Con la vida diaria tan ajetreada, muchos de nosotros, incluida yo misma, no dedicamos mucho tiempo a pensar cómo será nuestra vida dentro de 20 o 30 años. Sin embargo, cuando viajo a los países en los que trabajo, veo los desafíos a los que se enfrentan las personas mayores, especialmente en las zonas rurales. Entre estos desafíos se incluyen el acceso deficiente a los servicios sociales y sanitarios, la exclusión y, simplemente, la soledad.
Los países de Europa Central y los bálticos están envejeciendo. Como consecuencia, el tamaño de la población en edad de trabajar se está reduciendo, lo que genera escasez de mano de obra que podría poner en riesgo el crecimiento futuro. El envejecimiento también somete a presión los presupuestos gubernamentales, debido al aumento del gasto relacionado con la edad en pensiones y atención sanitaria, y a la reducción de la base de contribuyentes fiscales.
Todo esto es bien conocido. Sin embargo, se valora menos el hecho de que en muchos países el envejecimiento presenta un patrón geográfico definido. Las zonas rurales de baja densidad de población registran una proporción creciente de personas mayores, mientras que las zonas urbanas siguen atrayendo a la mayor parte de la generación joven. El envejecimiento de la población rural supone un desafío para la política pública, ya que los municipios rurales suelen disponer de menos recursos para atender las necesidades de su población mayor.
Tomemos el caso de Rumanía. En la siguiente figura, la población del país se agrupa en décimas partes, en orden decreciente según el tamaño del municipio en el que vive. La columna del extremo izquierdo representa la décima parte de la población que vive en los municipios más grandes. En la práctica, esta columna abarca a toda la población de Bucarest, la capital, con más de 1.800.000 habitantes. La columna del extremo derecho abarca el diez por ciento de la población que vive en los municipios más pequeños, con un tamaño medio de 1700 habitantes. En el extremo izquierdo, toda la población vive en una zona urbana. En el derecho, toda la población es rural.
Como muestra la figura, en Bucarest menos del 15 % de la población urbana tiene más de 65 años. Esta proporción alcanza casi el 25 % en las comunidades más pequeñas. La situación se vuelve aún más acusada si se observa la relación entre la población de 65 años o más y la población en edad de trabajar, la llamada tasa de dependencia, que puede ser 2,5 veces mayor en los municipios rurales más pequeños en comparación con los urbanos.
La mayor proporción de personas mayores en los municipios rurales más pequeños genera dificultades para financiar los servicios sociales, especialmente aquellos que se sufragan con impuestos locales. Si bien es cierto que estos municipios pueden tener que gastar menos en servicios para las personas jóvenes, el gasto no se desplaza con rapidez de algunas partidas, como las escuelas vacías, a otras. Los municipios más pequeños, que disponen de un limitado grupo de mano de obra local, también encuentran dificultades para contratar personal que preste atención sanitaria y otro tipo de apoyo social a las personas mayores.
Este problema se vuelve aún más complejo si se analiza la proporción de personas mayores de 75 años. Más del 11 % de la población rural de los municipios más pequeños pertenece a este grupo de edad (frente al 6 % en las grandes zonas urbanas), y más de un tercio de este grupo vive solo. Sin personas que les ayuden, esta población se vuelve extremadamente vulnerable a la pobreza y al aislamiento.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Como muestra mi colega Asta Zvinene, las grandes diferencias en las tasas de dependencia de la vejez entre las comunidades urbanas y rurales se deben principalmente a la emigración, en gran parte fruto de la migración interna motivada por la urbanización. Es importante que los responsables de las políticas comprendan que la emigración, especialmente la migración interna hacia las zonas urbanas, es un producto natural del desarrollo, y que las altas tasas de dependencia de la vejez en los entornos rurales suelen ser el precio de dicho desarrollo económico.
En primer lugar, los responsables de las políticas deben reconocer esta carga y estudiar formas de repartirla de manera más equitativa.
En segundo lugar, se podría hacer mucho más para reducir la inercia del gasto público, de modo que el dinero público pueda pasar de los servicios sociales infrautilizados a aquellos con mayor demanda.
En tercer lugar, muchas ciudades y municipios pequeños están poniendo a prueba formas de hacerse más atractivos como lugares para vivir y trabajar. Estos esfuerzos merecen una evaluación cuidadosa, y las medidas rentables deberían ampliarse.
En cuarto lugar, podría fomentarse el voluntariado entre la población mayor y los grupos de autoayuda comunitarios, para reforzar el tejido social y reducir la dependencia de la comunidad respecto de la disponibilidad de trabajadores jóvenes del sector servicios.
Por último, merece la pena examinar cómo se pueden prestar los servicios para las personas mayores –especialmente a quienes viven solas– de forma más eficiente, también mediante el uso de la tecnología. Mi padre, que padece demencia, pasa unas horas solo cada día, entre el momento en que su cuidador se marcha y el momento en que un familiar puede visitarlo por la tarde. Utiliza un dispositivo muy sencillo que dispensa sus medicamentos en una bandeja. Si no retira el medicamento de la bandeja (es decir, si se olvida de tomarlo), el sensor se activa y el dispositivo, conectado al teléfono, llama a un familiar. Esta tecnología sencilla ayuda en los cuidados sin necesidad de un cuidador.
Publicado en colaboración con The World Bank’s Future Development Blog
Autora: Mamta Murthi es directora de país para Europa Central y los países bálticos en el Banco Mundial.
Imagen: Una residente sostiene la mano de una enfermera en la residencia de mayores SenVital de Kleinmachnow, a las afueras de Berlín, el 28 de mayo de 2013. REUTERS/Thomas Peter


