¿Cómo puede China avanzar hacia una agricultura sostenible?

¿Cómo puede China avanzar hacia una agricultura sostenible?
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El impulso de China a una agricultura más intensiva ha mantenido bien alimentados a los habitantes de sus ciudades y ha ayudado a sacar de la pobreza a millones de trabajadores rurales. Pero ha tenido un coste. Los ecosistemas de lo que debería ser una de las regiones más fértiles del país ya han sufrido graves daños —algunos, irreparables— y las consecuencias se sentirán en todo el mundo.

Esto forma parte de una disyuntiva de larga data entre el aumento de la producción de alimentos y el deterioro del medio ambiente, que queda de manifiesto en una reciente investigación que llevé a cabo con colegas de China y el Reino Unido. En varios lugares de las provincias de Anhui y Jiangsu, y de Shanghái, en el este de China, los rendimientos de los cultivos y la pesca han aumentado durante los últimos 60 años. Pero, en paralelo, se observan tendencias a largo plazo de empeoramiento de la calidad del aire y el agua, y de menor estabilidad del suelo.

Quizá se pregunte si esto es algo malo. Al fin y al cabo, el aumento de la productividad agrícola ha sido uno de los factores que han permitido sacar de la pobreza a millones de chinos de zonas rurales. ¿De verdad importa que el medio ambiente natural haya sufrido un pequeño golpe?

Pues sí. Para que la agricultura y la acuicultura sean sostenibles de una generación a otra, es necesario mantener estables los procesos naturales que estabilizan los suelos, purifican el agua o almacenan carbono. Estos procesos naturales representan beneficios para la sociedad, conocidos como servicios ecosistémicos.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, estos servicios se fueron perdiendo relativamente despacio, a causa del efecto acumulado de las acciones cotidianas de cada agricultor. Pero los problemas se aceleraron en la década de 1980, cuando los agricultores empezaron a emplear métodos más intensivos, en especial fertilizantes artificiales; y volvieron a acelerarse después de 2004, cuando se introdujeron subvenciones.

Es preocupante que, en algunas localidades, el deterioro paulatino se haya convertido en una espiral descendente acelerada. Algunos ecosistemas acuáticos han superado puntos de inflexión y han pasado a nuevos estados indeseables, en los que lagos antes cristalinos quedan de repente dominados por algas verdes, con pérdidas de peces de alto valor. Estos nuevos estados no solo perjudican la continuidad de una producción elevada de cultivos y peces, sino que también son muy difíciles y costosos de revertir.

Estos procesos naturales están degradados e inestabilizados hasta el punto de que no se puede confiar en que sustenten la agricultura intensiva en un futuro próximo. Toda la región está perdiendo su capacidad para resistir el impacto de fenómenos extremos, desde tifones hasta las fluctuaciones de los precios mundiales de las materias primas.

¿Qué se puede hacer?

La política nacional debe dar prioridad a la agricultura sostenible. Esto supondrá grandes cambios en las explotaciones: los fertilizantes y plaguicidas deben aplicarse en las cantidades correctas y en la época adecuada del año; los purines de ganado y las aguas residuales humanas deben eliminarse correctamente; hay que reducir la cantidad de sustancias químicas que llegan a arroyos y ríos, y controlar los piensos para peces.

Por desgracia, es más fácil decirlo que hacerlo. Los agricultores siguen siendo, por lo general, pobres, tienen poca formación y son de edad avanzada. Faltan buenos consejos agrícolas y las grandes ciudades siguen atrayendo a los agricultores más jóvenes, que abandonan sus campos. Todos estos factores hacen improbable una actuación rápida.

La reciente introducción de la política de reforma de la circulación de tierras permite a los agricultores arrendar sus tierras a grandes empresas agrícolas. La política está concebida para superar las ineficiencias de las pequeñas explotaciones, pero quizá no se adopte ampliamente en los paisajes más marginales, donde los beneficios potenciales son bajos.

Todas las pruebas apuntan a la necesidad de mejorar significativamente el sistema de información y transferencia de tecnología para los pequeños propietarios individuales, probablemente mediante una coordinación más eficiente entre organismos.

Un problema mundial

Pero este problema tiene un contexto de mayor escala que podría afectarnos a todos. La producción de cereales de China se ha quintuplicado desde la década de 1950, superando el ritmo de crecimiento de la población. A pesar de ello, el país ya no es autosuficiente. El giro hacia una mayor producción de carne ha generado una demanda de soja y cereales para piensos que ya no puede satisfacerse internamente. En 2012, China importó más del 60 % de toda la soja disponible para la exportación en el mundo, y las importaciones de cereales también van en aumento.

Depender de las importaciones para cubrir un déficit de producción nacional no es nada nuevo. Pero, en el caso de China, el riesgo adicional de que la agricultura sea cada vez menos sostenible puede intensificar la demanda. Es inevitable que la posible magnitud de la demanda de importaciones tenga repercusiones en la producción y los precios mundiales de los alimentos. A menos que se introduzcan reformas pronto, es muy posible que el resto del mundo descubra que comparte la disyuntiva de China con la naturaleza, a través de la factura de la compra semanal.

Este artículo se publica en colaboración con 
The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: John Dearing es profesor de Geografía Física en la Universidad de Southampton.

Imagen: Una persona trabaja en un campo en China. REUTERS.

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