Nunca ha habido un momento mejor que ahora para hablar de la juventud de África. En todo el mundo, el número de personas de entre 12 y 24 años ha alcanzado los 1.300 millones, la cifra más alta de la historia. Al mismo tiempo, el terrorismo, la radicalización y la inseguridad también van en aumento.
Un informe reciente de la Fundación Mo Ibrahim concluyó que, en las próximas tres generaciones, el 41 % de la juventud mundial será africana. Sin embargo, la continua exclusión de los jóvenes de las estructuras clave de toma de decisiones augura un futuro sombrío para el continente.
En África, la participación de los jóvenes en las esferas social, cultural, política y económica es sumamente escasa. Las políticas de desarrollo no tienen suficientemente en cuenta a los jóvenes, pues a menudo no existen canales adecuados para llegar a este segmento creciente de la población.
La continua exclusión de los jóvenes de las estructuras y los procesos de toma de decisiones públicas les priva del sentido de pertenencia y de apropiación. La elevada tasa de desempleo, junto con la falta de perspectivas, somete a muchos jóvenes a un gran estrés. Es en este contexto donde convergen la delincuencia organizada, la radicalización y las estrategias de supervivencia de los jóvenes.
La creciente población juvenil de África Oriental, por ejemplo, está definiendo cada vez más el entorno de seguridad de la región. El crecimiento demográfico de las últimas décadas ha convertido a esta en una de las regiones más jóvenes del mundo; una tendencia que, según las proyecciones, continuará. Sin embargo, grupos extremistas violentos como al-Shabaab siguen activos en la región y están ampliando su influencia y reclutamiento a varios países, entre ellos Kenia, Uganda y Tanzania. Kenia se ha visto especialmente afectada. Los recientes actos terroristas han sumido a la ciudadanía en el temor, mientras que los continuos asesinatos de políticos, incluido el de George Muchai, miembro del Parlamento por Kabete, agravan la situación.
Sudán y Sudán del Sur, por otro lado, han afrontado una guerra civil constante y milicias étnicas. Uganda tiene un historial de delincuencia organizada y grupos como el Ejército de Resistencia del Señor (LRA), mientras que Somalia lleva años a merced del grupo terrorista al-Shabaab. Nigeria, por su parte, sigue librando su propia lucha contra Boko Haram. La mayoría de quienes combaten en esos grupos son jóvenes, lo que plantea la pregunta de si los gobiernos africanos tienen bajo control a su juventud.
Se ha culpado a la forma en que los gobiernos africanos responden a las amenazas de delincuencia e inseguridad del aumento de los atentados terroristas. En lugar de promover el diálogo y procurar comprender claramente las cuestiones subyacentes que alimentan la delincuencia y la radicalización, la mayoría de los gobiernos africanos han optado por silenciar toda voz disidente, calificándola de criminal. De este modo, ciertas partes de la población son empujadas sistemáticamente a los márgenes y catalogadas como indeseables. La mayoría de ellas son jóvenes.
Ha habido una falta de estrategias bien fundamentadas, basadas en hallazgos empíricos sobre por qué las personas se unen a organizaciones delictivas y terroristas. Los gobiernos no han abordado las causas de la radicalización y la delincuencia juveniles, sino que se han limitado a tratar los síntomas.
Los jóvenes se unen a grupos radicales por diversos motivos, entre ellos el sentido de pertenencia y la supervivencia. Cuando las sociedades excluyen a los jóvenes de los asuntos de gobernanza y liderazgo, estos se sienten alienados y encuentran aceptación en grupos delictivos y terroristas. El aumento del desempleo y la pobreza empeora la situación. Estas circunstancias políticas y económicas adversas, junto con la discriminación religiosa y étnica y las operaciones antiterroristas de mano dura, constituyen los «factores de presión» que provocan la radicalización.
En África Oriental, las condiciones han permitido a al-Shabaab consolidar su presencia en la región. En Kenia, los atentados terroristas de Mandera a finales del año pasado, que dejaron muertos a 28 pasajeros de autobús y 36 trabajadores de una cantera, no hicieron sino agravar la creciente inseguridad y la amenaza del terrorismo. La respuesta del Gobierno ha recibido una valoración baja y se han formulado llamamientos para una renovación del liderazgo del sector de la seguridad nacional.
Los jóvenes (de 15 a 34 años) constituyen el 35,39 % de la población de Kenia, pero siguen estando al margen de los asuntos del país. Sus necesidades y aspiraciones no han recibido el debido reconocimiento, y sus conocimientos, habilidades o energía tampoco se han aprovechado de manera eficaz.
Los desafíos de inseguridad que afrontan los Estados africanos son evidentes y no deben subestimarse. La población joven está creciendo, lo que ofrece una enorme oportunidad para el crecimiento y el desarrollo del continente. Los jóvenes son un recurso valioso al que es preciso implicar plenamente para avanzar hacia un futuro más justo. Ya es hora de que los gobiernos africanos pongan en marcha deliberadamente políticas de desarrollo favorables a la juventud, que deberían estar fundamentadas en las propias perspectivas de los jóvenes. La negociación, el diálogo y la participación juvenil son la única opción que queda si África quiere alcanzar una paz y un desarrollo sostenibles.
Este artículo se publica en colaboración con ISS Africa. Su publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Sebastian Gatimu es investigador de la División de Gobernanza, Delincuencia y Justicia de ISS Nairobi.
Imagen: Siluetas de personas que buscan empleo esperan a empleadores que buscan mano de obra ocasional. REUTERS/Mike Hutchings.


