La cuestión más importante que sigue sin resolverse en la Unión Europea es la movilidad. El proceso de integración pretendía facilitar y hacer más atractivo que los europeos se trasladaran de un país a otro. Según esta visión, los habitantes de la UE tenían una nación que perder y un continente que ganar. Pero algunos resultados electorales recientes indican que les preocupa más perder la nación.
Desde que en 1986 la Acta Única Europea eliminó las restricciones para trabajar en otros países miembros, el continente ha sido un mercado laboral único, al menos en teoría. Era una política que encajaba bien con otros aspectos de la agenda de integración. Para que el euro pudiera funcionar como moneda común, se necesitaría un mercado laboral flexible en el que los trabajadores pudieran adaptarse a las perturbaciones regionales trasladándose.
Pero la migración europea no despegó realmente hasta después de la crisis financiera mundial. Y el resultado ha sido una reacción en contra, primero en los países de destino y ahora, como sugiere la recién concluida elección presidencial de Polonia, en los países de origen. A medida que se ha intensificado el debate sobre la migración, tanto quienes se marcharon como quienes se quedaron han terminado sintiéndose más nacionalistas, no más europeos.
A primera vista, los resultados de las recientes elecciones en Francia e Inglaterra podrían dar la impresión de que la migración europea está perdiendo fuerza como tema candente. El Frente Nacional francés obtuvo malos resultados en las elecciones regionales frente a la derecha tradicional y proeuropea. Después se vio envuelto en un escándalo y en una encarnizada lucha interna entre la presidenta del partido, Marine Le Pen, y su fundador, su padre, Jean-Marie Le Pen (quien finalmente fue expulsado).
Mientras tanto, el antieuropeo Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) obtuvo malos resultados en las elecciones generales celebradas a principios de este mes y, poco después, se fracturó. La populista de derecha alemana Alternativa para Alemania también se está dividiendo y desintegrando. El Movimiento Cinco Estrellas de Italia también está en suspenso.
Esta serie de fracasos ha llevado a algunos a predecir el fin de la política de protesta. Esa opinión no es del todo acertada. Los partidos políticos de extrema derecha que parecían ser los principales beneficiarios de la crisis del euro pueden haber tropezado. Pero la cuestión de la movilidad laboral no va a desaparecer.
Hasta ahora, el debate sobre la migración europea se ha desarrollado sobre todo en países ricos de destino, como Francia y el Reino Unido. Se ha prestado poca atención a sus efectos en los países de origen. Pero en las elecciones presidenciales de Polonia, la cuestión ocupó un lugar central, tuvo gran resonancia entre los votantes y contribuyó a la victoria de Andrzej Duda, líder del partido de derecha Ley y Justicia. También fue el tema de campaña de Paweł Kukiz, músico de rock que quedó tercero en la primera vuelta de las elecciones.
Tanto Duda como Kukiz se quejaron de que demasiados jóvenes polacos estaban abandonando el país y de que este se estaba convirtiendo en una tierra vacía de ancianos, un hecho evidente para cualquiera que pasee por una calle polaca. Europa quizá siga siendo el hogar de dinámicas comunidades jóvenes polacas, pero están en Londres, Dublín, París, Oslo y Estocolmo, no en Varsovia, Cracovia o Łódź. Y, desde luego, no están en las comunidades rurales pobres del este y el sur del país, que la emigración ha vaciado de manera desproporcionada.
El debate sobre los daños causados por la emigración también ha estallado en países mucho más claramente afectados por la crisis económica: países de la eurozona como Grecia, España y Portugal, así como países fuera de la unión monetaria, como Bulgaria y Rumanía. Y aunque la cuestión plantea evidentes interrogantes de justicia y eficiencia —los países pobres, tras invertir grandes sumas en educación, producen ahora titulados que trabajan y pagan impuestos en el extranjero—, Europa ha ofrecido pocas respuestas eficaces.
Es cierto que algunos migrantes quizá regresen con el tiempo y traigan consigo conocimientos y capital. Pero, mientras tanto, dejan atrás una población más envejecida, más pobre y más vulnerable. Las soluciones europeas al problema podrían incluir transferencias de fondos cuando la educación local beneficia a un mercado laboral de todo el continente, o asistencia para abordar los problemas que afectan a las zonas en riesgo de perder a su población en edad de trabajar.
La ironía es evidente. La integración europea ha impulsado una mayor movilidad, sobre todo tras la crisis del euro. Pero todavía no ha generado el marco institucional necesario para que la movilidad sea aceptable para los residentes de la UE.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, profesor de Historia en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y miembro sénior del Center for International Governance Innovation.
Imagen: Banderas de la Unión Europea ondean frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. REUTERS/Thierry Roge.


