Es más divertido en Filipinas: los observadores de la democracia filipina bien podrían aplicar nuestro lema turístico a su panorama político. Conquistada con esfuerzo tras siglos de colonización, años de ocupación y décadas de dictadura, la democracia al estilo filipino es colorida, ocasionalmente caótica y, sin duda, inspiradora.
Tomemos como ejemplo las elecciones, piedra angular de las instituciones democráticas. Los votantes ven su capacidad de elegir a sus líderes como el control más firme sobre el comportamiento del gobierno, su única oportunidad de exigir rendición de cuentas.
Analistas y comentaristas han calificado las campañas políticas en Filipinas de “muy entretenidas”. La mezcla de antiguos clanes políticos, personalidades del espectáculo y los omnipresentes cantos y bailes que salpican la campaña ofrece bastante diversión. Pero no nos engañemos: el poder de elegir es un derecho y una responsabilidad que los filipinos aprecian profundamente.
De hecho, las papeletas son casi sagradas en Filipinas. Los votantes han arriesgado su seguridad personal para ejercer este derecho. En muchos casos, la ciudadanía lo ha considerado su única arma contra quienes abusan de su cargo.
Más allá de la votación, la democracia es un “gobierno mediante el diálogo” (citando al economista indio Amartya Sen), caracterizado por el diálogo y la interacción públicos. La vitalidad de la democracia en Filipinas depende en gran medida de la calidad de este diálogo e interacción. Un gobierno que se implica con sus ciudadanos, que es inclusivo en la toma de decisiones y, lo que es más importante, que goza de la confianza de su electorado, casi con toda seguridad puede contar con el apoyo público a la hora de tomar decisiones difíciles. También se ha visto lo contrario, como en el caso de un liderazgo que se enfrenta a una “crisis de legitimidad” y que, según se percibió, tomaba decisiones por conveniencia política en lugar de por el bien público; en este caso, el mandato del pueblo, obtenido de forma incontestable en una contienda electoral, ha demostrado ser una fuerza poderosa para el cambio positivo.
Los autores de un documento de trabajo para la National Bureau of Economic Research sostienen que la democracia es buena para el crecimiento económico por diversas razones, entre ellas la capacidad de las democracias para implementar reformas económicas. Presentan pruebas de un panel de países entre 1960 y 2010 que muestran que el “efecto robusto y considerable de la democracia sobre el crecimiento económico … sugiere que un país que pasa de la no democracia a la democracia alcanza un PIB per cápita aproximadamente un 20 % más alto a largo plazo (o en los próximos 30 años, aproximadamente)”.
Podemos verlo en el caso de Filipinas, que ha disfrutado de 60 trimestres consecutivos de crecimiento económico desde la crisis financiera asiática de 1997. El crecimiento medio del PIB entre 2010 y 2013 se registró en un 6,3 %, significativamente superior al 4,5 % de crecimiento medio del PIB registrado entre 2001 y 2009. Que esta tasa de crecimiento relativamente más alta se haya producido junto con una serie de reformas económicas respaldadas por un sólido mandato electoral no debe considerarse una simple coincidencia. Cerrar lagunas en la recaudación fiscal, reformar en profundidad la administración aduanera y aprobar legislación clave sobre los impuestos especiales: estas medidas no habrían tenido lugar en un entorno que no fuera favorable a —o, de hecho, que no anhelara— la reforma.
Al margen de las reformas económicas, este sólido mandato también ha permitido la aprobación de reformas del sector social, entre ellas una ley que permite a las mujeres acceder a información y servicios vitales relativos a su salud reproductiva, y una medida que amplía el ciclo educativo para cumplir con el estándar mundial. Estas medidas tuvieron defensores apasionados en ambos bandos, y un liderazgo menos comprometido podría haber vacilado en cualquier momento.
Un gobierno mejorado mediante una recaudación fiscal y una administración aduanera más eficientes, el acceso a información y servicios vitales y una mejor calidad educativa: ¿cómo se puede argumentar que esto no es lo que quieren los votantes cuando acuden a las urnas?
Por supuesto, no siempre es esto lo que obtienen los votantes, incluso cuando ejercen fielmente su derecho a elegir. Persisten obstáculos en el proceso, lo que provoca de vez en cuando una desconexión entre lo que quieren los votantes y lo que finalmente se les ofrece. Las reformas recientes —como las que automatizan el proceso y sincronizan las elecciones en distintas partes del país— han buscado reducir el fraude, la intimidación de los votantes y el ejercicio del clientelismo. Sin embargo, estos casos están lejos de erradicarse por completo. Aunque los incidentes de violencia electoral fueron significativamente menores en las recientes elecciones de mitad de mandato, poner fin a la compra de votos y al ejercicio generalizado del clientelismo político sigue siendo un reto.
Más significativo aún: aunque Filipinas ha adoptado las tradiciones democráticas de participación y la libertad de elección y de expresión, el desafío a largo plazo sigue siendo profundizar en la calidad de su democracia. Construir partidos políticos basados en la ideología y el mérito, en lugar de en la personalidad, reforzar los mecanismos de rendición de cuentas dentro del gobierno, crear fuentes alternativas de información fiable y permitir que el electorado tome decisiones informadas: está claro que queda mucho trabajo por hacer, a pesar de los avances logrados.
El siguiente paso, sin embargo, debe darlo el propio electorado. Hemos visto cómo un fuerte mandato de cambio ha hecho posible el cambio; ahora solo necesitamos sostenerlo exigiendo continuidad.
La democracia puede ser más divertida en Filipinas, pero este no es un país que tome sus decisiones a la ligera. Manténganse atentos.
Autora: Julia Andrea R. Abad es la jefa del Personal de Gestión Presidencial de la Oficina del Presidente de la República de Filipinas
Imagen: Un hombre muestra su pulgar entintado tras votar en las elecciones presidenciales de Filipinas en Pasay City, Manila, el 10 de mayo de 2010. REUTERS/Nicky Loh


