Es importante situar la crisis actual de refugiados en Europa en perspectiva. Esta no es la primera vez que Europa se enfrenta a un número muy elevado de refugiados; más de un millón de personas huyeron de los Balcanes durante los años noventa y llegaron en cifras significativas a todos los países de la UE. La llegada de un millón de refugiados hoy no abrumará a la UE, la mayor economía del mundo, con una población de más de 500 millones de habitantes. Fuera de Europa, Turquía, Jordania y Líbano afrontan un número de refugiados sirios muy superior al de Europa.
No obstante, la respuesta que está surgiendo en Europa es radicalmente nueva y puede ser irreversible. Esto parece un punto de inflexión.
En primer lugar, los refugiados sirios están votando con los pies, y el resultado es un voto de falta de confianza en el régimen internacional para los refugiados. No pueden ni quieren permanecer en Siria, ni convertirse en víctimas de la inacción de la comunidad internacional. Según todos los testimonios, están agradecidos por la acogida recibida en los países vecinos, pero no ven un futuro a largo plazo allí. Están pagando a traficantes y arriesgando sus vidas para llegar a Europa, sin importar los obstáculos que se les pongan. Han dejado obsoletas las políticas ad hoc, de corto plazo e incoherentes en las que la comunidad internacional se ha apoyado durante demasiado tiempo. Literalmente han escalado los muros de la Fortaleza Europa.
En segundo lugar, los ciudadanos europeos han empezado a llenar el vacío dejado por sus gobiernos, mostrando solidaridad y apoyo a los refugiados, a menudo en contravención directa de la legislación nacional. Por fin, la mayoría silenciosa está encontrando su voz frente a la minoría vociferante de xenófobos en Europa. Y la ciudadanía se está plantando ante sus políticos, que durante demasiado tiempo han utilizado el temor a una reacción negativa de la opinión pública como excusa para no ser proactivos en materia de migración y refugiados.
En tercer lugar, impulsados por Angela Merkel, los Estados europeos están reasentando refugiados. Mientras que Estados Unidos, Canadá y Australia han reasentado, entre los tres, cientos de miles de refugiados cada año durante las últimas décadas, Europa prácticamente no ha reasentado ninguno. El reasentamiento no es una panacea: es selectivo, no puede producirse a una escala lo bastante significativa como para satisfacer la demanda y no detendrá la llegada de migrantes y refugiados sin autorización. Pero es una parte fundamental de una respuesta integral para los refugiados. Y, como la señora Merkel comprende plenamente, no es solo una respuesta humanitaria, sino también una forma de cubrir las brechas demográficas y garantizar la prosperidad económica en el futuro.
Los puntos de inflexión son arriesgados. Los gobiernos europeos podrían esperar a que la situación pase: la historia demuestra que la demanda de asilo sube y baja, y existen buenas probabilidades de que no hagamos nada y las cifras hayan disminuido para el próximo año. El respaldo popular podría desinflarse una vez que se hagan evidentes las realidades de los desafíos de la integración. Las cuotas de reasentamiento, bastante lamentables, que anuncia actualmente un puñado de Estados de la UE podrían significar que Alemania tendrá que actuar en solitario.
Pero esperemos que este punto de inflexión sea real. De esta crisis surge una oportunidad para revisar y reformar el régimen internacional para los refugiados; para promover un debate objetivo sobre migración y asilo; y para cumplir el legado histórico de tolerancia de Europa. En mi opinión, también debería ser la oportunidad de proponer a la señora Merkel para el Premio Nobel de la Paz.
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Autor: Khalid Koser es director ejecutivo de Global Community Engagement and Resilience Fund (GCERF), Suiza. Miembro del Foro Económico Mundial Consejo de la Agenda Global sobre Migración
Imagen: Refugiados y migrantes llegan en una lancha neumática a una playa llena de chalecos salvavidas, lanchas neumáticas desinfladas y tubos salvavidas abandonados, en la isla griega de Lesbos, 10 de septiembre de 2015. REUTERS/Dimitris Michalakis


