Los desafíos para Europa en 2015

Los desafíos para Europa en 2015
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Se dice que la crisis del euro ha terminado. La calma ha vuelto a los mercados financieros, en medio de garantías férreas de las autoridades de la Unión Europea —en particular, del Banco Central Europeo— de que la unión monetaria se preservará. Pero las economías del sur de Europa siguen deprimidas, y la eurozona en su conjunto sufre un crecimiento estancado, presiones deflacionarias y, en los países en crisis, un desempleo persistentemente elevado.

No es de extrañar que, dada la evidente incapacidad de las autoridades de la UE para poner fin al malestar, muchos Estados miembros estén perdiendo la paciencia con la austeridad. De hecho, algunos países se enfrentan a una conmoción política.

Cuando llegue la turbulencia, es probable que la desencadene —como ocurrió con la crisis del euro— Grecia, que celebra elecciones presidenciales que difícilmente arrojarán un ganador. Si el Parlamento griego no elige a un nuevo presidente por mayoría de dos tercios en la tercera y última ronda de la próxima semana, se disolverá y se convocarán elecciones anticipadas. El riesgo es que Syriza, un partido socialista de extrema izquierda, llegue al poder.

Para ganar, Syriza debe engañar a sus votantes sobre sus opciones o insistir en que renegociará las condiciones de reembolso impuestas a Grecia por la llamada Troika (la Comisión Europea, el BCE y el Fondo Monetario Internacional), y al mismo tiempo emprender medidas unilaterales si fracasa la renegociación. Pero cualquier renegociación tras una victoria de Syriza desataría sin duda una avalancha política en el sur de la UE que barrería la austeridad y reavivaría plenamente la crisis de la eurozona.

Por supuesto, Grecia es demasiado pequeña como para que sus problemas representen un peligro real para la eurozona. Pero el resultado electoral en Atenas podría alimentar el pánico en los mercados financieros y provocar una crisis que amenazaría con extenderse a Italia, la tercera economía de la eurozona, y, con cierto retraso, a Francia, la segunda.

Podría ocurrir un milagro: la próxima semana podría elegirse un nuevo presidente en Atenas, o quizá Syriza no gane las próximas elecciones parlamentarias. Por desgracia, cualquiera de esos resultados solo aplazaría una crisis de la UE provocada por la política. Al fin y al cabo, también en Italia las señales apuntan a una tormenta inminente, que se cierne no solo sobre la austeridad, sino cada vez más sobre el propio euro. Y después de que la tormenta azote Italia, Francia podría ser la siguiente.

El conflicto en torno a la austeridad se ha vuelto políticamente explosivo porque se está convirtiendo en un conflicto entre Alemania e Italia y, peor aún, entre Alemania y Francia, el tándem que impulsó la integración europea durante seis décadas. Y esto ocurre en un momento en que las fuerzas nacionalistas y antieuropeas se están afianzando en los parlamentos nacionales y regionales de Alemania —y en las calles—, reduciendo así sustancialmente el margen de maniobra de la canciller Angela Merkel para llegar a compromisos. La batalla entre quienes defienden la austeridad y quienes se oponen a ella amenaza, por tanto, con desgarrar no solo la eurozona, sino la UE en su conjunto.

La crisis de la eurozona y la negativa a intentar un verdadero enfoque europeo para reactivar el crecimiento han contribuido —no de forma exclusiva, pero sí significativa— al resurgimiento del nacionalismo dentro de la UE. La fuerza de esta tendencia política quedó plenamente patente en mayo de 2014, cuando los populistas antieuropeos obtuvieron buenos resultados en las elecciones al Parlamento Europeo. Desde entonces, la tendencia nacionalista ha continuado sin tregua.

En cierto sentido, esto parece absurdo. Al fin y al cabo, ninguno de los problemas a los que Europa se enfrenta o se enfrentará puede resolverse con mayor facilidad en solitario y a escala nacional que dentro de la UE y en el marco de una comunidad política supranacional. De hecho, la xenofobia nacionalista resulta particularmente absurda a la luz de las realidades demográficas: una Europa envejecida necesita urgentemente más inmigrantes, no menos.

También es notable lo poco que ha escandalizado a Europa el apoyo que los nacionalistas nuevos y antiguos de la UE han recibido de Rusia; por ejemplo, el Gobierno del presidente Vladimir Putin contribuyó a financiar el Frente Nacional francés mediante un préstamo de varios millones de euros concedido por un banco ruso. Al parecer, los valores autoritarios y las visiones nacionalistas del mundo (junto con una fuerte dosis de antiamericanismo) crean vínculos que unen.

No es exagerado afirmar que actualmente la UE está amenazada tanto interna como externamente por el nacionalismo reaccionario, razón por la cual la próxima crisis del euro llegará en forma de crisis política. Entonces, ¿por qué las autoridades de Berlín, Bruselas y las demás capitales de la UE siguen sin estar dispuestas a cambiar sus políticas, que evidentemente han empeorado una situación ya mala? Observar la UE desde fuera es como ver un choque de trenes a cámara lenta, anunciado de antemano en la estación.

Y luego está el Reino Unido, que avanza de manera constante y con aparente determinación hacia un «Brexit». Ese peligro va más allá de 2015; no obstante, es un componente importante del panorama general de crisis inminente en la UE. Independientemente de que el Reino Unido termine separándose políticamente del continente, el próximo año marcará un punto de inflexión para Europa.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Joschka Fischer fue ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005

Imagen: Banderas de la Unión Europea ondean frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas el 15 de junio de 2005. La batalla por el presupuesto de la UE y el rescate de la constitución propuesta encabezarán la agenda de la cumbre del bloque de 25 países, que se reunirá los días 16 y 17 de junio en su sede de Bruselas. UNICS REUTERS/Thierry Roge.

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