Lecciones del referéndum británico de 1975 sobre Europa

Lecciones del referéndum británico de 1975 sobre Europa
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La victoria electoral del Partido Conservador deja pocas dudas sobre la celebración de un referéndum acerca de la permanencia del Reino Unido en la UE en 2016 o 2017. Aunque por ahora el contenido oficial de las exigencias británicas sigue siendo impreciso, la reacción de los socios del Reino Unido ante la posibilidad de negociar se hace pública cada día.

El ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble acaba de declarar que está dispuesto a iniciar conversaciones con el Reino Unido sobre las exigencias para reescribir las reglas de la pertenencia británica a la UE. Aunque en otras apariciones públicas se mostró más cauto, la canciller alemana Angela Merkel había hecho comentarios similares el año pasado. En cambio, poco después de la reelección de Cameron, el presidente francés François Hollande reaccionó con sequedad ante los planes británicos. Afirmó : «Es legítimo tener en cuenta las aspiraciones de los británicos, pero en Europa hay reglas, y entre ellas está el diálogo».

Este panorama recuerda el intento anterior de salir de la UE, en 1974-1975. En aquel entonces, el primer ministro británico Harold Wilson quería renegociar las condiciones de entrada del Reino Unido en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), a la que el país se había incorporado aproximadamente un año antes, en enero de 1973. El panorama político británico era prácticamente opuesto al actual: un Partido Conservador favorable al Mercado Común y un Partido Laborista dividido respecto a la cuestión. Sin embargo, el panorama de la Europa continental guarda cierto parecido con lo que ocurrió entonces.

El presidente francés Valéry Giscard d’Estaing era muy escéptico ante las exigencias británicas. En particular, rechazaba la idea de reformar el presupuesto de la CEE para adaptarlo a las necesidades del Gobierno británico. En cambio, el canciller de Alemania Occidental Helmut Schmidt estaba mucho más abierto a las peticiones de Wilson. Por su cultura y pensamiento estratégico, Schmidt estaba más cerca del Reino Unido. A menudo descrito como «atlantista» y famoso por votar contra el Tratado de Roma en el Bundestag (en parte por temor a que aislara al Reino Unido), el nombramiento de Schmidt al frente de la cancillería alemana en mayo de 1974 fue una excelente noticia para las perspectivas de las renegociaciones británicas.

Poco menos de 40 años después, una entrevista al excanciller alemán publicada en la prensa causó cierta sorpresa. «En el fondo, creo que De Gaulle tenía razón [al vetar la entrada británica en la década de 1960]»,declaró Helmut Schmidt en 2010. «Solía confiar en el sentido común y la razón de Estado británicos… Me educaron con una gran simpatía por el Reino Unido. Fui un gran partidario de Edward Heath, quien incorporó al Reino Unido a la Comunidad Europea. Pero luego tuvimos a Harold Wilson y Margaret Thatcher, que no siempre se comportaron con sensatez».

¿Cómo podemos entender semejante cambio de opinión? Podría decirse que el punto de inflexión en la percepción de Schmidt sobre el Reino Unido se produjo durante las renegociaciones de 1974-1975. El apoyo de Schmidt a la pertenencia británica contrastaba con la ambigüedad de Wilson en sus apariciones públicas. Aunque el canciller alemán habría preferido un compromiso británico más firme con la pertenencia a la CEE, Wilson mantuvo una postura ambigua, sobre todo por motivos de política interna. Schmidt no entendía por qué los detalles técnicos de las renegociaciones se estaban convirtiendo en un sustituto de la cuestión mucho más profunda de la pertenencia británica a la Comunidad Europea. Además, aunque Schmidt criticaba la integración europea antes de ocupar el cargo y durante su mandato, siempre estuvo convencido de la necesidad de organizar la interdependencia de las economías europeas. Sí creía que debía haber más integración, no menos: algo que los funcionarios británicos no lograron entender entonces.

Una negociación que comenzó con perspectivas prometedoras acabó en un ambiente mucho más difícil. La mayoría de las exigencias británicas de 1974-1975 no se atendieron; las que sí, solo de manera cosmética. Lo que al principio parecía una situación ideal —contar con un aliado en el Gobierno alemán, en el Estado miembro más poderoso económicamente y mayor contribuyente al presupuesto de la CEE— no condujo a un acuerdo satisfactorio para el Gobierno británico. Peor aún, antagonizar al canciller alemán reavivó el eje franco-alemán y contribuyó al aislamiento británico en Europa. Schmidt se negó a hacer concesiones durante las últimas etapas de las renegociaciones, a comienzos de 1975, y la pareja franco-alemana ocupó el centro de la política europea durante los años restantes del Gobierno laborista.

Por tanto, el comentario de Schäuble debería servir de advertencia a los funcionarios británicos. Una desproporción entre la importancia de lo que está en juego —sí o no a la UE— y el carácter técnico del proceso de negociación puede convertir fácilmente a quien al principio parece un gran aliado en un firme adversario en etapas más decisivas. En vez de hallar consuelo en la observación de Schäuble, el Gobierno británico debería tener presente que dentro de unos años el ministro alemán de Finanzas podría acabar coincidiendo con lo que dijo De Gaulle en la década de 1960: que existe una incompatibilidad fundamental entre el Reino Unido y Europa.

Este artículo se publicó originalmente en Bruegel, el centro de estudios con sede en Bruselas. Lea el artículo en su sitio web aquí. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Emmanuel Mourlon-Druol, ciudadano francés, se incorporó a Bruegel como investigador visitante en abril de 2015.

Imagen: La bandera de la Unión Europea aparece en una ventana que refleja una calle de Londres. REUTERS/Luke MacGregor.

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