A principios de la década de 2000, mis amigos y yo no veíamos la hora de que terminara la jornada escolar para ir al cibercafé más cercano a navegar por la Web. No podíamos permitirnos quedarnos fuera de la ola «www» que acababa de llegar a Nigeria.
Los cibercafés, con grandes antenas parabólicas y mástiles altos, surgieron y prosperaron en las principales ciudades nigerianas y, para nosotros, ninguna distancia era demasiado larga para saciar nuestra sed de ese «nuevo» mundo en línea. Estos cibercafés, entonces la flor y nata del mundo empresarial nigeriano, crearon negocios asociados y oportunidades de empleo, y satisficieron las aspiraciones de la juventud nigeriana promedio.
Pero también se convirtieron en la plataforma de lanzamiento de las estafas por internet, con las que la reputación de Nigeria quedó intrínsecamente vinculada. Más tarde, pasar varias horas en un cibercafé se interpretaría como señal de que uno era un «yahoo-yahoo», nombre que reciben los estafadores nigerianos de internet, que atraen y estafan a víctimas desprevenidas con relatos engañosos de amor y fortuna.
Hoy, casi una década después de su apogeo, la mayoría de los cibercafés han cerrado o se han reconvertido en otros negocios. Solo unos pocos insignificantes —ahora reducidos— han resistido la tormenta. Perdieron relevancia debido a una mala gestión, proveedores de servicios de internet ineficientes, un suministro eléctrico poco fiable y, quizá lo más importante, internet móvil.
En la mayoría de los países desarrollados, los cibercafés fueron una nota al pie de la historia, pues pronto la mayoría de las personas tuvo conexiones a internet relativamente satisfactorias en la privacidad de sus hogares. En muchas ciudades nigerianas fueron mucho más importantes, ya que nos abrieron el resto del mundo de una manera que ni siquiera la televisión por satélite había logrado.
Pero los teléfonos móviles —y, con el tiempo, internet móvil en los teléfonos básicos— cambiaron todo muy rápidamente y acabaron con la mayoría de los cibercafés que antes salpicaban muchas ciudades nigerianas. Según la Comisión de Comunicaciones de Nigeria (NCC), en febrero de 2015 Nigeria tenía 83 millones de líneas telefónicas activas con acceso a internet móvil. Recuerde que, todavía en 2001, solo había unas 400.000 líneas telefónicas fijas en todo el país.

Una de las razones de la rápida adopción de internet móvil, así como de la comodidad personal que ofrecía frente a acudir a un cibercafé público, era también su costo relativamente bajo.
Navegar en un cibercafé costaba un promedio de 100 nairas (entonces, alrededor de 1 dólar) por hora, con conexiones lentísimas. A veces, abrir el correo electrónico podía llevar una eternidad. Internet móvil cambió eso, con conexiones más rápidas a tarifas de apenas 33 nairas (0,16 dólares) al día.
En los primeros tiempos de los teléfonos móviles básicos, las tarjetas SIM costaban hasta 25.000 nairas (entonces, alrededor de 250 dólares). Irónicamente, el auge de los teléfonos inteligentes y su funcionalidad mucho mejor coincidió con el impacto de la competencia entre las redes en el país. Esto ayudó mucho a reducir el costo de la conectividad, y hoy las tarjetas SIM cuestan apenas 50 nairas (0,25 centavos) cada una.
Y, si lo piensa, los teléfonos que tiene en la mano ofrecen mucho más: internet, telefonía, comercio electrónico, correo electrónico, almacenamiento en la nube y redes sociales, con más comodidad que la que jamás ofreció nuestro querido cibercafé promedio, debido a las restricciones de datos y seguridad.
Aunque la penetración de la banda ancha en Nigeria sigue siendo baja, de alrededor del 8 %, frente al objetivo gubernamental del 30 % para 2018, y muchos nigerianos todavía se quejan de las conexiones lentas y caras, los nigerianos son usuarios relativamente intensivos de todo tipo de servicios, desde redes sociales hasta comercio electrónico.
Puede que internet móvil y el wifi hayan facilitado la vida, pero tenemos que agradecer a los cibercafés que conectaran por primera vez con el resto del mundo a jóvenes como yo.
Este artículo se publica en colaboración con Quartz. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Oyindamola Olofinlua es escritor y editor con sede en Lagos.
Imagen: Un hombre observa teléfonos inteligentes expuestos en una tienda del distrito comercial de Wuse II, en Abuya. REUTERS/Afolabi Sotunde


