Quienes crecimos en India en la década de 1980, cuando solo había un canal de televisión nacional en emisión, recordaremos que cada viernes por la noche compartíamos el salón con los vecinos que no tenían televisor. Todo el mundo estaba pegado al único programa de máxima audiencia que tenía alguna importancia: Chitrahaar, una mezcla de los últimos videoclips de Bollywood y antiguas canciones de películas hindi. Disfrutábamos viéndolo juntos en nuestros televisores en blanco y negro, sabiendo que toda la nación compartía al mismo tiempo esta experiencia monocromática, aunque llena de color. Muchos incluso recordamos exactamente dónde estábamos cuando, en vísperas de los Juegos Asiáticos de 1982 en Delhi, se anunció con gran ceremonia que India pasaría a la televisión en color. Por fin. Un nuevo amanecer.
En aquel entonces, en el país prácticamente solo había un partido político. Los carteles de sus dirigentes estaban pegados por todas partes. Consumíamos productos de las pocas empresas indias cuyos nombres eran conocidos en todos los hogares y que fabricaban de todo, desde aceite para el cabello hasta armarios de acero. Escuchábamos la música pop más reciente, que, como supimos más tarde, se había publicado en Occidente varios años antes.
Cada año, los familiares que venían del extranjero traían maletas llenas de regalos asombrosos que nos confirmaban que la vida era muy distinta en las economías de libre mercado de Occidente. En India seguíamos protegidos tras barreras arancelarias y restricciones cambiarias; éramos indios y comprábamos productos indios, mientras anhelábamos ser globales. Mientras tanto, la economía avanzaba a lo que los economistas llamaban cariñosamente la «tasa de crecimiento hindú». A ojos de la mayor parte del mundo, India era un lugar exótico, famoso por sus encantadores de serpientes, sus marajás y la nobleza de su pobreza.
Avancemos hasta 2017. La India en la que muchos crecimos ha desaparecido por completo. Segura de sí misma, dinámica y resuelta, equipada con teléfonos móviles omnipresentes, numerosos canales de televisión, armas nucleares y una industria de TI de primer nivel mundial, India es hoy una de las economías de más rápido crecimiento del mundo.

Además, las empresas indias han establecido cada vez más nuevas posiciones de avanzada y conseguido importantes cuotas de mercado fuera de India, especialmente en África y el Sudeste Asiático —por ejemplo, en las telecomunicaciones—, y han consolidado su posición en mercados clave de Norteamérica y Europa, sobre todo en el sector de TI. Durante la última década se han inaugurado con regularidad nuevos aeropuertos, autopistas y vías digitales. Un informe recientede un destacado banco de inversión prevé que la economía de India alcanzará un valor de 7 billones de dólares en 2028, superando a Japón y Alemania.
Sin embargo, para responder adecuadamente a las aspiraciones de su población joven, la inversión en ámbitos como la salud y la educación debe seguir el ritmo de las ambiciosas aspiraciones de crecimiento de India. Tras haber visto el poder de las reformas en la década de 1990, India deberá mantener las reformas en los próximos años y crear, como señala un informe reciente de HSBC, un «ecosistema de cambio continuo» en el futuro previsible.
El crecimiento económico impulsado por los servicios deberá avanzar a grandes pasos en otros sectores, incluida la manufactura, para generar la extraordinaria cantidad de empleos necesaria y aprovechar lo que HSBC denomina su «dividendo demográfico»: una reserva casi ilimitada de personas jóvenes, talentosas y trabajadoras que aguardan entre bastidores para ocupar su lugar en la historia de India.
Los audaces avances de India en esta dirección ayudarán a sacar de la pobreza a cientos de millones de personas más y a acercarlas a una mayor igualdad económica y prosperidad. Combinados con los esfuerzos por construir estabilidad, previsibilidad, transparencia y coherencia institucionales —también en el Estado de derecho—, podrían permitir aprovechar los beneficios de un experimento único en la historia de la humanidad: uno en el que un sistema político democrático, la capacidad tecnológica y una gobernanza distribuida transportan a casi una quinta parte de la humanidad a una era de prosperidad y justicia social, y convierten a India en un formidable motor económico para el mundo.
En el pasado, otros han escrito muchas narrativas sobre India. Pero ahora ha llegado el momento de que India tome plenamente las riendas de su propio relato, en interés de su población.

