La reacción adversa actual contra la globalización, especialmente la de los ciudadanos de clase trabajadora de las economías avanzadas, preocupados por los salarios estancados y los empleos inseguros, pone de relieve que los beneficios de la integración económica mundial se exageraron y que sus costes se subestimaron. Pero los efectos de la globalización sobre África y sus ciudadanos han recibido mucha menos atención, aunque el continente se prevé que represente más del 40% de la población mundial a finales de este siglo.
Durante los últimos 40 años, Estados Unidos y otras economías avanzadas han seguido una agenda de libre mercado basada en impuestos bajos, desregulación y recortes en los programas sociales. Ya no cabe duda de que este enfoque ha fracasado estrepitosamente; la única cuestión es qué vendrá —y qué debería venir— a continuación.
Para que la globalización sea más inclusiva, será necesario aplicar políticas que aborden la desigualdad dentro de las economías avanzadas e impulsen la convergencia en los niveles de vida entre África y los países de ingresos altos. Los responsables políticos africanos, con el apoyo de socios externos, pueden desempeñar su papel acelerando la integración regional, cerrando las brechas en competencias laborales e infraestructura digital, y creando un mecanismo para poseer y regular los datos digitales de África.
Desde que la primera revolución industrial dio lugar a un auge del comercio internacional, África se ha mantenido en gran medida al margen de la economía mundial. Los principales beneficiarios de la primera globalización fueron las economías avanzadas actuales, donde surgieron las tecnologías industriales. Esto, a su vez, dio lugar a la «gran divergencia» en los niveles de ingresos entre el Norte y el Sur globales.
Más recientemente, la llegada de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la década de 1990 redujo drásticamente los costes de la distancia e inauguró otra ola de globalización, caracterizada por la aparición de complejas cadenas globales de valor (CGV). Estas CGV contribuyeron a la «gran convergencia» de las últimas décadas al impulsar la producción industrial en países como China, India, Indonesia, Polonia, Corea del Sur, Taiwán y Singapur, lo que les permitió reducir la brecha con las economías avanzadas.
Sin embargo, los países africanos han quedado excluidos de este proceso. La participación del continente en el comercio mundial de mercancías se ha estancado en alrededor del 3%, similar a su participación en la producción manufacturera mundial.
Es cierto que la globalización ha traído beneficios a África. El aumento de los ingresos en otras partes del mundo ha incrementado la demanda de productos básicos y recursos naturales africanos, impulsando las economías nacionales. La globalización también ha favorecido la transferencia de conocimiento, lo que ha permitido a los países africanos mejorar sus niveles de vida mediante el «salto» a nuevas tecnologías.
Pero los numerosos desafíos han superado con creces esos beneficios. Por un lado, la globalización ha contribuido a la desindustrialización prematura. Como las economías avanzadas ahora pueden producir bienes más baratos, a los países africanos les ha resultado difícil desarrollar industrias locales que generen empleo. Además, algunas empresas multinacionales que operan en la región están eludiendo impuestos mediante mecanismos contables sofisticados —y legales— como el traslado de beneficios, privando a los gobiernos de recursos muy necesarios para el desarrollo económico.
La globalización también contribuye al cambio climático, que afecta de forma desproporcionada a África, pese a la limitada contribución del continente al problema. Los ciclones Idai y Kenneth, que recientemente devastaron Malaui, Mozambique y Zimbabue, son un trágico ejemplo de lo que está por venir.
En consecuencia, no es sorprendente que la disparidad económica entre África y los países más ricos se haya ampliado en las últimas décadas, con la caída de la proporción de los ingresos africanos respecto a los de las economías avanzadas, del 12% a principios de los años ochenta al 8% actual. Para revertir esta tendencia y permitir que África se beneficie más de la globalización, los responsables políticos de la región deberían acelerar sus esfuerzos en tres ámbitos.
En primer lugar, los gobiernos deberían promover una mayor integración regional para hacer a África económicamente más fuerte y más eficaz en la promoción de su agenda a nivel internacional. Los avances hasta ahora son muy alentadores. El Acuerdo Continental Africano de Libre Comercio ha obtenido recientemente las 22 ratificaciones mínimas necesarias para entrar en vigor, creando así un mercado africano único de bienes y servicios. El AfCFTA, junto con el Mercado Único Africano del Transporte Aéreo y el Protocolo sobre la Libre Circulación de Personas, contribuirá a desbloquear el enorme potencial económico de la región.
En segundo lugar, África debe mejorar su infraestructura digital y las competencias relacionadas con la tecnología para evitar una mayor marginación. Actualmente, el coste del acceso a Internet en África es el más alto del mundo, y la penetración de Internet es solo del 37%, significativamente por debajo de la media mundial del 57%.
Además, la mano de obra de bajo coste y baja cualificación en la que África se ha apoyado tradicionalmente es cada vez menos una ventaja competitiva, dada la llegada de la Cuarta Revolución Industrial y los mayores estándares de producción y requisitos de infraestructura de las CGV. Por ello, los programas de educación y formación deberían centrarse más en desarrollar conocimientos digitales, así como en habilidades blandas como el pensamiento crítico y las capacidades cognitivas y socioconductuales.
En tercer lugar, África debe crear un sistema para poseer y regular sus datos digitales. En la era moderna, el capital ha desplazado a la tierra como el activo más importante y determinante de la riqueza. Pero en la economía digital, los datos serán clave, como demuestra la carrera de las empresas tecnológicas globales como Facebook, Google y Tencent por controlarlos. Y, como sostiene Kai-Fu Lee en su libro AI Superpowers, la abundancia de datos generada por la gran población de China le está dando al país una ventaja sobre Estados Unidos en el campo de la inteligencia artificial.
El auge demográfico de África implica que el continente también generará grandes cantidades de datos, especialmente a medida que avanza la digitalización, se extienden las plataformas de comercio electrónico, crece la clase media y aumenta el gasto de los consumidores. Esta nueva riqueza basada en datos recaerá en quienes recopilen, posean y regulen activamente dicha información, dejando a los recién llegados en desventaja.
El potencial de África puede ser enorme, pero enfrenta desafíos formidables. Para 2030, el continente albergará casi el 90% de las personas más pobres del mundo. A menos que la globalización funcione mejor para África de lo que lo ha hecho en el pasado, su promesa de prosperidad compartida seguirá sin cumplirse.

