Un estudio satelital de 30 años ha encontrado un vínculo causal entre la deforestación en África occidental y el aumento de las tormentas frecuentes y las inundaciones repentinas.
Las regiones deforestadas son más cálidas que las zonas boscosas; este calentamiento genera circulaciones atmosféricas que pueden provocar tormentas, especialmente en las zonas costeras.
En las zonas costeras deforestadas de África occidental hay tormentas con el doble de frecuencia que hace 30 años.
Sabemos que los bosques son fundamentales para combatir el cambio climático global, pero otro aspecto importante y quizá menos reconocido es cómo influyen en el clima a una escala mucho más local. Nuestra investigación muestra que la deforestación en África occidental ha hecho que las tormentas sean más frecuentes y, por tanto, ha aumentado el riesgo de inundaciones repentinas catastróficas en las ciudades costeras de la región.
Gran parte de África occidental fue deforestada a lo largo del siglo XX, un proceso impulsado por la agricultura, el comercio internacional de productos como el cacao y el desplazamiento de personas a causa de los conflictos. El rápido crecimiento de las ciudades, especialmente a lo largo de la costa, también está provocando deforestación en las regiones circundantes.
Con la creciente disponibilidad de satélites en las últimas décadas, podemos observar cómo muchos de los reductos de bosque que quedaban han desaparecido en apenas unos años. Analizamos imágenes satelitales de nubes cada 30 minutos desde la década de 1990 para calcular las tendencias en la frecuencia de las tormentas.
En esta región tropical y húmeda, durante la estación lluviosa suele llover casi a diario. Sin embargo, no buscábamos ese tipo de lluvia. Las tormentas que analizamos son menos frecuentes, pero descargan lluvias torrenciales de varios centímetros en una o dos horas, suficientes para inundar las zonas bajas y desencadenar corrientes de agua que descienden por cuencas especialmente expuestas.
Más tormentas, ¿pero dónde?
Descubrimos que, aunque se registró un aumento general en toda la región vinculado al calentamiento global, las tendencias variaban considerablemente de un lugar a otro, y esa variación coincidía estrechamente con las zonas donde se producía la deforestación.
¿Por qué afectaría la deforestación a las precipitaciones? En pocas palabras, durante el día las zonas deforestadas se calientan más que los bosques que quedan. Este calentamiento genera brisas locales, y estas circulaciones atmosféricas pueden desencadenar tormentas.
Las tendencias de las tormentas son especialmente marcadas cuando la deforestación se produce a unas pocas decenas de kilómetros de la costa. En estas zonas, la brisa marina influye mucho en las precipitaciones y son habituales los aguaceros torrenciales por la tarde, cuando la brisa lleva humedad tierra adentro. La circulación de la brisa marina se debe al contraste entre el océano frío y la tierra cálida; como la deforestación hace que la tierra se caliente más, aumenta esa diferencia de temperatura, lo que intensifica las tormentas asociadas a la brisa marina.
Ciudades en riesgo por la deforestación
Descubrimos que en las zonas costeras que han sufrido una deforestación considerable las tormentas vespertinas ocurren con el doble de frecuencia que hace 30 años, mientras que en las regiones con una cubierta terrestre más estable el aumento fue del 30-40%. El marcado aumento de las tormentas en torno a los focos de deforestación costeros es importante porque estos coinciden con muchas de las ciudades de la región, como Freetown y Monrovia, capitales de Sierra Leona y Liberia, respectivamente.
Las ciudades de la región suelen tener redes de drenaje inadecuadas, sobre todo en los asentamientos informales, por lo que están muy expuestas a las inundaciones repentinas. Aunque se sabe que la tala de árboles aumenta la escorrentía durante una tormenta, nuestros resultados muestran que la deforestación también aumenta la probabilidad de que se produzcan tormentas intensas en primer lugar.
En Freetown, que en 2017 sufrió una inundación repentina devastadora que desencadenó aludes de lodo y causó la muerte de más de 1.000 personas, es urgente tener en cuenta los efectos de estos cambios locales en los patrones de las tormentas, junto con los efectos del calentamiento global.
Los cambios en las precipitaciones que observamos a pocos kilómetros de la costa son difíciles de captar en los modelos informáticos utilizados para elaborar proyecciones climáticas globales. Estos modelos convencionales carecen del detalle espacial necesario para representar cómo afectan la deforestación y las brisas marinas a las tormentas en escalas más pequeñas. Estamos empezando a utilizar simulaciones climáticas de mucha mayor resolución para proporcionar la información que necesitan los planificadores para diseñar ciudades más resilientes al clima. Estos modelos pueden captar los principales procesos físicos y están a la vanguardia de la ciencia climática.
El panorama emergente de un aumento de las precipitaciones en un paisaje predominantemente deforestado contrasta con lo que sabemos sobre los procesos en la selva amazónica, donde se ha llevado a cabo la mayor parte de la investigación. Al igual que en África occidental, las circulaciones atmosféricas desempeñan un papel importante cuando la eliminación de pequeños parches de bosque, de varias decenas de kilómetros, aumenta las precipitaciones. Sin embargo, a medida que los parches deforestados se hacen más grandes en la Amazonia, las precipitaciones disminuyen debido al efecto de secado que produce una transpiración más débil.
La diferencia clave entre ambas regiones es la proximidad del océano. En África occidental, el océano cercano es una fuente de humedad para la atmósfera, y las respuestas de las precipitaciones suelen estar determinadas por los cambios en el viento más que por la humedad. Esto no se aplica a la selva amazónica, donde la mayor parte de la deforestación se produce cientos de kilómetros tierra adentro. Sin embargo, en los trópicos, la mayoría de los focos de deforestación se encuentran relativamente cerca del océano, por ejemplo, en el sudeste asiático. Por ese motivo, es probable que la respuesta de las tormentas a una deforestación generalizada se parezca más a los aumentos observados en África occidental que a las disminuciones registradas en la Amazonia.



