La caza furtiva de rinocerontes por sus cuernos es uno de los problemas de conservación más difundidos en todo el mundo. Desde las prohibiciones del comercio mundial y los drones de vigilancia hasta la participación de celebridades como el miembro de la realeza británica el príncipe Carlos y la estrella de la NBA Yao Ming, parece que no se ha escatimado ningún esfuerzo para ganar las llamadas «guerras contra los rinocerontes». Sin embargo, 2014 fue otro año récord en la caza furtiva de rinocerontes: hasta ahora han muerto 1.020 animales, solo en Sudáfrica, donde vive la mayor parte de los 29.000 rinocerontes del mundo. ¿Qué se nos está pasando por alto?
Hablar del comercio de cuernos de rinoceronte suele significar hablar de cazadores furtivos, guardas, vigilancia y tecnología de seguimiento, y penas de prisión. La falta de reducción de la caza furtiva pese a las inversiones recientes en medidas coercitivas suele interpretarse como una señal de que hacen falta más medidas de ese tipo. El debate tiende a centrarse en la oferta del mercado y a pasar por alto el papel fundamental de la demanda en el impulso de este comercio ilegal. Sin embargo, la demanda de los mercados asiáticos, impulsada por las supuestas —pero inexistentes— propiedades medicinales del cuerno de rinoceronte, no da señales de disminuir.
Una persona desprevenida podría pensar que este descuido se debe a los éxitos que han logrado los conservacionistas en este ámbito. Al fin y al cabo, la prensa popular suele hacerse eco de afirmaciones sobre logros extraordinarios, como el reciente anuncio de Humane Society International de que una campaña educativa había reducido la demanda de cuernos de rinoceronte en Vietnam en un 38%. Es necesario examinar rigurosamente las pruebas disponibles para ver en qué medida las iniciativas de conservación reducen la demanda de cuernos de rinoceronte.
Evaluaciones defectuosas o inexistentes
La mayoría de las campañas para reducir la demanda simplemente no evalúan su impacto. Se da por sentado que se cumplieron los objetivos de la campaña. Cuando se presentan pruebas, pueden parecer anecdóticas y seleccionadas a conveniencia para respaldar la suposición de que la campaña tuvo éxito. Los hallazgos rara vez se publican en la literatura científica más rigurosa, y las organizaciones pocas veces ponen a disposición del público los detalles sobre la implementación o la evaluación de sus campañas.
Naturalmente, esta falta de evaluación garantiza que cualquier organización pueda presumir de un historial perfecto. Pero también significa que no hay pruebas de que estos esfuerzos hayan marcado una diferencia. Es imposible aprender de los errores del pasado.
Las pocas campañas que sí se evalúan suelen medir su impacto con métodos defectuosos. Un error común es la expectativa, hoy ampliamente desacreditada, de que los cambios en los conocimientos o las actitudes conducen automáticamente a cambios en el comportamiento. Del mismo modo, las campañas suelen evaluar su impacto con muestras pequeñas de encuestados y luego esperan extrapolar los resultados a una población mucho más amplia. Esto solo debería hacerse si ambos grupos son lo bastante similares, una suposición que rara vez, si acaso alguna vez, se pone a prueba.
Los conservacionistas son cada vez más conscientes de estas deficiencias, y algunos empiezan a cuestionar el statu quo, como se vio en las recientes reacciones al anuncio de Humane Society.
Adaptar las lecciones de otros campos
Entonces, ¿cuál es el camino a seguir? Desde hace mucho, los científicos sociales trabajan para determinar la causa y el efecto. En campos como las políticas públicas y la salud existen estándares sobre cómo evaluar las iniciativas destinadas a cambiar el comportamiento. Entre las lecciones clave se incluyen:
Todo estudio de evaluación debe incluir un grupo de comparación creíble. Este grupo de control no debe verse influido por la campaña, pero se espera que responda de manera similar si fuera objeto de ella. Factores ajenos, como una nueva ley u otras iniciativas de conservación, pueden distorsionar una comparación basada en indicadores medidos antes y después de una campaña.
Deben utilizarse diseños experimentales más sólidos, como los ensayos controlados aleatorizados, en los que los grupos a los que se dirigirá una campaña y los que servirán de comparación se eligen al azar. En la actualidad, a menudo se eligen los grupos destinatarios por tener características que los hacen más propensos a responder a la campaña, como un interés previo en la conservación de la fauna silvestre. Esto imposibilita una comparación justa y separar el efecto de la campaña de las características del grupo destinatario.
Los investigadores no deben buscar únicamente pruebas de que una campaña haya tenido éxito, sino poner a prueba todas las explicaciones creíbles de los resultados obtenidos. Esto puede lograrse no solo mediante un diseño experimental sólido, sino también utilizando múltiples fuentes de datos independientes, como estudios de mercado, registros policiales de cargamentos incautados y, cada vez más, redes sociales y otras fuentes en línea.
A medida que la financiación para la conservación se vuelve más competitiva, los donantes exigen cada vez más pruebas de que su dinero realmente marca una diferencia sobre el terreno. Sin embargo, los conservacionistas siguen siendo menos rigurosos al investigar el componente humano de la conservación que al estudiar a sus equivalentes animales y vegetales.
¿Por qué sigue tan extendida la caza furtiva de rinocerontes? La respuesta bien podría ser la falta de campañas sólidas para reducir la demanda. Es posible cambiar el comportamiento, y evaluar nuestros esfuerzos es un paso crucial para entender cómo marcar la diferencia.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autor: Diogo Veríssimo es investigador asociado en Georgia State University
Imagen: Una rinoceronte blanca austral llamada Bella come junto a su cría de un día en el Santuario de Rinocerontes Ziwa, en Nakasongola, el 3 de abril de 2014. REUTERS/Edward Echwalu.



