Tengo una confesión que hacer.
Tras tres días en Estambul para participar en el Foro Económico Mundial sobre Oriente Medio, el Norte de África y Eurasia, me he vuelto enfermiza y obsesivamente celoso de la revolución tunecina.
Quizá sea simplemente esa naturaleza humana de que «la hierba siempre es más verde al otro lado». Pero no logro quitarme la sensación de que mis hermanos árabes del oeste están gestionando su transición posrevolucionaria unas 1000 veces mejor que nosotros en Egipto.
El punto de inflexión final en mi descenso hacia una auténtica y crónica «envidia de Túnez» fue conocer y participar en un panel con Rafik Ben Abdessalem, ministro de Asuntos Exteriores de Túnez. Es impresionante, elocuente y apasionado. Y es JOVEN: 43 años y sin experiencia previa en el Gobierno. Antes de aceptar el cargo de ministro de Exteriores, trabajaba como investigador sénior en el Jazeera Center for Studies, un centro de estudios qatarí.
En resumen: el equivalente egipcio de Abdessalem sigue sin estar más cerca del poder real que hace dos años. La actual elección presidencial ha resultado un triunfo para las dos viejas maquinarias del país: los Hermanos Musulmanes y los retrógrados vestigios del régimen militar y de seguridad de Hosni Mubarak.
Los representantes de cada bloque de poder se enfrentarán en la segunda vuelta del 16 y 17 de junio, unas elecciones que es imposible que entusiasmen. Gane quien gane, podemos asumir sin riesgo que el próximo gabinete de Egipto estará compuesto por otro grupo de sesentones y setentones que tuvieron relativamente poco que ver con la revolución y que sencillamente no son las personas adecuadas para emprender las profundas reconstrucciones que el país merece. Alguien como Abdessalem probablemente sería considerado demasiado inexperto para ser ministro de Juventud y Deportes (ese puesto irá a un hombre de 55 años), y mucho menos ministro de Exteriores y rostro público de la nación.
En mi libro sobre la revolución egipcia, detallé hasta qué punto la revolución de Túnez condujo directamente al levantamiento egipcio dos semanas después. Pero fue tanto una inspiración negativa como positiva. Los egipcios siempre se han considerado el ancla cultural y política de Oriente Medio, y a prácticamente todos los demás, nuestros hermanos árabes pequeños. Construimos las Grandes Pirámides, por el amor de Dios.
Ver a los tunecinos (¡los tunecinos, de todos los pueblos!) lograr lo que los egipcios no pudieron encendió una especie de orgullo competitivo egipcio, como si la liberación de la tiranía fuera un partido de la Copa Africana. Como me dijo un joven manifestante el 25 de enero de 2011 en medio de los enfrentamientos entre manifestantes y policía antidisturbios: «Los tunecinos se han vuelto mejores que nosotros. Son hombres de verdad».
Ahora vuelve a suceder. Obviamente, las cosas tampoco son perfectas en la Túnez posrevolucionaria, pero da la impresión de que están mucho más cerca de acertar. Egipto parece avanzar tambaleándose hacia lo peor de su propio pasado, y Túnez tiene un ministro de Exteriores de 43 años que desearía que representara a mi país.
Ashraf Khalil es periodista radicado en El Cairo y autor de Liberation Square: Inside the Egyptian Revolution and the Rebirth of a Nation.
En la imagen: manifestantes se congregan durante una protesta en la plaza Tahrir de El Cairo. Suhaib Salem / REUTERS.


