¿Puede Europa sobrevivir a sus crisis?

¿Puede Europa sobrevivir a sus crisis?
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Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

Estoy de gira por Europa durante dos semanas, en un momento que podría llevar a cualquiera a ser muy pesimista o a un optimismo constructivo sobre las perspectivas de Europa.

Primero, las malas noticias: París está sombría, por no decir deprimida, tras los terribles atentados terroristas de principios de este mes. El crecimiento económico de Francia sigue siendo anémico, los desempleados y muchos musulmanes están desafectos, y es probable que el Frente Nacional, de extrema derecha, de Marine Le Pen obtenga buenos resultados en las próximas elecciones regionales. En Bruselas, semidesierta y bajo medidas de cierre por el riesgo de atentados terroristas, las instituciones de la Unión Europea todavía no han diseñado una estrategia unificada para gestionar la llegada de migrantes y refugiados, y mucho menos para abordar la inestabilidad y la violencia en el entorno inmediato de la UE.

Fuera de la eurozona, en Londres, existe preocupación por los posibles efectos negativos de contagio financiero y económico de la unión monetaria. Y la crisis migratoria y los recientes atentados terroristas significan que un referéndum sobre la permanencia en la UE, que probablemente se celebre el próximo año, podría llevar al Reino Unido a retirarse. Esto probablemente iría seguido de la disgregación del propio Reino Unido, ya que el «Brexit» llevaría a los escoceses a declarar la independencia.

Mientras tanto, en Berlín, el liderazgo de la canciller alemana, Angela Merkel, está sometido a una presión creciente. Su decisión de mantener a Grecia en la eurozona, su elección valiente pero impopular de acoger a un millón de refugiados, el escándalo de Volkswagen y el debilitamiento del crecimiento económico (debido a la desaceleración de China y de los mercados emergentes) la han expuesto a críticas incluso de su propio partido.

Frankfurt es una ciudad dividida en materia de políticas: el Bundesbank se opone a la flexibilización cuantitativa y a los tipos de interés negativos, mientras que el Banco Central Europeo está dispuesto a hacer más. Pero los ahorradores austeros de Alemania (hogares, bancos y compañías de seguros) están furiosos con las políticas del BCE que los gravan, junto con otros países del núcleo de la eurozona, para subvencionar a los supuestos derrochadores y deudores imprudentes de la periferia de la eurozona.

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En este contexto, la unión económica, bancaria, fiscal y política plena que una unión monetaria estable requiere a la larga no es viable: el núcleo de la eurozona se opone a compartir más riesgos, a la solidaridad y a una integración más rápida. Y los partidos populistas de derecha e izquierda, antieuropeos, antieuro, antimigrantes, antiliberalización comercial y antimercado, se están fortaleciendo en toda Europa.

Pero de todos los problemas a los que se enfrenta Europa, es la crisis migratoria la que podría llegar a ser existencial. En Oriente Medio, el norte de África y la región que se extiende desde el Sahel hasta el Cuerno de África hay unos 20 millones de desplazados; las guerras civiles, la violencia generalizada y los Estados fallidos se están convirtiendo en la norma. Si Europa tiene dificultades para absorber a un millón de refugiados, ¿cómo podrá gestionar a la larga a 20 millones? A menos que Europa pueda defender sus fronteras exteriores, el acuerdo de Schengen se derrumbará y se restablecerán las fronteras interiores, lo que pondrá fin a la libre circulación, un principio clave de la integración europea, en la mayor parte de la UE. Pero la solución que proponen algunos, cerrar las puertas a los refugiados, solo agravaría el problema al desestabilizar países como Turquía, Líbano y Jordania, que ya han acogido a millones. Y pagar a Turquía y a otros para que retengan a los refugiados sería a la vez costoso e insostenible.

Y los problemas del Gran Oriente Medio (incluidos Afganistán y Pakistán) y de África no pueden resolverse solo con medios militares y diplomáticos. Los factores económicos que impulsan estos conflictos (y otros) se agravarán: el cambio climático mundial está acelerando la desertificación y agotando los recursos hídricos, con efectos desastrosos sobre la agricultura y otras actividades económicas, que a su vez desencadenan violencia a través de fracturas étnicas, religiosas, sociales y de otro tipo. Solo un desembolso masivo de recursos financieros al estilo del Plan Marshall, especialmente para reconstruir Oriente Medio, garantizará la estabilidad a largo plazo. ¿Estará Europa en condiciones y dispuesta a pagar su parte?

Si no se encuentran soluciones económicas, los conflictos de estas regiones acabarán desestabilizando Europa, a medida que millones de personas más, desesperadas y sin esperanza, terminen radicalizándose y culpen a Occidente de su miseria. Incluso con un muro improbable alrededor de Europa, muchos encontrarían la manera de entrar, y algunos aterrorizarían a Europa durante décadas. Por eso algunos comentaristas, avivando las tensiones, hablan de bárbaros a las puertas y comparan la situación de Europa con el comienzo del fin del Imperio romano.

Pero Europa no está condenada al colapso. Las crisis a las que se enfrenta actualmente podrían dar lugar a una mayor solidaridad, a un mayor reparto de riesgos y a una integración institucional más profunda. Alemania podría acoger a más refugiados (aunque no al ritmo de un millón al año). Francia y Alemania podrían proporcionar y financiar una intervención militar contra el Estado Islámico. Toda Europa y el resto del mundo (Estados Unidos y los ricos Estados del Golfo, por ejemplo) podrían aportar grandes cantidades de dinero para apoyar a los refugiados y, a la larga, fondos para reconstruir Estados fallidos y ofrecer oportunidades económicas a cientos de millones de musulmanes y africanos.

Esto resultaría fiscalmente costoso para Europa y el mundo, y los objetivos fiscales actuales tendrían que flexibilizarse adecuadamente en la eurozona y a escala global. Pero la alternativa es el caos mundial o, como el papa Francisco ha advertido, el inicio de la Tercera Guerra Mundial.

Y hay luz al final del túnel para la eurozona. Se está produciendo una recuperación cíclica, respaldada por la flexibilización monetaria durante años y por normas fiscales cada vez más flexibles. Se empezará a compartir riesgos en el sector bancario (con el seguro de depósitos a escala de la UE como siguiente paso) y, a la larga, se adoptarán propuestas más ambiciosas para una unión fiscal. Las reformas estructurales, por lenta que sea su aplicación, continuarán y aumentarán gradualmente el crecimiento potencial y real.

La pauta en Europa ha sido que las crisis conducen, por lenta que sea la marcha, a una mayor integración y un mayor reparto de riesgos. Hoy, con los riesgos para la supervivencia tanto de la eurozona (empezando por Grecia) como de la propia UE (empezando por el Brexit), se necesitarán líderes europeos con visión para sostener la tendencia hacia una unificación más profunda. En un mundo con grandes potencias existentes y emergentes (Estados Unidos, China e India) y potencias revisionistas más débiles (como Rusia e Irán), una Europa dividida es un enano geopolítico.

Afortunadamente, los líderes con visión en Berlín (y hay más de unos pocos, a pesar de lo que se percibe) saben que el futuro de Alemania depende de una Europa fuerte y más integrada. Ellos, junto con líderes europeos más sensatos de otros países, entienden que esto requerirá las formas adecuadas de solidaridad, incluida una política exterior unificada que pueda abordar los problemas del entorno de Europa.

La publicación no implica el respaldo de las opiniones por parte del Foro Económico Mundial.

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Autor: Nouriel Roubini, profesor de la Escuela de Negocios Stern de la NYU y presidente de Roubini Global Economics, fue economista sénior para Asuntos Internacionales en el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante la Administración Clinton.

Imagen: Chalecos salvavidas usados por migrantes, abandonados sobre dos restos flotantes en el puerto siciliano de Pozzallo. REUTERS Alessandro Bianchi.

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