Ha sido un año difícil para la comunidad humanitaria. Hemos lidiado con la intensificación de los conflictos en Siria, Sudán del Sur y la República Centroafricana, así como con catastróficos desastres naturales, como el tifón Haiyan en Filipinas. Lamentablemente, los últimos doce meses no son una excepción, sino parte de una tendencia clara.
Las emergencias humanitarias son cada vez más frecuentes, intensas, prolongadas, costosas y complejas. Entre 2004 y 2013, las necesidades de financiación mundial para los llamamientos humanitarios aumentaron un 430 %, mientras que el número de personas afectadas casi se duplicó.
Es probable que los efectos del cambio climático, la pobreza extrema, las fluctuaciones de los mercados financieros, la escasez de alimentos y agua, las migraciones, la urbanización, el crecimiento demográfico y las pandemias sanitarias agraven aún más esta tendencia. Mientras tanto, los donantes tradicionales de ayuda humanitaria se ven cada vez más presionados para recortar el gasto.
El tipo de acción humanitaria que se requiere también cambia. Hoy, más de la mitad de los refugiados del mundo viven en zonas urbanas, y asistirlos no es una cuestión de proporcionar ayuda en campamentos rurales. Tras un desastre, restablecer la conectividad y la red celular se ha vuelto tan importante como prestar asistencia que salva vidas.
Además, la creciente visibilidad de los grupos locales de la sociedad civil, las empresas del sector privado y las redes de voluntarios está ampliando el alcance de la labor humanitaria.
En este panorama humanitario en rápida evolución, los actores consolidados del sistema humanitario internacional (los organismos de la ONU, las grandes ONG internacionales y el Movimiento de la Cruz Roja) se esfuerzan por innovar, encontrar nuevos socios y nuevas formas de movilizar recursos.
Aplicar la innovación al trabajo humanitario conlleva un conjunto de desafíos únicos. Las crisis son diversas por naturaleza, desde terremotos urbanos hasta conflictos rurales. Además, son impredecibles, lo que dificulta la investigación y el desarrollo de nuevas herramientas. En operaciones de alta presión y en rápida transformación, a menudo en condiciones inseguras y peligrosas, los trabajadores de socorro tienen poco margen para probar nuevas ideas. Por otra parte, tanto los gobiernos donantes como las organizaciones humanitarias se enfrentan a un escrutinio y unas críticas cada vez mayores por parte del público.
La competencia de mercado puede impulsar la innovación, pero apenas existe un mercado para los «servicios» humanitarios. Un pequeño grupo de gobiernos donantes aporta casi el 70 % de la financiación humanitaria, y la mayor parte se destina a unas pocas grandes organizaciones internacionales y ONG.
Es posible que estos donantes estén dispuestos a financiar proyectos piloto innovadores específicos, pero existe poco apoyo para ampliarlos o invertir en investigación y desarrollo sistémicos. En cuanto a los beneficiarios de la ayuda, rara vez están en condiciones de rechazarla o de comparar opciones.
Por ello, los trabajadores humanitarios recurren cada vez más a las empresas y al sector privado para aprender a innovar y gestionar mejor la innovación. Mientras tanto, el mundo empresarial ha pasado de la filantropía y del movimiento de Responsabilidad Social Corporativa a asociaciones más sólidas con los trabajadores humanitarios, que aprovechan su experiencia para encontrar nuevas soluciones a viejos problemas.
No faltan ideas prometedoras: el uso de las redes sociales para evaluar necesidades, la cartografía de riesgos liderada por las comunidades, los seguros frente a crisis, el dinero móvil, la producción local de suministros de socorro con impresoras 3D, etcétera. Lo que todas estas ideas tienen en común es que requieren una colaboración sin precedentes entre las organizaciones humanitarias, los gobiernos y las empresas.
La importancia de esto es tal que uno de los temas de la Cumbre Humanitaria Mundial, que convocará el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en mayo de 2016, es «Transformación mediante la innovación». En las consultas regionales preparatorias que conducen a la cumbre y se desarrollan durante ella, queremos trazar un nuevo enfoque del trabajo humanitario, más en consonancia con las necesidades y los desafíos de un mundo en rápido cambio; más inclusivo, diverso y eficaz.
En definitiva, uno que esté preparado para el futuro.
Autora: Kyung-wha Kang es subsecretaria general adjunta de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios
Imagen: Una mujer prepara paquetes de ayuda para casos de desastre antes de repartirlos tras el paso del tifón Haiyan por el centro de Filipinas, en el interior de la Universidad Politécnica de Filipinas, en Manila, el 18 de noviembre de 2013. REUTERS/Romeo Ranoco


