaZulu Natal y preguntabas a la gente: ‘¿Tiene diabetes?’, y te respondían: ‘Todavía no.’ Era algo tan normal, que en cierto momento te daba diabetes… Recuerdo haber pensado: ‘Dios mío. Esto es un barril de pólvora a punto de estallar.’”
Las ENT requieren un enfoque completamente nuevo para construir sistemas sanitarios, afirma Darkoh. La salud pública debe alejarse del “modo crisis” y avanzar hacia una comprensión más amplia del estilo de vida, el bienestar y las necesidades continuas del paciente. El sistema actual, que él describe como “curativo”, es “intrínsecamente defectuoso”, afirma.
Abordar el problema requiere algo más que aumentar la escala, según Darkoh.“En África, pensar que algún día tendremos tantos cardiólogos como Estados Unidos es un sueño imposible”, afirma. Y, por cierto, Estados Unidos no tiene suficientes cardiólogos, a pesar de gastar billones de dólares al año en sus sistemas sanitarios.”
Modernizar la infraestructura sanitaria
Haciéndose eco de las opiniones de Pamba, Darkoh considera que la infraestructura sanitaria deberá centrarse tanto en la prevención y el estilo de vida como en curar a quienes ya están enfermos, aprendiendo las lecciones de la epidemia de VIH/sida, en la que se puso demasiado énfasis en lo segundo.
Esto implica, por ejemplo, educar a la población sobre sus decisiones de estilo de vida y realizar cribados de cáncer de forma temprana. Ya existe una vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH), que puede provocar cáncer de cuello uterino; según la OMS, es la principal causa de años de vida perdidos por cáncer entre las mujeres de los países en desarrollo. Extender su uso, como está haciendo Ruanda, requiere vincular la salud con los sistemas educativos para garantizar que las niñas en edad escolar estén cubiertas.
Para frenar la ola de ENT se necesita lo que Darkoh llama: “Un paradigma de planificación conjunta y consciente, en el que todos nos hacemos responsables de una parte [del paciente] y de su bienestar.”
Sin embargo, esto requiere un proceso de alta implicación que parece estar a años luz de la estructura actual, en la que el contacto con los profesionales sanitarios es muy limitado y en la que las intervenciones, los registros y la infraestructura siguen estando compartimentados.
“Necesitamos desarrollar el tipo de sistemas sanitarios capaces de captar a los pacientes con enfermedades crónicas en una fase temprana, conectarlos con el sistema y, lo más importante, entender cómo retenerlos en él”, afirma Anuschka Coovadia, responsable de mercados de salud en África de KPMG.
Estos sistemas dependerían en gran medida de la tecnología. Una plataforma informática común para los historiales de los pacientes permitiría a los médicos asegurarse de que reciben la atención adecuada y derivarlos a especialistas cuando sea necesario, explica Coovadia. Pero eso es difícil en un continente donde pocos países disponen de historiales médicos adecuados.
Algunas empresas ya buscan cubrir esta carencia de datos. IBM desarrolló un sistema para ayudar al gobierno de Sierra Leona a cartografiar y responder al brote de ébola del verano pasado. Este sistema recogió diversas fuentes de datos médicos “no tradicionales”, como mensajes de texto y llamadas telefónicas.
La misma idea podría aplicarse a las ENT, según Alan Kalton, director de programas de IBM Research en África. “La visión tradicional de lo que es un historial médico se presta a un determinado conjunto de análisis, pero aquí disponemos de muchos conjuntos de datos adyacentes que podrían ser muy relevantes [para las ENT]”, afirma. El año pasado, por ejemplo, su equipo creó un modelo para predecir las mejores formas de combatir el cáncer de cuello uterino. Según explica, uno de los datos más importantes que utilizaron no fue de salud, sino los registros de asistencia escolar, ya que una de las principales estrategias para combatir ese tipo de cáncer es el cribado de niñas en edad escolar.
Cómo ayuda la tecnología
La salud móvil –o “m-health”– se ha presentado como una posible solución para toda una serie de problemas de salud pública desde que comenzó el auge de las telecomunicaciones africanas hace una década. Hoy en día, la penetración de la telefonía móvil en África ronda el 65 %, y el uso de smartphones está aumentando a medida que los teléfonos se abaratan y se extienden los servicios de datos.
Esto ya ha revolucionado los servicios financieros.– En más de una docena de países africanos, las billeteras móviles superan en número a las cuentas bancarias tradicionales. Los profesionales sanitarios esperan que los teléfonos móviles les permitan tratar a los pacientes a distancia y construir las bases de datos que les ayudarán a afrontar futuros problemas de salud. Sin embargo, por ahora no han surgido aplicaciones revolucionarias.
“Seguimos teniendo el problema de que es difícil distinguir cuáles de estas tecnologías pueden escalar, y apoyarlas para que alcancen esa escala”, afirma Pamba, de GSK.
Pero, aunque confía en que la tecnología pueda ayudar, el pronóstico de Pamba es sombrío. Los recursos públicos ya están al límite. A comienzos del milenio, los líderes africanos se comprometieron a destinar el 15 % de su PIB a la sanidad. Quince años después, el promedio es solo del 6,2 %.
“No creo que la gente esté lo suficientemente preocupada por ello”, afirma. “Cuando viviste la epidemia de VIH y mirabas a la gente a los ojos y veías lo trágico que es perder a jóvenes de 18 y de 21 años, miras las ENT de hoy y piensas que la gente necesita asustarse ya, no cuando el tsunami nos golpee.”
Este artículo se publica en colaboración con Quartz Africa. La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.
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Autor: Peter Guest es periodista independiente especializado en desarrollo y medio ambiente.
Imagen: Un miembro del personal de apoyo de una clínica toma una muestra de sangre a un niño en una clínica gestionada por Médicos Sin Fronteras en la aldea de Bagega, en el estado nororiental de Zamfara, el 14 de agosto de 2013. REUTERS/Akintunde Akinleye.

