Cuidar a las personas enfermas siempre ha implicado un riesgo personal. Desde la peste hasta la tuberculosis, la viruela y el SARS, los trabajadores de la salud se han puesto en peligro al cumplir con su deber de atender a los demás. Muchos han perdido la vida precisamente por hacerlo.
El actual brote de ébola está cobrando un alto precio entre los trabajadores de la salud: hasta ahora, 443 están infectados y 244 han muerto. En África Occidental, las condiciones en los centros de tratamiento son duras, y se exige a todo el personal que primero siga protocolos estrictos para usar el EPP (equipo de protección personal) y después atienda a los pacientes.
En Europa y Estados Unidos, 18 pacientes han recibido o están recibiendo tratamiento contra el ébola. Pese a las garantías de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos sobre la capacidad de los sistemas de salud con abundantes recursos para hacer frente al ébola, una enfermera española y dos estadounidenses contrajeron el ébola mientras atendían a pacientes. Un médico que trabajó en Guinea para Médicos Sin Fronteras y que recientemente regresó a Nueva York dio positivo en la prueba del ébola, y está recibiendo tratamiento allí.
Las autoridades dicen que están bien preparadas, pero la situación mundial plantea preguntas difíciles: ¿cuánto riesgo se puede pedir razonablemente a los trabajadores de la salud que asuman en su labor de atender a pacientes enfermos, algunos de los cuales representan un grave peligro para su salud y su vida? ¿Se les debería exigir que arriesguen la vida por los pacientes con ébola? ¿Quién decide cuánto riesgo es demasiado?
Gestión del riesgo
Los profesionales de la salud de todo el mundo están sujetos a códigos de ética profesional, que afirman la obligación de atender a los pacientes incluso cuando ello entraña riesgos para ellos mismos.
Para los trabajadores de la salud de países en desarrollo que tratan el VIH, gestionar el riesgo y el deber de cuidar ha implicado elaborar protocolos y equipos para procedimientos arriesgados, como las extracciones de sangre. En África Occidental, donde los sistemas de salud cuentan con pocos recursos, tienen falta de personal y están desbordados por la llegada de pacientes expuestos al virus y enfermos, los expertos sostienen que la falta de protección para los trabajadores de la salud debilita la obligación profesional de cuidar.
Dado que los sistemas de salud de África Occidental están desbordados y carecen del equipo necesario tanto para atender a los miles de pacientes con ébola como para proteger a los trabajadores de la salud sobrecargados, está claro que estos profesionales están haciendo mucho más de lo que exige su deber. Pero ¿qué ocurre con los trabajadores de la salud de países con abundantes recursos, como Estados Unidos, el Reino Unido y Australia?
En los países con abundantes recursos, los hospitales disponen de suficiente personal, equipos modernos, medicamentos e instalaciones. Los trabajadores de la salud cuentan con el equipo y la capacitación necesarios para realizar procedimientos invasivos, como la diálisis y la intubación (que se realizaron en Dallas). Sin embargo, estos procedimientos invasivos ponen a los trabajadores en una situación de riesgo muy alto. En cambio, en África Occidental, atender a los pacientes con ébola consiste principalmente en mantenerlos hidratados, ofrecerles algunos medicamentos y vigilarlos.
La disponibilidad de procedimientos invasivos de alta tecnología implica mucho más contacto, y más peligroso, con pacientes sumamente infecciosos. Esto está llevando a las autoridades hospitalarias de los países occidentales a reconsiderar los procedimientos invasivos para los pacientes con ébola.
Aunque esto contradice las políticas hospitalarias habituales y parece entrar en conflicto con el deber de cuidar, se defiende la necesidad de estas propuestas para proteger al personal. Un especialista en bioética propone una política de no reanimar, ni practicar RCP, a los pacientes con ébola, independientemente de sus deseos. Como estos pacientes se encuentran en el momento de mayor contagiosidad y la exposición de los trabajadores a los fluidos corporales es inevitable, quizá no sea posible hacerlo sin poner en peligro al equipo médico.
Otro desafío para la atención de pacientes con ébola en hospitales occidentales es cómo gestionar el riesgo para los trabajadores de la salud con mayor exposición y vulnerabilidad, en particular el personal de enfermería y quienes limpian y eliminan materiales infectados. Por lo general, estos trabajadores tienen menos representación en los debates sobre protocolos y reciben menos capacitación, aunque son ellos —especialmente el personal de enfermería— quienes están en contacto más cercano y frecuente con los pacientes. Los sindicatos de enfermería han protestado por la forma en que se gestionó el tratamiento del paciente con ébola de Dallas, que provocó el contagio de dos enfermeras.
Equilibrar el deber y la seguridad
Los especialistas en ética de la salud pública reconocen la necesidad de hallar un equilibrio entre el deber de cuidar y el trato justo a los trabajadores de la salud. Dos valores que ayudarán a orientar los debates son la reciprocidad y la transparencia.
La reciprocidad exige que, a cambio de asumir trabajos heroicos y riesgos graves, reconozcamos, valoremos y, sobre todo, protejamos y compensemos a los trabajadores de la salud por la importante función que desempeñan al cuidar a los enfermos. Por ejemplo, pagar a los trabajadores puestos en cuarentena tras una exposición y proporcionar recursos como alimentos, atención médica y medios de comunicación respetará tanto las necesidades de salud pública como las de cada persona.
La transparencia exige que los procesos mediante los cuales se toman y difunden las decisiones sobre las políticas hospitalarias (por ejemplo, qué se considera un estándar de atención seguro desde la perspectiva de los trabajadores de la salud) sean públicos y abiertos. Todas las partes interesadas deberían tener voz en el proceso, desde el personal encargado de eliminar residuos hasta el de enfermería y los conductores de ambulancias. El Sindicato Nacional de Enfermeras de Estados Unidos ha pedido capacitación práctica para el personal de enfermería de todo el país, y España ha respondido a peticiones similares de más capacitación también.
Un valor que, por desgracia, ha quedado relegado es la privacidad. El nombre del médico con ébola en Nueva York se ha publicado en todos los principales medios de comunicación, al igual que los de otros trabajadores de la salud, incluidos los que dieron negativo en las pruebas. Los efectos que la enfermedad tiene en los trabajadores de la salud con ébola y sus familias, así como el posible estigma de sus comunidades, son cuestiones que los hospitales y los gobiernos deben abordar. Hacer que los trabajadores de la salud infectados o expuestos paguen un precio social tan alto, además del extraordinario trabajo que realizan, es profundamente injusto.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autora: Catherine Womack es profesora de Filosofía, especializada en Ética de la Salud Pública y Estudios Alimentarios en Bridgewater State University.
Imagen: Un integrante de un equipo de entierro rocía a un compañero con desinfectante de cloro en Monrovia. REUTERS/James Giahyue

