Es de destacar que China centra su atención en el desarrollo sostenible en un momento en que su producción per cápita apenas supera un tercio del nivel de las llamadas economías avanzadas. Un país relativamente pobre ha tomado la decisión consciente de desplazar su atención de la cantidad del crecimiento económico a su calidad.
En el momento actual del cambio climático, es fácil perder de vista señales importantes de progreso. China, el principal emisor de gases de efecto invernadero, es un caso ilustrativo. Al cambiar su modelo económico, diversificar sus fuentes de combustible, desarrollar nuevos sistemas de transporte y apostar por una urbanización respetuosa con el medio ambiente, la estrategia de sostenibilidad de China constituye un ejemplo de liderazgo mundial que el resto del mundo debería considerar con mucho cuidado. En la carrera por demonizar a China en el ámbito comercial, Occidente ha pasado por alto por completo este punto.
En los últimos 12 años, la estructura económica de China ha cambiado de forma notable, pasando de una excesiva dependencia de las industrias manufactureras contaminantes a los servicios de bajo carbono. Ya en 2006, el llamado sector secundario del PIB –en su mayor parte manufactura, aunque también incluye la construcción y la producción de servicios públicos– representaba el 48% del PIB chino, mientras que el sector terciario, o de servicios, solo representaba el 42% del PIB. Para 2018, las proporciones se habían invertido: el 41% del PIB correspondía al sector secundario y el 52% a los servicios. En economías grandes, cambios estructurales de esta magnitud en un período tan corto son prácticamente sin precedentes.
Este cambio no fue fruto de la casualidad. En marzo de 2007, el ex primer ministro Wen Jiabao advirtió con insistencia sobre una economía china que se volvía cada vez más “inestable, desequilibrada, descoordinada y insostenible.” Esto dio lugar a un intenso debate sobre los riesgos para la sostenibilidad, que tuvo un gran impacto en los planes quinquenales y las reformas más recientes de China. Los dirigentes llegaron a la conclusión de que la economía china ya no podía permitirse seguir por el rumbo intensivo en energía y contaminación que había marcado la estrategia de crecimiento acelerado de Deng Xiaoping a comienzos de los años ochenta.
En consonancia con esta profunda transformación estructural, China ha impulsado con determinación el cambio en la combinación de su consumo de combustibles y se ha alejado del carbón, muy contaminante, en favor del petróleo, el gas natural, la hidroenergía y las energías renovables. Aunque el carbón aún representaba el 58% del consumo total de energía primaria de China en 2018 –más de tres veces el 18% del resto del mundo–, esa cifra ha caído notablemente desde el 74% de 2006, el año anterior a que los “cuatro no” de Wen llamaran seriamente la atención sobre la sostenibilidad.
Cabe destacar que China lidera el mundo en la adopción de energías renovables no basadas en el carbono, como la eólica, la solar y la geotérmica y la biomasa. En 2018, el consumo de energías renovables de China fue un 38% superior al de Estados Unidos y triplicó el de Alemania. Si bien las energías renovables aún representan solo el 4% del consumo total de energía primaria de China, han crecido un 25% anualmente en los últimos cinco años (incluido un crecimiento del 29% en 2018). Si China mantiene esta trayectoria, las energías renovables podrían alcanzar el 20% del consumo energético total del país en 2025, un avance importante en el camino hacia una economía más limpia y menos intensiva en carbono.
El cambio acelerado del modelo de transporte de China es el tercer componente clave de su estrategia de sostenibilidad. China cuenta con la red ferroviaria de alta velocidad más extensa del mundo, el sistema de metro de crecimiento más rápido y lidera todos los esfuerzos por impulsar los vehículos eléctricos. Según las estimaciones del Banco Mundial, se espera que China supere los 30.000 kilómetros (18.641 millas) de línea de alta velocidad en funcionamiento para el próximo año, frente a más de 25.000 kilómetros en 2017, y que siga ampliándola considerablemente en los años venideros. Esta forma de conectividad ferroviaria de larga distancia, eficiente desde el punto de vista energético, contrasta marcadamente con la red de autopistas interestatales de Estados Unidos, intensiva en carbono, creada para vehículos de motor en las décadas de 1950 y 1960.
Por último, el entorno urbano –evidentemente fundamental para cualquier desafío de sostenibilidad– es especialmente importante en China, donde la rápida urbanización aún tiene unas tres décadas por delante, y es probable que la proporción de población urbana pase de casi el 60% actual a el 80% en 2050. Sí, como en otros países, las carreteras de las principales ciudades chinas sufren una congestión grave. Pero China está haciendo algo al respecto y cuenta con siete de las 12 más extensas redes de metro. Además, el mercado de vehículos eléctricos (VE) de China supera con creces al de otros países, con ventas de más de 500.000 VE en 2017, frente a algo menos de 200.000 en Estados Unidos y Europa. Y la ventaja de China en vehículos eléctricos se prevé que se amplíe considerablemente durante la próxima década.
China también destaca por su enfoque en un nuevo modelo urbano de ecociudades, con materiales de construcción de bajo consumo energético, transporte público ligero y zonas urbanas de “espacio verde” bien planificadas. La Nueva Área de Xiong’an, planificada como “centro subsidiario” al sur de Pekín, es especialmente destacable en este sentido, al igual que la ya existente ecociudad Sino-Singapur de Tianjin y el plan anunciado recientemente por Hainan para pasar a vehículos de energía limpia en su totalidad. Según una estimación reciente, China tiene actualmente planes para construir más de 250 ecociudades. Como país que se urbanizó más tarde, China tiene la oportunidad de apoyarse en nuevos modelos de planificación urbana y de eficiencia energética que no estaban disponibles para los pioneros del mundo industrializado.
¿Es todo esto suficiente para marcar la diferencia para China y para el planeta? La buena noticia es que la participación de China en las emisiones mundiales se ha estabilizado, aunque en un nivel elevado. La participación de China en las emisiones mundiales de dióxido de carbono se duplicó del 14% en 2001 al 28% en 2011, pero no ha aumentado desde entonces. Si bien las emisiones de CO2 de China aumentaron un 2,2% en 2018, esa cifra fue inferior a la de Estados Unidos (2,6%), Rusia (4,2%) e India (7,0%), y quedó muy lejos de las reducciones absolutas del 1,6% y el 2% registradas en Europa y Japón, respectivamente.
Lamentablemente, la buena noticia en China probablemente no es suficiente para un planeta que muchos consideran ya en crisis. Una cosa es frenar la tendencia y estabilizar la cuota de emisiones. Es un asunto completamente distinto lograr la reducción del 20% en el nivel de emisiones estipulado originalmente en el Acuerdo de París sobre el clima de 2015. No obstante, al desplazarse de la manufactura intensiva en carbono hacia los servicios de bajo consumo energético y apostar por los VE, el tren de alta velocidad y la urbanización respetuosa con el medio ambiente, y es probable que mantenga el rumbo en todas estas tendencias, China está fijando un listón elevado para el resto del mundo.
Si bien la guerra comercial es importante, China está ganando la batalla, mucho más importante, por la sostenibilidad. Cabe destacar que China centra su atención en esta batalla en un momento en que su producción per cápita apenas supera un tercio del nivel de las llamadas economías avanzadas. Un país relativamente pobre ha tomado la decisión consciente de desplazar su atención de la cantidad a la calidad del crecimiento.
¿Y qué hay del resto de nosotros?

