Setenta años después de que India declarara su independencia, ¿dónde está ahora?

A supporter of the Indian cricket team waves the Indian national flag during the second day of the first test cricket match between India and Sri Lanka in Galle August 13, 2015. REUTERS/Dinuka Liyanawatte - RTX1O4UV
On August 15, 1947, Prime Minister Jawaharlal Nehru proclaimed India’s independence from the British Empire.Image: REUTERS/Dinuka Liyanawatte
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Nueva Delhi – Hace setenta años, en este mismo mes, a medianoche del 15 de agosto de 1947, el primer ministro Jawaharlal Nehru proclamó la independencia de India del Imperio británico. Nehru lo llamó «un momento que solo se presenta raras veces en la historia, cuando pasamos de lo viejo a lo nuevo, cuando termina una época y el alma de una nación, tanto tiempo reprimida, encuentra expresión». Con ello, el país emprendió un notable experimento de gobierno que continúa hasta hoy.

Fue un experimento que Winston Churchill consideraba inverosímil. «India no es más que una expresión geográfica», espetó desdeñosamente en una ocasión. «No es más un país único que el ecuador».

Churchill rara vez acertaba sobre India. Pero es cierto que ningún otro país iguala la extraordinaria mezcla de grupos étnicos de India, su profusión de idiomas mutuamente incomprensibles, sus variedades topográficas y climáticas, la diversidad de sus religiones y prácticas culturales y sus dispares niveles de desarrollo económico.

A menudo se dice, solo medio en broma, que «cualquier cosa que se pueda decir de India tiene también su contrario»: toda verdad general sobre el país puede ser contradicha por otra. De hecho, lo singular de India es que solo se puede hablar de ella en plural. Hay, para usar esa expresión manida, muchas Indias. Todo existe en innumerables variantes. No hay una norma consensuada, ningún estereotipo fijo ni una «única manera» de abordar las cosas. Incluso el lema nacional del país, Satyameva Jayaté (Solo la verdad triunfa), puede entenderse de infinidad de maneras. En India hay al menos 1.300 millones de verdades, si el último censo no nos ha vuelto a contar por debajo de la cifra real.

Esta diversidad y complejidad llevó al historiador británico E. P. Thompson a llamar a India «quizá el país más importante para el futuro del mundo». Como dijo: «Todas las influencias convergentes del mundo atraviesan esta sociedad... No hay pensamiento que se esté gestando en Occidente o en Oriente que no esté activo en alguna mente india».

El excepcional pluralismo de India se refleja en la forma en que el país organiza sus asuntos: todos los grupos, credos, gustos e ideologías sobreviven y pugnan por su lugar bajo el sol. En una época en la que la mayoría de los países en desarrollo optaron por modelos autoritarios de gobierno para promover la construcción nacional y el desarrollo económico, India eligió construir una democracia multipartidista.

Esa democracia puede ser desenfrenada, bulliciosa, corrupta e ineficiente. Pero, pese a las muchas tensiones y dificultades a lo largo de los años —incluidos 22 meses de gobierno autocrático durante el «estado de emergencia» declarado por la primera ministra Indira Gandhi en 1975—, ha sobrevivido e incluso ha prosperado.

Sin duda, a muchos India todavía les parece exasperante, caótica, dividida e incluso errática, mientras se abre paso a trompicones por la primera década del siglo XXI. Pero, gracias a su diversidad única, India no es solo un país: es una aventura en la que todos los caminos están abiertos y todo es posible.

La identidad nacional resultante es una rareza. No se basa, como suele ocurrir, en el idioma: India tiene al menos 23 idiomas, y quizá hasta 35, según se crea a la Constitución o a los lingüistas. Tampoco se basa en la geografía: la geografía «natural» del subcontinente, delimitada por las montañas y el mar, quedó desgarrada por la partición de 1947.

El nacionalismo de India tampoco se basa en la etnia. Ser «indio» no significa encajar en un único tipo racial. Al contrario, desde el punto de vista étnico, muchos indios tienen más en común con extranjeros que con otros indios. Los punjabíes y bengalíes indios, por ejemplo, tienen más en común étnicamente con los pakistaníes y bangladesíes, respectivamente, que con sus compatriotas indios Poonawalas o bangaloreños.

Por último, el nacionalismo indio no se basa en la religión. El país acoge todas las religiones conocidas por la humanidad, e hinduismo —una religión que carece no solo de una organización nacional, una iglesia establecida o una jerarquía eclesiástica, sino también de creencias o formas de culto uniformes— ejemplifica nuestra diversidad tanto como nuestro patrimonio cultural común.

En cambio, el nacionalismo indio se funda en una idea: la idea de una tierra eterna, surgida de una civilización antigua, unida por una historia compartida y sostenida por una democracia pluralista. Esta tierra no impone una conformidad estrecha a sus ciudadanos. Se puede ser muchas cosas y una sola. Se puede ser un buen musulmán, un buen keralita y un buen indio al mismo tiempo.

Mientras los freudianos señalan las distinciones que surgen del «narcisismo de las pequeñas diferencias», en India celebramos lo que tienen en común las grandes diferencias. Si Estados Unidos es un crisol, India es un thali, una selección de platos suntuosos servidos en cuencos diferentes. Cada uno tiene un sabor distinto y no necesariamente combina bien con el siguiente, pero se complementan y juntos forman un único y satisfactorio banquete. Dicho de otro modo —y poniendo del revés la expresión de Michael Ignatieff—, somos una tierra de pertenencia, no de sangre.

Así pues, la idea de India es la de una tierra que abraza a muchos pueblos. Es la idea de que una nación caracterizada por profundas diferencias de casta, credo, color, cultura, cocina, convicciones, vestimenta y costumbres aún puede unirse en torno a un consenso democrático: que todos solo tienen que ponerse de acuerdo en las reglas básicas para discrepar. Este consenso sobre cómo desenvolverse sin consenso ha permitido a India prosperar durante los últimos 70 años, incluso ante desafíos que llevaron a muchos a predecir su desintegración.

Los padres fundadores de India escribieron una constitución para sus sueños; nosotros hemos dado pasaportes a sus ideales. Pero hoy esos ideales se ven cada vez más amenazados por la creciente intolerancia y un mayoritarismo cada vez más beligerante. En este 70.º aniversario de la independencia de India, todos los indios deben volver a comprometerse con una India inclusiva, pluralista, democrática y justa: la India por cuya liberación luchó Mahatma Gandhi.

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