Cómo restaurar la confianza en nuestras instituciones

Cómo restaurar la confianza en nuestras instituciones
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Esta semana tendrán lugar en Indonesia dos importantes encuentros mundiales. Ambos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre cómo deberíamos abordar la falta de confianza que afrontan hoy nuestras instituciones.

El primero es el Foro Económico Mundial sobre Asia Oriental, que regresa a Indonesia por primera vez desde 2011.

El segundo es la Conferencia Asia-África, que conmemora el 60.º aniversario del extraordinario papel de Indonesia en la decisiva conferencia de 1955 en Bandung. La conferencia fue importante porque reunió a las naciones emergentes del mundo tras el colonialismo y les dio una voz colectiva para formular políticas que hasta entonces habían estado dominadas por las potencias occidentales.

Desde entonces, nuestro mundo ha experimentado cambios sin precedentes. Asia y África ya no son pueblos colonizados que luchan por tener voz en el mundo, sino dos de las regiones de más rápido crecimiento y más dinámicas del mundo, que hoy representan más de la mitad de la producción mundial.

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En un mundo cada vez más multipolar y reconociendo que nuestros futuros son inevitablemente interdependientes y compartidos, debemos trabajar juntos a pesar de nuestras diferencias. Siempre existirán cuestiones divisivas, como los conflictos en los mares de China Meridional y en Ucrania, y generarán tensiones, pero no se debe permitir que pesen más que un compromiso mayor con nuestro futuro común.

Además, los gobiernos ya no tienen el monopolio del poder. La tecnología ha empoderado a las personas y ha democratizado el poder entre los países y dentro de ellos. Un foro completo y legítimo debe incluir a actores no estatales y a individuos. Este nuevo equilibrio exige un nuevo enfoque.

Nuestras instituciones, ya sean el gobierno, la religión, las empresas o el mercado, corren el riesgo de quedar paralizadas. Esto se debe a que muchas no reflejan adecuadamente la realidad actual y, con el paso de los años, han agotado la confianza de la que antes gozaban. Como resultado, nuestras instituciones ya no tienen la credibilidad y la confianza necesarias para liderar, especialmente en estos tiempos de cambio.

Para ser eficaces, las instituciones actuales deben recalibrarse para reflejar esta democratización del poder y promover una visión más inclusiva de la colaboración entre países y entre los distintos grupos de interés de nuestra sociedad. Organizaciones como el Foro Económico Mundial ofrecen una plataforma para que gobiernos, empresas, sociedad civil y mundo académico encuentren soluciones compartidas. Es oportuno que en enero de este año el Foro Económico Mundial, como la mayor organización multilateral de múltiples partes interesadas, obtuviera el estatus formal de institución internacional para la cooperación público-privada.

Pero, aunque trabajemos para mejorar nuestras instituciones, también es imperativo reconocer que afrontamos un problema de confianza aún más profundo. Moisés Naím escribe en el libro El fin del poder que «quienes detentan el poder hoy están más limitados en lo que pueden hacer con [el poder] y corren más riesgo de perderlo que nunca». Vivimos una era de grandes cambios y volatilidad en la economía, la política, la fe, la sociedad y el medio ambiente. Estos cambios ponen a prueba la eficacia y la solidez de nuestras instituciones para que sigan liderando.

En demasiados países, los ciudadanos cuestionan sus formas de gobierno, sean democráticas o no, y muchos ya no creen que sus líderes puedan cumplir el mandato que recibieron. A las sociedades les cuesta confiar en que las empresas y los mercados creen y distribuyan la riqueza y las oportunidades de manera justa. La religión afronta una crisis existencial, pues más personas que nunca afirman no participar en la religión organizada, en sus múltiples formas. Las universidades también han sido objeto de escrutinio por no formar graduados con las competencias adecuadas.

El encuentro sobre Asia Oriental, centrado en el tema de afianzar la confianza, es fundamental. Creo que la clave está en renovar el compromiso con la custodia responsable. Debemos reconocer que aquello que tenemos —como individuos, sociedad, país o civilización— no nos pertenece para usarlo como queramos, sino que debemos cultivarlo en beneficio de quienes nos rodean y hacerlo crecer para las generaciones venideras.

Esto es especialmente cierto para las empresas, que han suscitado un escepticismo generalizado tras la crisis de las hipotecas subprime de 2008. Aunque uno pueda ser propietario de activos y recursos, quizá se trate tan solo de una construcción jurídica. Más importante es el imperativo moral de esforzarnos por ser mejores custodios de lo que se nos ha confiado, haciendo crecer e innovando nuestras empresas y permitiendo que mejoren la vida de quienes nos rodean.

Para muchos de nosotros que hacemos negocios en los mercados emergentes del mundo, donde las necesidades de las sociedades son mayores, existe una oportunidad sin parangón de influir profundamente en nuestro entorno y, mediante una gestión responsable, dar un sentido más profundo a los negocios.

Paul Laudicina nos inspira acertadamente cuando escribe: «La sociedad y las empresas deben alejarse de un sistema en el que las personas hacen el bien al prosperar —es decir, benefician a los demás y al planeta solo como subproducto de centrarse en el beneficio personal— y avanzar hacia un sistema en el que se prospera haciendo el bien, cuando ofrecer un liderazgo y un servicio auténticos es la prioridad central y los rendimientos financieros y el enriquecimiento personal son meras consecuencias».

Autor: John Riady es director ejecutivo de Lippo Group y copresidente del Foro Económico Mundial sobre Asia Oriental 2015.

Imagen: Estudiantes se dan la mano durante una formación en etiqueta en una escuela de formación profesional de Pekín, el 25 de octubre de 2007. REUTERS/Jason Lee

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