¿Debería Europa practicar el fracking?

¿Debería Europa practicar el fracking?
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Daniel Gros es director del Center for European Policy Studies.

Daniel Gros es director del Center for European Policy Studies.

BRUSSELS – La comunidad energética mundial vive con entusiasmo la fractura hidráulica, o «fracking», una tecnología relativamente nueva que ha abierto reservas de gas antes inaccesibles atrapadas en formaciones de esquisto subterráneas. El auge de esta denominada producción de gas de esquisto ha permitido a Estados Unidos alcanzar una autosuficiencia casi total en gas natural.

Europa, en cambio, claramente va a la zaga. La exploración avanza solo con cautela y la producción de gas de esquisto ni siquiera ha comenzado, lo que lleva a muchos observadores a lamentar que Europa está a punto de perderse la próxima revolución energética. ¿Deberían preocuparse los europeos?

Los críticos de la aparente falta de entusiasmo de Europa por el fracking pasan por alto dos puntos clave. En primer lugar, la geología de Europa es diferente de la de Estados Unidos. Existe una enorme diferencia entre los depósitos potenciales ocultos en algún lugar de grandes formaciones de esquisto y las reservas recuperables que realmente pueden explotarse de forma rentable.

De hecho, las estimaciones de la Agencia Internacional de la Energía sugieren que las reservas recuperables más significativas de gas de esquisto se encuentran en Estados Unidos y China, no en Europa. Además, incluso estas estimaciones no son realmente más que suposiciones fundamentadas, porque solo en Estados Unidos las formaciones de esquisto han sido objeto de una exploración intensiva durante décadas.

Este proceso solo acaba de comenzar en Europa. Polonia parece tener la geología más favorable de Europa, y podría convertirse en un productor significativo a escala local en unos diez años. Se trata de una coincidencia afortunada, porque la producción de gas de esquisto probablemente facilitaría, desde el punto de vista político, la eliminación de las subvenciones de Polonia, económica y ambientalmente irracionales, a la producción (y el consumo) local de carbón. El fracking también sería una ventaja estratégica, porque reduciría la dependencia del país respecto de Rusia en materia de gas.

Pero los críticos favorables al fracking de la Unión Europea pasan por alto un segundo punto: la UE no tiene autoridad sobre el desarrollo del gas de esquisto en Europa. El otorgamiento de licencias y la regulación de la exploración y la producción se deciden a nivel nacional.

Hay que admitir, sin embargo, que en Europa el fenómeno «Nimby» (no en mi patio trasero) es un obstáculo mucho más serio que en Estados Unidos. Aunque podría ser cierto que los europeos son demasiado sensibles a las preocupaciones ambientales, los incentivos también desempeñan un papel. En particular, mientras que en Estados Unidos los derechos de propiedad sobre los recursos naturales suelen pertenecer al propietario individual del terreno bajo el que se encuentran los recursos, en Europa la propiedad pertenece al Estado.

En consecuencia, los europeos, ante consecuencias ambientales inciertas y sin recibir ninguno de los ingresos, tienden a oponerse al fracking en sus proximidades. En Estados Unidos, en cambio, los residentes locales se benefician generosamente de poder vender sus derechos de propiedad a las empresas de gas, un fuerte contrapeso a los temores por los costes ambientales.

Pero la propiedad privada frente a la estatal de los recursos naturales no es el único factor institucional que subyace al auge del gas en Estados Unidos. Una razón poco mencionada es que el desarrollo del gas de esquisto en Estados Unidos se ha beneficiado de importantes incentivos fiscales, un modelo que Europa no tiene motivo alguno para emular. Los gobiernos sin duda tienen un papel que desempeñar en el apoyo al desarrollo de nuevas tecnologías, como el fracking; pero, una vez desarrollada la tecnología, no hay razón alguna para que una forma de producción de gas esté subvencionada mediante desgravaciones fiscales.

Pero el punto más crucial, y casi siempre pasado por alto, sobre el fracking es que el gas de esquisto, como todos los hidrocarburos, solo puede utilizarse una vez. La verdadera cuestión no es, por tanto, si el gas de esquisto debe desarrollarse en Europa, sino cuándo debe utilizarse: hoy o mañana.

Europa ya es un gran consumidor de gas, pero su consumo se estanca (al igual que su economía). A pesar del revuelo en torno a la revolución del gas de esquisto, el coste de extracción del gas convencional (terrestre) sigue siendo inferior al del gas de esquisto. Además, una red de gasoductos existente implica que este gas convencional puede llevarse a Europa con un coste marginal bajo. Desde una perspectiva económica (y ambiental), es improbable, por tanto, que el fracking aporte grandes beneficios a Europa: el gas de esquisto podría simplemente sustituir al abundante gas convencional.

En un entorno de tipos de interés ultrabajos, el coste económico de llegar tarde es bajo. La mejor opción para Europa podría ser esperar y dejar que opere el mercado. El fracking no es todavía una tecnología madura y, por tanto, es muy probable que mejore con el tiempo. Quizá Europa se convierta en líder del «fracking avanzado» cuando los yacimientos de gas de esquisto de Estados Unidos ya se hayan agotado.

Las opiniones expresadas aquí son las del autor, y no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con Project Syndicate.

Imagen: Dos equipos de perforación de gas natural en funcionamiento en EE. UU. REUTERS/George Frey

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