El 5 de marzo, médicos liberianos dieron de alta del hospital a Beatrice Yardolo, profesora de inglés, con la esperanza de que fuera su última paciente de ébola. Lamentablemente, el viernes pasado otra persona en Liberia dio positivo en la enfermedad que ha matado a más de 10.000 personas en África Occidental.
Las malas noticias recordaron que el mundo debe mantenerse alerta e insistir en que lleguemos a cero casos de ébola en todas partes. También debemos apoyar Guinea, Liberia y Sierra Leona en sus esfuerzos por reconstruir mejor los sistemas de atención sanitaria y prevenir la próxima epidemia.
Beatrice sobrevivió al ébola, pero ella y los demás supervivientes han pagado un precio muy alto por el brote. Perdió a tres de sus 10 hijos a causa del ébola, su casa quedó rodeada por una zona de cuarentena y no ha podido trabajar. Ella y su país afrontan un arduo camino hacia la recuperación y siguen expuestos al riesgo del ébola mientras haya un solo caso en la región.
No tenía por qué ser así. La primera alerta mundial sobre el brote de ébola llegó hace un año, cuando su propagación todavía se limitaba relativamente a las zonas boscosas del sureste de Guinea. Una vez que reconocimos la gravedad de la epidemia, el Grupo Banco Mundial comprometió más de 500 millones de dólares con los tres gobiernos para ayudar a financiar su respuesta inmediata. Aunque desembolsamos el dinero en tiempo récord, empezó a llegar unos ocho meses después del inicio del brote porque nosotros y el resto de la comunidad internacional no reaccionamos antes.
Las lecciones del brote de ébola están claras y, más importante aún, no son nuevas. Con cada brote anterior —el SARS, la gripe aviar y otros—, la comunidad mundial se ha comprometido a construir mejores sistemas capaces de detener la próxima epidemia. La voluntad política para hacerlo dura unos meses, pero luego lo olvidamos.
Esta vez, no debemos olvidar y deberíamos convertir cada una de las lecciones que siguen en un plan claro para desarrollar por fin una capacidad de respuesta ante pandemias a la altura del desafío.
En primer lugar, debemos garantizar que todos los países cuenten con un sistema de salud sólido y resiliente. Esto significa un sistema capaz de ofrecer a todas las personas servicios esenciales de atención sanitaria y prevención de calidad. Los países también necesitan una vigilancia eficaz de las enfermedades y capacidad de diagnóstico para identificar, tratar y contener rápidamente los brotes. La crisis del ébola ha dejado claros los importantes costos económicos de no invertir lo suficiente en el sector de la salud: estos tres países han perdido al menos 1.600 millones de dólares en ingresos.
En segundo lugar, hay que empoderar a las comunidades para que estén en primera línea de la prevención y la respuesta a las enfermedades. Sabemos, por ejemplo, que uno de los principales factores que impulsaron esta epidemia fueron los entierros sin condiciones de seguridad. Solo cuando los líderes tradicionales y religiosos encabezaron la comunicación y la respuesta, los familiares afligidos y las comunidades adoptaron prácticas seguras. Ahora se deben reforzar las cuantiosas inversiones realizadas durante la respuesta en trabajadores de salud comunitarios y en iniciativas de movilización comunitaria.
En tercer lugar, la crisis del ébola puso de manifiesto la fragilidad de estos países. Una crisis sanitaria se convirtió en una crisis de desarrollo. Por eso, por ejemplo, estamos proporcionando más de 10.000 toneladas de semillas de maíz y arroz a más de 200.000 agricultores de los tres países, a tiempo para la temporada de siembra de abril. También sabemos que, sin inversiones en escuelas seguras, carreteras, electricidad y telecomunicaciones, los países no podrán prestar servicios básicos de salud eficaces ni contener el próximo brote.
Por último, el sistema mundial de salud está mal preparado tanto para la preparación como para la respuesta ante brotes. Una respuesta rápida puede salvar miles de vidas y potencialmente billones de dólares. Para contribuir a ello, el Grupo Banco Mundial está desarrollando el concepto de un mecanismo mundial de emergencia para pandemias.
Nuestro objetivo es trabajar con nuestros socios para crear un nuevo instrumento financiero que pueda desembolsar rápidamente una gran cantidad de fondos en ocho horas, no en ocho meses, desde el inicio de un brote. Necesitamos una sólida coordinación técnica bajo el liderazgo de una Organización Mundial de la Salud mucho más reforzada; intervenciones oportunas con la participación de equipos de profesionales médicos, expertos en logística, empresas de transporte, farmacéuticas y de comunicaciones; y apoyo financiero de instituciones financieras públicas y privadas.
Si hubiéramos contado con esto, quizá el ébola nunca habría llegado a la aldea de Beatrice Yardolo. Ella habría gozado de buena salud, habría conservado su trabajo y todos sus hijos habrían prosperado. La próxima vez debemos hacerlo mejor. Se lo debemos a Beatrice y a los miles de supervivientes del ébola: debemos detener la próxima epidemia de raíz, antes de que prive a las naciones de esperanza y oportunidades. Como médico especialista en enfermedades infecciosas y presidente del Grupo Banco Mundial, prometo hacer todo lo que esté en mi mano para apoyar la creación de una capacidad mundial de respuesta ante pandemias que proteja a las personas y a la economía mundial. Esta vez, todos debemos insistir en que no lo olvidemos.
Este artículo se publica en colaboración con The World Bank’s Voices Blog. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Jim Yong Kim, M.D., Ph.D., asumió el cargo de 12.º presidente del Grupo Banco Mundial el 1 de julio de 2012.
Imagen: Trabajadores de salud se ponen equipo de protección antes de entrar en una zona de cuarentena en un centro de la Cruz Roja en la localidad de Koidu. REUTERS/Baz Ratner.


