Durante los últimos cuatro años, Siria ha sido escenario de un sufrimiento terrible y de una brutalidad atroz. Pero el reciente asalto de combatientes de Daesh (Estado Islámico) al campamento de refugiados palestinos de Yarmouk, en Damasco, ha conmocionado e indignado incluso a los observadores más curtidos.
La toma del campamento deja a 18.000 refugiados en riesgo de ser masacrados, sin acceso a alimentos, agua y servicios esenciales. Las condiciones allí, según Christopher Gunness, portavoz de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, son «inhumanas, sin más». El ataque nos recuerda una vez más que la agonía de Siria solo puede terminar mediante una acción internacional concertada.
Cuando estallaron en 2011 las protestas contra el régimen autoritario del presidente Bashar al-Assad, pocos podían imaginar la catástrofe que sufriría Siria. La guerra se ha cobrado más de 200.000 vidas y ha devastado el tejido social y económico de Siria.
El conflicto ha provocado atrocidades de todos los bandos, incluidas ejecuciones masivas, secuestros, torturas, el uso de armas químicas y el lanzamiento de bombas de barril. Unos 12 millones de personas han huido de sus hogares, y muchas han abandonado el país por completo, imponiendo una pesada carga a países vecinos como Líbano y Jordania. Más de tres millones de niños ya no van a la escuela.
La comunidad internacional no ha podido —y, en cierta medida, no ha querido— detener la guerra ni poner fin al sufrimiento de Siria. El exsecretario general de la ONU Kofi Annan y yo hemos vivido la crisis de primera mano. Ambos intentamos llevar a los combatientes a la mesa de negociaciones y poner fin a las matanzas. Y ambos fracasamos.
Mientras tanto, el mundo tardó demasiado en despertar ante el peligro global que representa Daesh. No bastará la actual campaña de bombardeos para poner fin a las atrocidades del grupo en Siria e Irak. Se necesita urgentemente una solución integral del conflicto. Pero solo será posible si los principales actores regionales —Irán, Jordania, Qatar, Arabia Saudí y Turquía— colaboran con la comunidad internacional para generar la voluntad política necesaria para actuar. Por desgracia, hay pocas señales de que esa cooperación vaya a producirse pronto.
La responsabilidad por nuestro fracaso e inacción colectivos no recae únicamente en los diplomáticos y responsables políticos internacionales; todos la compartimos. Y, sin embargo, demasiadas personas, ante un sufrimiento tan inmenso, se han vuelto insensibles y apáticas. Es fundamental que, por sombría o perturbadora que llegue a ser la situación en Siria, no la ignoremos ni nos limitemos a pasar página.
Esto no es más evidente en ningún otro lugar que en el terrible espectáculo de miles de refugiados sirios hacinados en embarcaciones precarias, que intentan cruzar el mar Mediterráneo. El año pasado, unos 4.000 hombres, mujeres y niños perdieron la vida en esta peligrosa travesía. Pero eso no ha disuadido a miles de personas de arriesgarse a realizar el mismo viaje y poner sus vidas en manos de traficantes de personas y bandas criminales.
Increíblemente, la respuesta de la Unión Europea a las muertes por ahogamiento en el Mediterráneo ha sido recortar el presupuesto de la unidad naval encargada de vigilar los cruces de refugiados y rescatar a los supervivientes de naufragios. Esto no solo va en contra de la moral; también es contraproducente.
El actual énfasis en la seguridad fronteriza ha dado lugar a políticas inadecuadas, descoordinadas y mal diseñadas que obligan a los migrantes a recurrir a vías ilegales y peligrosas. Y, sin embargo, al parecer, los gobiernos nacionales de toda la UE tienen demasiado miedo de la opinión antiinmigrante de sus electorados —o están demasiado sometidos a ella— como para mostrar humanidad hacia los refugiados.
En un conflicto tan encarnizado, prolongado y complejo como la guerra de Siria, es demasiado fácil dejarse abrumar por la desesperación. Incluso algunas cadenas internacionales han comprobado que su cuota de audiencia cae cuando profundizan en el conflicto. A los ciudadanos de a pie les puede resultar difícil mantener la esperanza cuando los gobiernos y las instituciones internacionales no han podido detener la guerra y se niegan a proteger a los refugiados.
El escritor francés de origen argelino Albert Camus escribió: «En un mundo así, de conflictos, víctimas y verdugos, la tarea de las personas que piensan no es ponerse del lado de los verdugos». Con este espíritu, insto a las personas de todo el mundo a presionar a sus gobiernos para que apliquen políticas que protejan y den refugio a los refugiados de la guerra de Siria. Cuidar de quienes han sido desplazados por el conflicto es lo mínimo que podemos hacer. Por el bien del mundo, no debemos olvidar al pueblo sirio.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Lakhdar Brahimi, exministro de Asuntos Exteriores de Argelia y enviado especial de las Naciones Unidas y la Liga Árabe para Siria, es miembro de The Elders, un grupo de líderes mundiales independientes que trabaja por la paz y los derechos humanos.
Imagen: Una mujer refugiada kurda de la ciudad siria de Kobani lava platos en un campamento de refugiados. REUTERS/Umit Bektas.

