¿Cómo puede China abordar su problema de contaminación atmosférica?

¿Cómo puede China abordar su problema de contaminación atmosférica?
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Las más de 100 millones de visualizaciones del documental chino sobre la contaminación atmosférica Under the Dome son impactantes, pero no deberían sorprender en un país donde hablar del esmog es más habitual que hablar del tiempo.

Por supuesto, una vez que sales a la calle, es difícil ignorar la contaminación atmosférica en la mayoría de las ciudades chinas. Mientras que Los Ángeles era famosa en los años 70 por su horizonte marrón, resultado del dióxido de nitrógeno y el esmog fotoquímico, China es ahora conocida por su bruma blanca de finas gotas, que se forma cuando la contaminación por materia particulada y el vapor de agua se combinan y crecen. China no es el único país con un problema de contaminación atmosférica (basta con visitar Nueva Delhi, Ciudad de México, Lagos o Londres), pero es sencillamente imposible ignorarlo cuando el impacto en la visibilidad es tan grande.

Hasta hace relativamente poco, era difícil encontrar datos fiables sobre la contaminación atmosférica en China, pero la situación cambió mucho en 2009, cuando Estados Unidos empezó a medir ciertos contaminantes en su embajada de Pekín y a publicar la información en línea. Poco después, la transparencia aumentó rápidamente y ahora cualquiera, en cualquier lugar, puede consultar la contaminación en tiempo real en toda China contaminación en tiempo real en toda China.

Por supuesto, muchos de estos datos simplemente confirman lo que la mayoría de los residentes ya sabe por experiencia: hay días buenos y días malos (más a menudo malos), pero la disponibilidad de información cuantitativa sí cambia ahora el comportamiento de las personas.

La aceptación nacional de la contaminación atmosférica como un problema grave, mediante su difusión pública y un debate acalorado, seguida de medidas de mitigación y regulación, es una senda muy transitada que prácticamente todas las naciones desarrolladas han recorrido durante periodos de rápida expansión económica. En este sentido, el problema de contaminación que afronta China actualmente no difiere sistémicamente de los periodos de transición que finalmente llevaron a la Ley de Aire Limpio en el Reino Unido o a la introducción de convertidores catalíticos en Estados Unidos.

Un viejo problema a una nueva escala

Las fuentes de contaminación en Pekín son numerosas y variadas, pero tienen mucho en común con ejemplos históricos. Ampliar la oferta energética al menor coste posible siempre ha sido un instrumento para impulsar el crecimiento económico, y el crecimiento de China no ha sido una excepción. El combustible elegido ha sido el carbón, utilizado de manera bastante descontrolada y, hasta hace poco, con escasa regulación.

El aumento de las infraestructuras de transporte también ha caracterizado a las economías en expansión; en el siglo XXI esto significa automóviles particulares, camiones, aeronaves y transporte marítimo. Aunque se han logrado avances moderados en la reducción de las emisiones por automóvil o por aeronave, estos quedan fácilmente anulados si aumentan las cifras absolutas de cada categoría.

Las emisiones agrícolas son una contribución final, aunque a menudo pasada por alto, a la contaminación, y, una vez más, China no es una excepción. Hay que alimentar a grandes poblaciones con ingresos crecientes, lo que impulsa un mayor uso de fertilizantes para aumentar la productividad. En la atmósfera, el amoníaco procedente de actividades agrícolas a menudo remotas contribuye de forma importante a la materia particulada presente en las ciudades.

Hay muy pocos ejemplos históricos de una gran expansión económica sin contaminación atmosférica como consecuencia. A falta de una tecnología energética, un combustible o una fuente de alimentos verdaderamente revolucionarios, las estrategias nacionales deben diseñarse para atravesar lo más rápidamente posible el periodo de contaminación, en el que el bajo coste prima sobre cualquier otra consideración.

Esto puede considerarse análogo a la transición demográfica que también acompaña al desarrollo económico. Puede resultar incómodo aceptarlo, pero es probable que el Reino Unido viviera un periodo de transición de más de 100 años de terrible contaminación atmosférica urbana antes de que el problema se sometiera a algún grado de control. Parece improbable que el Gobierno o la ciudadanía de China acepten una transición ni remotamente tan larga.

No todo es pesimismo

El control de las emisiones de contaminantes atmosféricos de las centrales eléctricas de carbón es eficaz en otros países, así que no hay motivo para que una regulación estricta y su cumplimiento no puedan lograr lo mismo en China. Los fertilizantes y la agricultura han resultado técnicamente y políticamente difíciles de controlar en Europa y Estados Unidos, pero al menos se comprende la ciencia.

También se podría aprender mucho de los errores recientes de otros. Sería decepcionante que se repitiera en China el deficiente rendimiento de los motores diésel modernos observado en ciudades europeas, o incluso en otras megaciudades contaminadas menos cubiertas por los medios de India, África y Sudamérica.

Aunque los datos de medición son escasos e incompletos, es razonable suponer que China ya ha superado su «pico de contaminación» en términos absolutos. El ritmo de implantación de tecnologías más limpias alcanza una escala mayor que cualquier otra iniciativa anterior. La situación mejora, pero queda un largo camino por recorrer.

Invertir en el país en energía más limpia, transporte más limpio y entornos urbanos más limpios tiene un coste, pero también lo tienen la atención sanitaria y la reducción de la productividad que provoca la contaminación atmosférica. Las inversiones en aire más limpio deben considerarse parte del motor del desarrollo económico, no un freno.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el artículo original. Este artículo se publica en colaboración con . La publicación no implica el respaldo del Foro Económico Mundial a las opiniones expresadas.

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Autor: Alastair Lewis fue nombrado profesor de química atmosférica en la Universidad de York en 2006 y actualmente es director de composición atmosférica en el Centro Nacional de Ciencias Atmosféricas del NERC.

Imagen: El sol se ve detrás del humo que sale de la chimenea de una planta de calefacción en Taiyuan. REUTERS/Stringer.

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