Sierra Leona acaba de informar de una semana sin infecciones confirmadas de ébola – la primera vez desde que el virus llegó a su frontera en mayo de 2014. Si no se registran más infecciones durante 42 días después de que el último paciente de ébola del país sea dado de alta, se declarará el fin del brote. Pero la carrera por poner fin a la epidemia de ébola en África Occidental no consiste solo en llegar a cero infecciones. También se trata de cómo pueden hacer frente los tres países más afectados a la amplia crisis humanitaria que ha dejado el virus, una crisis que ha afectado a los medios de vida y ha provocado escasez de alimentos, pérdida de educación, un temor generalizado y desconfianza en las comunidades.
El ébola ha provocado nuevas limitaciones en un sistema ya con pocos recursos en materia sanitaria y de atención social. En Sierra Leona, solo hay un psiquiatra capacitado para una población de más de 6 millones de personas. La investigación reciente en la que he trabajado y las visitas a Sierra Leona para poner a prueba una intervención de salud mental con enfermeras de allí han puesto de manifiesto la grave falta de servicios de salud mental disponibles y el devastador impacto que el ébola ha tenido en esos servicios, ya de por sí escasos.
Comunidades devastadas
Una enfermera de Makeni, la cuarta ciudad más grande de Sierra Leona, se conmovió hasta las lágrimas al describir la vulnerabilidad de los huérfanos, especialmente de las niñas jóvenes, que no pueden permitirse ir a la escuela y se quedan sin apoyo familiar ni comunitario. La organización benéfica Street Child calcula que más de 12 000 niños han perdido al menos a un cuidador principal a causa del ébola. Tras la formación que impartimos en abril, esta enfermera está estableciendo contactos en la comunidad local para ayudar a estas niñas a volver a la educación o encontrar empleo.
La enfermedad estuvo especialmente influida por prácticas culturales y de comportamiento a nivel de hogar y de comunidad. Gran parte de África Occidental sigue dependiendo en gran medida de las prácticas sanitarias tradicionales. La atención a un familiar enfermo la prestan primero los miembros de la familia en el hogar, y con frecuencia se recurre después a curanderos tradicionales en lugar de a los centros sanitarios públicos, con pocos recursos. El miedo y la desconfianza hacia los servicios sanitarios modernos existen en Sierra Leona desde hace tiempo. Esto impidió que muchas personas buscaran atención médica para el ébola y llevó a muchas a huir o esconderse de las autoridades. Cabe imaginar lo angustioso que podía resultar que personas totalmente cubiertas con equipos de protección individual entraran en la aldea y comprobar que, cuando se llevaban a un familiar, era poco probable que regresara.
Por tanto, cualquier intervención para atender las necesidades psicosociales debe adaptarse a la sensibilidad cultural, manteniendo al mismo tiempo los mensajes de salud pública más destacados sobre el ébola. Por ejemplo, al consolar a un ser querido solemos expresar la emoción físicamente, cogiéndole de la mano o dándole un abrazo, pero en toda Sierra Leona el mensaje de salud pública era “ABC: Avoid Body Contact” para reducir la propagación del virus. Por eso, al formar a enfermeras, las imágenes que presentábamos debían reflejar relaciones de apoyo sin contacto físico.
La alta capacidad de contagio del ébola, unida a las condiciones de hacinamiento en las viviendas, hizo que familias y aldeas enteras resultaran infectadas. Por ejemplo, una de las enfermeras que trabajaba con un grupo de supervivientes en las provincias orientales, por donde el virus entró por primera vez en el país, nos habló de un superviviente que había perdido a 54 miembros de su familia. Todas sus pertenencias fueron quemadas cuando se contagió de la enfermedad, y quedó excluido de la comunidad por parte de personas que temían que trajera de nuevo el ébola a la aldea. Esta exclusión social tiene un impacto a largo plazo en las personas afectadas y en la sociedad en general.
La dura estigmatización de los trabajadores sanitarios, los supervivientes y los familiares de las personas infectadas por el ébola no es muy distinta del trato que reciben las personas con problemas de salud mental y las enfermeras que las atienden.
El peso de la enfermedad mental
En Sierra Leona, el ébola golpeó a un país posconflicto que aún lidiaba con un pasado reciente de traumas y enfermedades mentales. Tras la guerra civil de una década que terminó en 2002, el Ministerio de Salud y Saneamiento realizó una encuesta sobre las necesidades de salud mental y constató que la prevalencia rondaba alrededor del 13 % de la población, casi cuatro veces superior a la prevalencia mundial de enfermedad mental grave, estimada en el 4 %. Doce años después llegó el brote de ébola a Sierra Leona, pero todavía no existen datos actuales sobre la prevalencia de enfermedades mentales en el país.
La exposición a una situación de emergencia de cualquier tipo, ya sea un desastre natural, un conflicto o un brote de enfermedad infecciosa, tiene un efecto devastador en el bienestar psicológico y social de las personas implicadas.
Existe un consenso internacional sobre la necesidad de establecer en los países en desarrollo servicios de salud mental de base comunitaria, centrados en la familia y culturalmente sensibles. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido directrices para la formación de los trabajadores de atención primaria en salud mental y recientemente publicó un conjunto de herramientas para evaluar las necesidades psicosociales en contextos humanitarios. Sin embargo, hasta la fecha, muy pocas intervenciones sociales se han desarrollado y puesto a prueba en lugares con escasos recursos.
A pesar de la devastación que el ébola ha causado en las comunidades de África Occidental, también existe la oportunidad de «reconstruir mejor», mientras organizaciones internacionales como la OMS y International Medical Corps aportan capacidad humana y financiación para apoyar a los supervivientes, reconstruir las comunidades y reforzar sus sistemas de salud y de atención social. Una reciente reunión en Monrovia, la capital liberiana, puso de relieve las formas en que los tres países más afectados (Sierra Leona, Liberia y Guinea) pueden aprender unos de otros y coordinar los futuros esfuerzos en salud mental.
Es posible adoptar un enfoque rentable para restablecer las comunidades y las redes de apoyo en Sierra Leona. Hay que movilizar los recursos existentes y formar a trabajadores de salud mental para reforzar el apoyo social a las personas diagnosticadas con un problema de salud mental, así como a quienes experimentan malestar emocional y duelo. En última instancia, esto nos permitirá convertir una situación terrible en una solución a largo plazo, aprovechando la oportunidad para implantar una red de salud mental más completa en Sierra Leona.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autora: Meredith Fendt-Newlin es investigadora y doctoranda en University of York
Imagen: Trabajadores sanitarios se ponen equipos de protección antes de entrar en una zona de cuarentena en un centro de la Cruz Roja en la localidad de Koidu, distrito de Kono, en el este de Sierra Leona, el 19 de diciembre de 2014. REUTERS/Baz Ratner


