La UE se enfrenta a grandes desafíos que han dado lugar a sombrías predicciones sobre su futuro. Probablemente, el fin del proyecto europeo aún no sea inminente. Sin embargo, las manifestaciones de descontento en tantos Estados miembros de la UE hacen de este un momento oportuno para que los responsables de formular políticas analicen las razones del Brexit y el auge de los movimientos populistas contrarios a la UE. Solo si comprende los factores que impulsan este descontento, la UE podrá resolver sus problemas y mantener su autoridad como actor global.
Estancamiento económico
Pierre Moscovici, comisario de Asuntos Económicos y Financieros, Fiscalidad y Aduanas de la Comisión Europea, en Bruselas, atribuye este descontento a «un crecimiento demasiado débil, un desempleo demasiado alto y demasiada deuda». Las políticas industriales y comerciales no han logrado atender las necesidades de la ciudadanía ni protegerla dentro de sus propias fronteras.
Joseph E. Stiglitz, profesor de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos (SIPA) de la Universidad de Columbia, EE. UU., coincide en que la eurozona ha experimentado un estancamiento económico desde la crisis financiera de 2008, pero señala que la globalización y la tecnología han contribuido a las dificultades económicas de Europa. Para Stiglitz, la debilidad del euro es una parte importante del problema. Una moneda única no ofrece suficiente flexibilidad para que los países más débiles (como Grecia) se ajusten, y conduce a la recesión. La ciudadanía de los países más pobres ha visto debilitarse las protecciones sociales debido a las restricciones presupuestarias. Según dijo, las dificultades económicas probablemente subyacen al sentimiento antiinmigrante y a la resistencia a acoger refugiados, aunque 1,5 millones de refugiados sirios apenas supondrán una diferencia en una población de la UE de 500 millones.
Expectativas traicionadas
Se percibe a la Comisión Europea como un bastión de élites que actúan sin rendir cuentas suficientemente a las personas a las que sirven. Cuando los países se incorporaron a la UE, cedieron parte de su soberanía económica, aunque quizá no se dieran cuenta en ese momento. Se hicieron promesas que no pudieron cumplirse, lo que generó indignación contra los burócratas de Bruselas. La divergencia económica entre los países, agravada por la crisis migratoria y la amenaza terrorista, no ha hecho más que alimentar esta sensación de descontento y traición.
Más Europa, no menos
La solución a estos problemas es más Europa, no menos. La UE debería aumentar las inversiones para mejorar la competitividad económica y crear más puestos de trabajo, de acuerdo con el Plan Juncker. Esto puede hacerse distribuyendo los fondos de que dispone la UE, por ejemplo, a través del Mecanismo Europeo de Estabilidad. Podría plantearse un nuevo enfoque comercial que se aleje del discurso tradicional del libre comercio y preste más atención a los derechos ambientales y sociales. La UE puede mejorar la gestión de las fronteras y de los refugiados. Puede invertir menos en prestaciones sociales y más en sistemas educativos para reducir las carencias de competencias.
La UE desempeña una función importante en la escena mundial, especialmente ante el auge de China, Rusia y Turquía. Pese a las opiniones expresadas por la nueva administración estadounidense sobre el futuro de la UE y la OTAN, la UE y EE. UU. son socios valiosos que han actuado juntos como baluarte de la democracia en el mundo.
Una mayor intervención de la UE para mejorar las condiciones económicas y sociales es una solución prometedora. Sin embargo, solo tendrá éxito si los gobiernos nacionales respaldan esta política y actúan en solidaridad con Bruselas. Asimismo, la Comisión Europea podría considerar replantear el discurso sobre por qué los países deberían ser miembros de la UE. En lugar de amenazar con castigar a los países que se marchen, quizá deberían empezar a transmitir un mensaje positivo sobre el valor de pertenecer a la Unión.

