Estos refugiados somalíes convierten los residuos plásticos en ingresos

A woman walks past makeshift shelters at the new Kabasa internally displaced camp in the northern Somali town of Dollow, Somalia, February 25, 2018.picture taken February 25, 2018. REUTERS/Baz Ratner
One million plastic drinks bottles are purchased every minute globally.Image: REUTERS/Baz Ratner
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El refugiado somalí Adow Sheikh Aden, de 32 años, fue objeto de burlas cuando empezó a recoger botellas de agua de plástico vacías, cubos rotos y bidones viejos en los alrededores de uno de los campos de refugiados más grandes del mundo.

—Todo el mundo se reía y decía que estaba loco porque recogía basura. Aquí no es normal hacer estas cosas —dijo Aden en el campo de refugiados de Dadaab, en el condado de Garissa, al este de Kenia, cerca de la frontera con Somalia.

—Pero entonces expliqué que ayudo a mantener limpio nuestro entorno y sana a nuestra comunidad, y que además vendo el plástico para ganar dinero y poder atender mejor mi vida y a mi familia —dijo a la Fundación Thomson Reuters.

Tras huir de la guerra en Somalia, Aden forma parte de un pequeño grupo de refugiados que se ha sumado a la lucha contra los residuos plásticos que se generan en Dadaab y que, además, obtiene ingresos de ello.

El proyecto de reciclaje de residuos de Dadaab, puesto en marcha por la Sociedad de la Cruz Roja de Kenia (KRCS) hace poco más de un año, cuenta con solo ocho empleados refugiados. Pero los resultados iniciales son prometedores y el plan es ampliarlo, según trabajadores humanitarios.

En un edificio de cemento y hierro equipado con una trituradora de plástico y un compresor, los refugiados han reciclado hasta ahora unas seis toneladas de residuos plásticos y han generado cerca de 160.000 chelines kenianos (1.580 dólares) en ingresos.

Nelly Saiti, responsable del proyecto de la KRCS, dijo que el reciclaje de plástico tiene un enorme potencial como negocio sostenible para los refugiados y podría servir de modelo para otros grandes campos, como Bidi Bidi, en Uganda; Kakuma, en Kenia; y Nyarugusu, en Tanzania.

—Estamos recogiendo solo una fracción de los residuos plásticos reciclables de Dadaab, así que se pueden generar muchos más ingresos —dijo.

El siguiente paso es formar a los refugiados en emprendimiento para que puedan hacerse cargo del proyecto y reducir su dependencia de la ayuda, añadió.

Ayuda en envases de plástico

Cada minuto se compran en el mundo un millón de botellas de plástico para bebidas, mientras que cada año se usan unos 500.000 millones de bolsas de plástico desechables en todo el mundo, afirma Naciones Unidas.

Image: Naciones Unidas

Está llevando a cabo una campaña para el Día Mundial del Medio Ambiente, el 5 de junio, para concienciar sobre la urgente necesidad de combatir la contaminación por plásticos.

Casi un tercio de los envases de plástico escapa a los sistemas de recogida de residuos, y al menos 8 millones de toneladas de plástico llegan cada año a los océanos, cubriendo los arrecifes y amenazando la vida marina.

El plástico también llega a los suministros de agua y a la cadena alimentaria, donde podría perjudicar a las personas a largo plazo, afirma Naciones Unidas.

La acción se intensifica en todo el mundo —desde países que prohíben las bolsas de plástico hasta empresas que se comprometen a reducir su uso—, pero aún hacen falta más esfuerzos para reducir y reciclar el plástico, afirman los ecologistas.

El extenso campo de refugiados de Dadaab no es una excepción.

El refugiado somalí Abtidon Ali Mahat clasifica residuos plásticos en la planta de reciclaje del campo de refugiados de Dabaab, en el condado de Garissa, Kenia, el 30 de mayo de 2018.Image: Fundación Thomson Reuters/Nita Bhalla

Situado a 475 km (300 millas) al este de Nairobi, la capital de Kenia, Dadaab alberga a más de 200.000 refugiados, en su mayoría de Somalia, que dependen de la ayuda, mucha de ella en envases de plástico.

Cuando Somalia se hundió en una guerra civil, Naciones Unidas estableció Dadaab en 1991. Desde entonces, el campo ha crecido enormemente, con la llegada de más refugiados desplazados por la sequía y la hambruna, así como por la inseguridad persistente. Muchos llevan años viviendo aquí.

El asentamiento, que se extiende por 30 km cuadrados (7.415 acres) de terreno desértico semiárido, cuenta con escuelas, hospitales, mercados, comisarías, cementerios y una estación de autobuses.

Los residentes tienen pocas formas de ganarse la vida aparte de criar cabras, trabajar como jornaleros y atender pequeños puestos donde cosen ropa, venden carne de camello o cargan teléfonos móviles con paneles solares.

Las restricciones del Gobierno keniano impiden que los refugiados salgan del campo para buscar trabajo.

Como resultado, la gente es pobre. Vive en tiendas de lona o chozas hechas de chapa ondulada y ramas, y depende de raciones de aceite de cocina, leche en polvo, arroz y azúcar, gran parte de las cuales envían donantes extranjeros en envases de plástico.

No hay datos precisos sobre la cantidad de residuos plásticos que se producen en Dadaab, pero los trabajadores humanitarios calculan que se generan cientos de miles de toneladas cada año. Un estudio de la Cruz Roja de 2015 señaló que cada año se desechan 270.000 bidones.

Las botellas de agua de plástico y otros residuos se suman a la basura, que a menudo se quema en vertederos informales repartidos por todo el campo.

—Las organizaciones humanitarias tienen un papel que desempeñar —dijo Kathrine Vad, asesora de sostenibilidad del Comité Internacional de la Cruz Roja, que apoya el proyecto de Dadaab.

La organización trabaja para reducir la cantidad de plástico, especialmente de envases, que utiliza en sus operaciones y para prolongar la vida útil de los productos plásticos mejorando su calidad, añadió.

Un saco con trozos triturados de bidones de plástico reciclados por refugiados contratados para un proyecto de la Sociedad de la Cruz Roja de Kenia, cerca del campo de refugiados de Dabaab, en el condado de Garissa, Kenia, el 30 de mayo de 2018.Image: Fundación Thomson Reuters/Nita Bhalla

Un cambio de mentalidad

En la planta de reciclaje del recinto de la KRCS, cerca de Dadaab, trabajadores con monos, mascarillas y protectores auditivos introducen trozos de cubos y sillas de plástico en una tolva situada sobre la trituradora.

Las cuchillas de la máquina cortan el plástico ruidosamente en cientos de miles de fragmentos, que caen formando un montón. Se cargan en sacos y se venden a dos empresas, Premier Industries Ltd y Polytech Plastics Industries Ltd, que los transportan a Nairobi.

Con su salario mensual de 8.000 chelines, el trabajador Abtidon Ali Mahat, de 45 años y residente de Dadaab desde 2011, ha podido casarse, construir su propia vivienda improvisada y comprar tres cabras.

En el último año ha ahorrado 12.000 chelines.

—Mi esposa está embarazada y usaré este dinero para ella y el bebé, y también para comprar algunas cabras más —dijo.

Los refugiados quieren ampliar el negocio, pero dicen que necesitan más personal y un vehículo para cubrir una mayor parte del campo.

También afrontan otros desafíos.

La recogida de residuos puede conllevar un estigma en estas comunidades, que la consideran un «trabajo de baja categoría». Además, muchos refugiados aún no comprenden los riesgos para la salud de quemar plástico y liberar gases tóxicos.

Las opiniones están cambiando gradualmente, pero hace falta más concienciación para combatir ideas erróneas y profundizar la comprensión de los beneficios del reciclaje, dijeron trabajadores de la Cruz Roja.

Además de cuestionar las opiniones sobre los residuos dentro de Dadaab, el proyecto también podría contribuir a derribar los estereotipos sobre los refugiados fuera del campo, dijo Saiti, de la KRCS.

—Demuestra que los refugiados no son una carga, como piensan algunas personas, sino que pueden contribuir a nuestras sociedades, no solo generando ingresos, sino también protegiendo el medio ambiente —dijo.

(1 dólar = 101,2500 chelines kenianos)

Los residentes suelen quemar su basura —incluido el plástico reciclable— en vertederos repartidos por todo el campo de refugiados de Dabaab, en el condado de Garissa, Kenia, el 30 de mayo de 2018.Image: Fundación Thomson Reuters/Nita Bhalla
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