¿Qué significan las tensiones entre EE. UU. y China para Asia?

Chinese and US flags are set up for a signing ceremony during a visit by U.S. Secretary of Transportation Elaine Chao at China's Ministry of Transport in Beijing, China April 27, 2018. Picture taken April 27, 2018. REUTERS/Jason Lee - RC13D78E0020
Frictions between China and the US go well beyond tariff disputes.Image: REUTERS/Jason Lee
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Tanto el sector privado como el público han advertido sobre los posibles efectos indirectos de la guerra comercial en curso entre EE. UU. y China. Sin embargo, las fricciones entre ambas partes van mucho más allá de las disputas arancelarias. La posibilidad de que las tensiones comerciales se extiendan hacia un conflicto político, además de económico, ya se vislumbra.

La cuestión es cómo un choque entre las dos mayores economías del mundo puede afectar al resto del planeta, y en ninguna parte del mundo la inquietud es mayor que en Asia.

Implicaciones de las tensiones comerciales entre EE. UU. y China

Para la mayoría de los países asiáticos, China es su principal destino comercial, pero EE. UU. sigue siendo también un socio económico inestimable. Como resultado, la escalada de tensiones entre los dos gigantes económicos ha generado inquietud. Ciertamente, las previsiones catastróficas de analistas y responsables políticos sobre cómo la estrategia de EE. UU. para reducir su déficit comercial con China podría perjudicar el crecimiento mundial no han hecho sino aumentar las preocupaciones.

En octubre, el FMI advirtió de que todos los países sufrirían como consecuencia de las tensiones y recortó su proyección del PIB de EE. UU. al 2,5 % en 2019 y, más aún, al 1,8 % en 2020. Esto ha proyectado, sin duda, una larga sombra en todo el mundo en un momento en que el crecimiento estadounidense es fundamental para la economía global.

Sin embargo, dado que los republicanos mantienen su mayoría en el Senado tras las elecciones legislativas de mitad de mandato en EE. UU., la administración Trump tendrá un mayor incentivo político para mantener la presión sobre Pekín con amenazas de subir los aranceles más allá de los 250 000 millones de dólares ya previstos.

Es decir, la motivación política de los próximos dos años para proyectar una América fuerte podría superar con creces el incentivo económico de buscar un compromiso o una solución que ambas partes pudieran presentar como una victoria. Las próximas elecciones presidenciales de EE. UU. de 2020, cuya campaña empezará a tomar forma en breve, podrían hacer que el compromiso sea aún más difícil para cualquiera de los dos bandos del espectro político.

Es importante señalar que el empeño de Washington por acorralar a China no solo está alienando a Pekín, sino también a aliados clave de EE. UU. en Asia y más allá. En este contexto, el objetivo de muchos países asiáticos es trabajar de forma selectiva con Washington y Pekín, en lugar de alinearse por completo con uno frente al otro.

El deseo de Japón de una vía intermedia

Japón es un país que podría optar por un delicado equilibrio estratégico. Sigue siendo un aliado firme de EE. UU., especialmente porque continúa dependiendo del paraguas de seguridad estadounidense en una región donde el riesgo de conflicto es considerable.

Por un lado, la disputa territorial en curso con Pekín por las islas Senkaku supone un riesgo de conflicto no deseado en el mar de China Oriental. Además, está el riesgo persistente que supone tratar con la vecina Corea del Norte, que todavía no ha mostrado señales de desnuclearización. Asimismo, dado que la retórica de Pyongyang contra Tokio no muestra signos de ceder, incluso mientras Corea del Norte avanza en su compromiso diplomático con otros países, el futuro de la seguridad de Japón parecería depender de EE. UU.

No obstante, en Japón y en toda Asia existe una mayor desconfianza hacia la fiabilidad del gobierno estadounidense como socio estratégico, así como hacia la probabilidad de que Washington tenga en cuenta los intereses de Asia al tomar decisiones de política internacional.

Sin duda, esto es así en materia comercial. Aunque muchos países pueden coincidir con las preocupaciones de Washington sobre las prácticas comerciales desleales de China, la forma en que la administración Trump ha abordado el asunto no ha obtenido un apoyo generalizado.

Además, el hecho de que EE. UU., en nombre de la seguridad nacional, haya impuesto aranceles del 25 % al acero y del 10 % al aluminio a la mayoría de los países, incluidos Japón y la Unión Europea, ha provocado disputas con aliados estadounidenses de larga data.

Cabría esperar que los países tradicionalmente cercanos a EE. UU. pudieran separar la rivalidad comercial de las relaciones políticas y diplomáticas más amplias. Sin embargo, eso puede resultar difícil si las disputas comerciales se intensifican.

La desconfianza ya es evidente en la opinión pública. Una encuesta de Pew Research de octubre reveló que solo el 30 % de los adultos en Japón confía en la administración Trump.

Washington cuenta, en efecto, con cierto respaldo a su oposición a las prácticas comerciales desleales de China. De hecho, en septiembre, tanto Japón como la UE se sumaron a EE. UU. al expresar una oposición conjunta a las “políticas y prácticas de terceros países orientadas a no respetar el mercado”, sobre todo en lo relativo a las subvenciones industriales y a la protección de las empresas estatales, así como a la transferencia forzosa de tecnología.

EE. UU., la UE y Japón también han subrayado la necesidad de una cooperación trilateral más estrecha para facilitar el comercio digital, garantizando al mismo tiempo la seguridad de los datos en la economía digital mundial. Sin duda, existen varias cuestiones en las que los tres bloques pueden trabajar estrechamente juntos para reforzar el Estado de derecho y los mercados libres.

Al mismo tiempo, los tres bloques muestran una cuidadosa sensibilidad para no señalar específicamente a China, sino para centrarse en las actividades del gobierno. Claramente, se trata de una conciencia de las distorsiones que las prácticas comerciales chinas generan para la economía mundial, por un lado, mientras se intenta mantener relaciones sólidas con la segunda economía del mundo, por otro.

Los desafíos de un equilibrio delicado

Sin embargo, puede resultar cada vez más difícil mantener este equilibrio, ya que la brecha entre Washington y Pekín podría ampliarse aún más antes de que estén dispuestos a llegar a un compromiso.

El hecho de que los líderes de la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) de noviembre de 2018, celebrada en Papúa Nueva Guinea, no pudieran alcanzar una declaración conjunta, el primer fracaso de este tipo en los 25 años de historia del foro, aunque el encuentro era, en apariencia, una oportunidad para promover la cooperación económica, ha suscitado preocupación por una creciente brecha ideológica entre EE. UU. y China.

Esta brecha podría obligar a los países de Asia a tomar partido. De hecho, el exsecretario del Tesoro de EE. UU. Henry Paulson advirtió de que podría caer sobre el mundo una “cortina de hierro económica”, en la que EE. UU. y China quedarían bloqueados por diferencias estratégicas, lo que provocaría un descenso generalizado del capital y de las transferencias tecnológicas en todo el mundo.

El temor regional creciente es que, en lugar de separar las cuestiones comerciales y económicas de las preocupaciones de seguridad, las alianzas se basen en la combinación de intereses económicos y de seguridad.

Para países como Japón, en particular, equilibrar sus intereses económicos con China, por un lado, y sus vínculos más amplios con EE. UU., por otro, puede resultar un ejercicio cada vez más difícil de llevar a cabo sin tropezar.

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