En los últimos 30 años, la apertura y las reformas de China han impulsado su crecimiento, situando a la economía como la mayor del mundo en términos de paridad del poder adquisitivo. En muchos aspectos, China es una potencia mundial. En términos económicos, China y el mundo están profundamente interconectados. Sin embargo, en medio de las tensiones comerciales y el auge del proteccionismo en numerosos países, parece que nos encontramos en un punto de inflexión. ¿Veremos una nueva «apertura de China al mundo exterior» o hemos alcanzado el punto máximo de integración entre China y el mundo?
Es difícil anticipar lo que vendrá después, pero se observan cambios en la dinámica de la relación entre China y el resto del mundo. Una investigación del McKinsey Global Institute concluye que la exposición de China al mundo en comercio, tecnología y capital ha disminuido en términos relativos. Esto refleja el reequilibrio de la economía hacia el consumo interno y la profundización de las cadenas de suministro nacionales. En 11 de los 16 trimestres transcurridos desde 2015, el consumo contribuyó con más del 60 por ciento del crecimiento total del PIB de China. También refleja el hecho de que la economía china aún no está tan abierta al mundo como otras. Pese a la reducción desde la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio, sus aranceles siguen siendo considerablemente superiores, de media, a los de Estados Unidos y la Unión Europea. En los servicios, las barreras medidas por el Índice de Restrictividad Regulatoria de la IED de la OCDE han disminuido, pero siguen siendo superiores a la media de la OCDE.
Por el contrario, la exposición del mundo a China ha aumentado, lo que refleja la creciente importancia de China como mercado, proveedor y fuente de capital. China representa el 35 por ciento de la producción manufacturera mundial y más del 20 por ciento del consumo mundial en 17 de las 20 categorías manufactureras. China es el mayor mercado del mundo en muchas categorías, como automóviles, artículos de lujo y teléfonos móviles, con un 30 por ciento (o más) del consumo mundial.
El hecho de que la exposición relativa de China disminuya mientras que la del resto del mundo aumenta indica un cambio en la relación. Además, en todas las partes existen importantes decisiones económicas y estratégicas por tomar: ¿más o menos compromiso? En función de estas decisiones, se podría ganar o perder una cantidad considerable de valor. Simulamos el valor en juego en cinco ámbitos: 1) el crecimiento como destino de importaciones; 2) la liberalización de los servicios; 3) la globalización de los mercados financieros; 4) la colaboración en bienes públicos mundiales; y 5) los flujos de tecnología e innovación.
Un mayor o menor grado de compromiso entre China y el resto del mundo podría generar un valor económico para el mundo de entre 22 y 37 billones de dólares de aquí a 2040, equivalente al 15 a 26 por ciento del PIB.
Un menor compromiso podría traducirse en aranceles más altos, un comercio y unos flujos tecnológicos más limitados y la persistencia de brechas en la respuesta a los principales desafíos mundiales. Un mayor compromiso podría llevar a China a importar más del resto del mundo, a unos flujos tecnológicos bidireccionales más intensos y a un sector de servicios chino más competitivo; en ese caso, sería más probable alcanzar soluciones a los problemas globales.
Aunque el crecimiento de China se impulsa cada vez más con el consumo interno, y las empresas chinas están aumentando su escala e innovación, aún existe un margen considerable para una mayor integración global. China representa el 11 por ciento del comercio mundial de bienes, pero solo el 6 por ciento del comercio de servicios. Sus mercados bancario, bursátil y de bonos se encuentran entre los tres primeros del mundo por tamaño, pero los actores internacionales tienen una presencia limitada, con una propiedad extranjera inferior al 6 por ciento. Aunque China cuenta con 110 empresas en la lista Global Fortune 500, menos del 20 por ciento de sus ingresos procede del extranjero, frente al 44 por ciento de las empresas del S&P 500. China ocupa el segundo puesto mundial en gasto en I+D, pero aún importa seis veces más propiedad intelectual de la que exporta.

China y el mundo están hoy muy integrados y dependen el uno del otro en muchos aspectos. La tecnología, posiblemente el eje del cambio en la relación, es un buen ejemplo. Actualmente, los productores nacionales chinos proporcionan hasta el 80 por ciento de las tecnologías estudiadas, pero China sigue utilizando insumos de multinacionales extranjeras para el resto. Por ejemplo, China depende de componentes críticos como los reductores en robótica y la electrónica de potencia para vehículos eléctricos. Al mismo tiempo, China se ha convertido en una innovadora destacada, y el resto del mundo necesita la tecnología china: el 5G, la inteligencia artificial y la computación cuántica son tres ejemplos en los que China marca el ritmo.
El sector de consumo chino lleva mucho tiempo abierto al mundo, más en bienes que en servicios. La penetración de las multinacionales extranjeras en los mercados de consumo chinos es del 40 por ciento, frente al 26 por ciento en el mercado estadounidense. La competencia entre los actores extranjeros y nacionales se intensifica a medida que las empresas chinas de consumo amplían su escala y mejoran su calidad. Las multinacionales extranjeras han perdido cuota de mercado en 11 de las 30 categorías estudiadas. Pero aún hay muchas oportunidades sobre la mesa. Los ingresos están aumentando, los consumidores chinos buscan productos de mayor gama y exigen cada vez más variedad y mayor calidad. Tanto los actores extranjeros como los nacionales pueden aprovechar estas tendencias.
Las acciones y reacciones en China y más allá determinarán qué valor se gana o se pierde. Reformar el sistema comercial mundial para hacerlo más eficaz en la resolución de disputas y más inclusivo, de modo que los beneficios de cualquier nueva apertura de la economía china y de los mayores flujos entre países puedan captarse y compartirse ampliamente, es una tarea colectiva. Lo mismo ocurre con la lucha contra el cambio climático y la reducción de las brechas en infraestructuras mundiales.
La continua integración de China y el mundo puede beneficiar a ambos, pero solo si los dos redoblan sus esfuerzos para fomentar una mayor colaboración económica en lugar de menor.

