Cómo China está reduciendo su deuda y ascendiendo en la cadena de valor

Chinese 100 yuan banknotes are seen in this picture illustration taken in Beijing July 11, 2013. China's central bank has standardised rules on cross-border yuan transactions for domestic banks and companies, the latest step to boost the yuan's global influence. REUTERS/Jason Lee (CHINA - Tags: BUSINESS TPX IMAGES OF THE DAY) - RTX11JFZ
"China’s integration into the global value chain will increasingly occur in digital spaces"Image: REUTERS/Jason Lee
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En las últimas cuatro décadas, China ha pasado de ser un proveedor de bajo coste laboral a convertirse en uno de los tres eslabones más importantes de la cadena de valor mundial, junto con Estados Unidos y Alemania. Pese a la creciente preocupación por la deuda corporativa de China —que ahora se acerca al 170 % del PIB— y por su capacidad para escapar de la trampa de los ingresos medios, la rápida digitalización permitirá que la economía china siga ascendiendo en la cadena de valor.

Tras su apertura estratégica hace casi 40 años, China ofreció abundantes tierras y mano de obra baratas, lo que le permitió lograr economías de escala en la fabricación de bienes de consumo. Luego, a medida que avanzaba hacia la categoría de país de ingresos medios, se convirtió en un importante mercado de consumo por derecho propio.

En 2012, los actuales dirigentes de China reconocieron que el «dividendo demográfico» del país había llegado a su fin: la economía china se acercaba al «punto de inflexión de Lewis», la etapa en que se agotaría el excedente de mano de obra y empezarían a subir los salarios. Al mismo tiempo, el «dividendo de la apertura» también estaba alcanzando su madurez y se encontraba con barreras proteccionistas en todo el mundo.

China aún puede acceder a nuevos mercados mediante iniciativas como la «Iniciativa de la Franja y la Ruta», aunque a un coste considerable. En última instancia, para sostener un crecimiento rápido es necesario seguir ascendiendo en la cadena de valor mundial, mediante nuevas reformas económicas y centrándose en las nuevas tecnologías.

El 13.º Plan Quinquenal del Gobierno chino (2016-2020) reflejaba su compromiso con la asignación de recursos por el mercado y la reducción de los costes de hacer negocios. En 2015, las iniciativas de las autoridades «Hecho en China 2025» e «Internet Plus» señalaron su determinación de llevar la base manufacturera del país a la era de Internet. Ambos planes buscan integrar la inteligencia artificial (IA), la robótica y las redes sociales en los procesos de fabricación, así como digitalizar la economía y la sociedad chinas.

Desde 2015, China ocupa el primer lugar mundial en comercio electrónico, y las compras en línea representan el 18 % del total de las ventas minoristas, frente a apenas el 8 % en Estados Unidos. Las tres principales plataformas tecnológicas de China —Baidu, Alibaba y Tencent— han crecido hasta el punto de empezar a competir con gigantes tecnológicos mundiales con sede en Estados Unidos, como Amazon, Apple, Facebook, Google y Netflix.

Además, según iResearch, los pagos móviles en China ya ascienden a 5,5 billones de dólares, unas 50 veces el monto de Estados Unidos. En la mayoría de las ciudades chinas, las aplicaciones de monedero electrónico en los teléfonos móviles están sustituyendo al efectivo como principal medio de pago.

El salto de China a la era digital fue posible gracias a una combinación de tecnologías físicas y digitales y nuevos modelos de negocio. Según un estudio reciente de Bruegel, China ya destina a investigación y desarrollo, como porcentaje del PIB, más que la Unión Europea; además, ahora produce tantas publicaciones científicas como Estados Unidos y más doctorados en ciencias naturales e ingeniería. Asimismo, al agilizar el intercambio de información y facilitar la coordinación de tareas complejas, la aplicación china de redes sociales WeChat —que contaba con 938 millones de usuarios en el primer trimestre de 2017— ha contribuido a mejoras de productividad antes inimaginables.

Según el Boston Consulting Group, los modelos de negocio de las plataformas chinas de comercio electrónico han evolucionado de manera distinta a los de Occidente, pues han respondido al rápido aumento del poder adquisitivo de los consumidores chinos y a su entusiasmo por la innovación. Animadas por el Gobierno a experimentar con modelos de negocio basados en Internet, las empresas chinas están transformando las prácticas tradicionales. Y esto ocurre tan deprisa que incluso el Gobierno siente ahora la presión de ponerse al día, adoptando nuevas tecnologías como la cadena de bloques y la IA.

Los pagos electrónicos son un factor clave para reducir los costes empresariales y de transacción en China, porque mejoran la eficiencia del sector minorista, donde los precios aún pueden ser más altos que en Estados Unidos incluso cuando los productos se fabrican en China. Sin embargo, la aparición de fraudes y el fracaso de algunas plataformas entre pares (P2P) señalan la necesidad de una regulación más estricta para mantener la estabilidad sistémica.

A medida que se digitalicen más actividades, la integración de China en la cadena de valor mundial tendrá lugar cada vez más en espacios digitales. Los productores chinos pueden utilizar la impresión 3D, la robotización y las aplicaciones de macrodatos e IA a escala local, al tiempo que acceden a los mercados mundiales y obtienen ideas y competencias del extranjero. Ahora existen posibilidades ilimitadas para dividir la producción y el consumo en etapas separadas. Pero esto también implica que los numerosos éxitos de la nueva economía digital irán acompañados de muchos fracasos.

En efecto, en los próximos años los responsables de las políticas chinas tendrán que afrontar diversos «dilemas digitales». Muchos servicios públicos de China —como las aerolíneas, los ferrocarriles, los puertos y las telecomunicaciones— son entidades de producto único administradas por empresas estatales (SOE, por sus siglas en inglés). En cambio, los nuevos gigantes tecnológicos son plataformas omnicanal con múltiples productos que abarcan todos los sectores, incluidos la producción, la distribución, los pagos y, cada vez más, la gestión patrimonial.

Como en una partida de go, los dirigentes chinos deben mover las piezas del país —es decir, cambiar los modelos de negocio de las empresas estatales— en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma coordinada. Las críticas superficiales al lento ritmo de las reformas de las empresas estatales pasan por alto el desafío estratégico de crear una competencia productiva entre estas y los gigantes tecnológicos que cotizan en bolsa en el ámbito digital.

Los directivos de las empresas estatales pueden sostener razonablemente que una regulación estricta los sitúa en desventaja competitiva y que los gigantes tecnológicos les están ganando terreno al aprovecharse gratuitamente de los canales estatales de telecomunicaciones, transporte y finanzas. Por su parte, los gigantes tecnológicos argumentan que, si pudieran avanzar más rápido en los ámbitos ineficientes de producción y distribución, sobre todo en los pagos móviles, se aceleraría el crecimiento de la productividad.

Otro dilema es que la digitalización beneficia a los consumidores, pero puede perjudicar el empleo y la estabilidad social. En una «China digital» necesariamente habrá ganadores y perdedores. Cuanto antes puedan adaptarse los trabajadores desplazados a las nuevas realidades, más saludable será el sistema.

La transformación de China en una economía basada en el conocimiento, que ocupe una posición central en la cadena de valor mundial, acabará generando un «dividendo de la reforma». Pero, por emocionante que sea esta transformación, también será peligrosa. Nunca antes una economía de semejante tamaño había experimentado un cambio tan profundo en tan poco tiempo.

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