El equipo de una empresa de software de Myanmar tenía un problema. Tenían un contrato importante con un cliente con sede en Singapur y estaban en las instalaciones del cliente instalando un software a medida. El software en sí estaba alojado en servidores de la sede central de BCS. El problema era que a) BCS tiene sede en Myanmar, b) esto ocurrió hace cuatro años, cuando el país seguía prácticamente aislado del mundo exterior, y c) por alguna razón, toda la conectividad a internet del país se había interrumpido durante cuatro horas. El equipo de la sede se dio cuenta de que se les acababa el tiempo y, así, hizo lo que mejor saben hacer los emprendedores: ingeniárselas. Sacaron los servidores, los metieron en un camión y se dirigieron a la frontera con Vietnam. Al llegar a la frontera, volvieron a ingeniárselas. Tras una hora de negociación, les permitieron cruzar y pararon en el primer cibercafé. Luego, una vez más, tuvieron que ingeniárselas. Irrumpieron en el café, encontraron al propietario y negociaron el uso exclusivo de su conexión. Finalmente, volvieron a conectar los servidores, llamaron a sus compañeros de Singapur y reiniciaron el proceso de instalación, cumpliendo el plazo por un margen mínimo.
Me contaron esta historia cuando visité Myanmar a principios de junio, como parte del Foro Económico Mundial sobre Asia Oriental. Aunque la mayor parte de nuestro tiempo lo pasamos en Naipyidó, conociendo la amplia estrategia que siguen los dirigentes del país, también dedicamos un día al Parque de TIC de Myanmar, donde conocimos a emprendedores tecnológicos locales que nos contaron más de una historia como la anterior.
Durante el día nos recordaron los duros desafíos a los que se enfrenta el incipiente sector tecnológico de Myanmar. Se fue la luz tres veces y se debatió mucho sobre el reto que supone crear un negocio de comercio electrónico en un país tan poco desarrollado que solo dispone de un cajero automático para extranjeros. Los servicios básicos considerados esenciales en Silicon Valley y en otros centros tecnológicos no se pueden dar por sentados en Myanmar. Pero el liderazgo del país está dando todos los pasos adecuados para resolver estos problemas: mejorando su sistema jurídico, flexibilizando las restricciones financieras a la inversión extranjera, desarrollando la infraestructura de telecomunicaciones, celebrando una subasta abierta del espectro de telefonía móvil e, incluso, adaptando los planes de estudio universitarios a las necesidades actuales.
Estos cambios llevarán tiempo pero, a pesar del enorme esfuerzo que queda por delante, me entusiasmó el potencial que tiene el sector. ¿Por qué? Porque, tras años analizando por qué Silicon Valley funciona y por qué otros centros igualmente bien dotados no lo logran, no soy el único que identifica como problema principal una brecha de mentalidad. Quizá se deba a la historia de la fiebre del oro de San Francisco o a la vena antiestablishment que definió la zona en los años sesenta, pero la gente del Valle aporta algo más que dinero y habilidades. Aportan la convicción de que lo que hacen importa. Cuando sus empresas se topan con inevitables baches, simplemente no se rinden. La determinación es demasiado grande. Se ingenian y se ingenian y se ingenian. Un cambio de rumbo aquí, una refactorización allá, una nueva ronda de financiación y un nuevo equipo reunido. Esta era la mentalidad que vi en Myanmar. Aunque las décadas vividas en el aislamiento del embargo internacional pueden haber dado lugar a enormes desafíos de infraestructura (pero, en última instancia, superables), esas mismas condiciones significan que los emprendedores de Myanmar ya han demostrado que pueden prosperar en condiciones extremadamente difíciles. Irónicamente, esa ventaja cultural es la más difícil de crear en los centros emprendedores emergentes y, por ello, Myanmar puede descubrir que la innovación le llega de forma más natural que a otros.
Autor: Suranga Chandratillaka es fundador y director de estrategia de blinkx y Joven Líder Mundial del Foro Económico Mundial en 2009
Imagen: Estudiantes asisten a un curso en el Parque de TIC de Myanmar en Yangón REUTERS/Soe Zeya Tun



