La vida urbana densa facilita la propagación de enfermedades infecciosas. Existen vulnerabilidades particulares en los países donde la rápida urbanización da lugar a asentamientos informales que dificultan el control de la transmisión y, por tanto, pueden aumentar los riesgos de epidemias transmitidas por mosquitos, como la malaria, la tuberculosis, el dengue y la fiebre amarilla.
Varios ejemplos destacan el impacto de la urbanización en las pandemias. En la República Democrática del Congo, el 83 % de las personas con tuberculosis vive en ciudades (alrededor del 40 % de la población vive en zonas urbanas). En 2009, Ciudad de México cerró escuelas, bibliotecas, museos y discotecas para frenar la propagación de la gripe H1N1. Una epidemia de cólera en Zimbabue en 2009 afectó gravemente a la ciudad de Harare, Chitungwiza y Kadoma, y también puso de relieve la influencia de los barrios marginales y la falta de infraestructura urbana como factores clave que desencadenaron la velocidad y la gravedad de los brotes de enfermedades.
En el mundo hiperconectado actual, es más fácil que los patógenos pasen de una ciudad a otra y aumenten rápidamente el impacto de la mayoría de los brotes. La presunta introducción del virus en los asentamientos informales de Kenema y Freetown, en Sierra Leona, sin duda ha aumentado su propagación. Sierra Leona se urbaniza a un ritmo del 3 % cada año y, en 2005, más del 97 % de su población urbana vivía en barrios marginales. El impacto económico del ébola es enorme para los países afectados y sus países vecinos. El coste económico estimado es de 32.000 millones de dólares en el peor de los casos.
Otro factor que agravó la crisis del ébola de 2014 fue la falta de un mecanismo de gobernanza que permitiera establecer un vínculo eficaz entre lo que se observaba a nivel nacional y municipal y los mecanismos de alerta necesarios para activar una respuesta de emergencia. De cara al futuro, para ofrecer una respuesta adecuada en distintos territorios, la existencia de dicho mecanismo de gobernanza permitiría: (i) la colaboración transfronteriza entre los gobiernos locales y nacionales, la sociedad civil y el sector privado; (ii) coordinar la vigilancia, la recopilación, el intercambio y el análisis de datos sobre enfermedades infecciosas en tiempo real; (iii) incentivar al sector privado para que desarrolle y amplíe la producción y distribución de medicamentos, vacunas y pruebas diagnósticas asequibles; (iv) establecer una red de centros de investigación sobre amenazas microbianas; y (v) promover normas internacionales para las mejores prácticas de laboratorio, regulatorias y éticas.
La vulnerabilidad de los centros urbanos frente a las pandemias señala la necesidad de una sólida coordinación público-privada que incluya a organizaciones ajenas al sector sanitario tradicional. La capacidad de movilizar una respuesta desde sectores tan diversos como la producción de alimentos, las telecomunicaciones y las cadenas de suministro empresariales determinará cómo se combatirán las epidemias en el futuro. Los organismos gubernamentales locales, nacionales y transfronterizos deben tender puentes con todas las partes interesadas y aprender de lo que funcionó en el pasado para configurar sistemas capaces de responder a las pandemias y desarrollar la resiliencia necesaria para recuperarse después. Coordinar las respuestas y desarrollar mecanismos de gobernanza global son aspectos fundamentales para contener futuros brotes, que inevitablemente se producirán.
Autores: Arnaud Bernaert es el director de Salud Global y Atención Sanitaria del World Economic Forum. Vanessa Candeias es directora asociada de Vida Saludable del World Economic Forum.
Imagen: Los compradores navideños acuden en masa a un mercado pese a la preocupación por el ébola en Monrovia, 23 de diciembre de 2014. REUTERS/James Giahyue


