Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático en la Universidad de Columbia. Su último libro es The Price of Inequality: How Today’s Divided Society Endangers our Future.
El año 2012 resultó tan malo como yo temía. La recesión en Europa fue la consecuencia previsible (y prevista) de sus políticas de austeridad y de un marco del euro que estaba condenado al fracaso. La débil recuperación de Estados Unidos —con un crecimiento apenas suficiente para crear empleo para los nuevos integrantes de la fuerza laboral— fue la consecuencia previsible (y prevista) del bloqueo político, que impidió la aprobación del proyecto de ley de empleo del presidente Barack Obama y llevó a la economía hacia un «precipicio fiscal».
Las dos principales sorpresas fueron la desaceleración de los mercados emergentes, algo más pronunciada y generalizada de lo previsto, y la adopción por parte de Europa de algunas reformas verdaderamente notables, aunque todavía muy lejos de lo que se necesita.
De cara a 2013, los mayores riesgos se concentran en EE. UU. y Europa. En cambio, China cuenta con los instrumentos, los recursos, los incentivos y el conocimiento necesarios para evitar un aterrizaje forzoso de su economía y, a diferencia de los países occidentales, no tiene ningún grupo influyente de peso apegado a ideas letales como la «austeridad expansiva».
Los chinos entienden con razón que deben centrarse más en la «calidad» del crecimiento —reequilibrar su economía alejándola de las exportaciones y acercándola al consumo interno— que en el volumen puro de producción. Pero, incluso con el cambio de enfoque de China y pese a las condiciones económicas mundiales adversas, un crecimiento de alrededor del 7 % debería sostener los precios de las materias primas, beneficiando así a las exportaciones de África y América Latina. Una tercera ronda de flexibilización cuantitativa de la Reserva Federal de EE. UU. también podría ayudar a los exportadores de materias primas, aunque hace poco para impulsar el crecimiento interno estadounidense.
Con Obama reelegido, es probable que EE. UU. siga avanzando a trompicones, como ha hecho durante los últimos cuatro años. Los indicios de recuperación en el mercado inmobiliario bastarán para desalentar medidas políticas drásticas, como una reducción del principal de las hipotecas «sumergidas» (aquellas en las que el préstamo pendiente supera el valor de mercado de la vivienda). Pero, dado que los precios reales (ajustados por inflación) de la vivienda siguen un 40 % por debajo del máximo anterior, parece improbable una fuerte recuperación del sector inmobiliario (y de la industria de la construcción estrechamente relacionada).
Mientras tanto, aunque los rivales republicanos de Obama no empujen al país por el precipicio fiscal de los aumentos automáticos de impuestos y los recortes de gasto el 1 de enero, garantizarán que la forma estadounidense de austeridad moderada continúe. El empleo en el sector público se sitúa ahora unas 600 000 personas por debajo de su nivel previo a la crisis, mientras que una expansión normal habría significado 1,2 millones de empleos adicionales, lo que implica un déficit de casi dos millones de empleos en el sector público.
Riesgo europeo
Pero el verdadero riesgo para la economía mundial está en Europa. España y Grecia están sumidas en una depresión, sin esperanza de recuperación a la vista. El «pacto fiscal» de la eurozona no es una solución, y las compras de deuda soberana del Banco Central Europeo son, como mucho, un paliativo temporal. Si el BCE impone nuevas condiciones de austeridad (como parece exigir a Grecia y España) a cambio de financiación, la cura solo empeorará el estado del paciente.
Asimismo, una supervisión bancaria europea común no bastará para evitar la continua fuga de capitales de los países afectados. Eso requiere un esquema común adecuado de garantía de depósitos, que los países del norte de Europa han afirmado que no está en los planes a corto plazo. Aunque los líderes europeos han hecho en repetidas ocasiones lo que antes parecía impensable, sus respuestas han estado desfasadas con respecto a los mercados. Han subestimado de forma sistemática los efectos adversos de sus programas de austeridad y han sobrestimado los beneficios de sus ajustes institucionales.
El impacto de la operación de refinanciación a largo plazo (LTRO) del BCE, de 1 billón de euros (1,3 billones de dólares), que prestó dinero a los bancos comerciales para comprar bonos soberanos (una operación de autofinanciación tan peculiar como la financiación de soberanos por parte del BCE para sostener a los bancos), fue impresionantemente efímero. Los líderes europeos han reconocido que la crisis de deuda en la periferia solo empeorará en ausencia de crecimiento, e incluso han reconocido (a veces) que la austeridad no ayudará en ese frente; no obstante, no han logrado aplicar un paquete de crecimiento eficaz.
La depresión que las autoridades europeas han impuesto a España y Grecia ya está teniendo consecuencias políticas. En España, han resurgido los movimientos independentistas, especialmente en Cataluña, mientras que el neonazismo avanza en Grecia. El euro, creado con el declarado propósito de fomentar la integración de una Europa democrática, está teniendo precisamente el efecto contrario.
La política de la crisis
La lección es que la política y la economía son inseparables. Los mercados por sí solos pueden no ser ni eficientes ni estables, pero la política de desregulación dio pie a excesos sin precedentes que provocaron burbujas de activos y la crisis en cadena que ha seguido a su colapso.
Y la política de la crisis ha dado lugar a respuestas que están lejos de ser adecuadas. Se ha rescatado a los bancos, pero los problemas de fondo se dejaron enquistar; no es de extrañar, dado que, tanto en Europa como en Estados Unidos, la tarea de solucionarlos se encomendó a los responsables políticos que los habían causado. En Europa, fue la política, no la economía, la que impulsó la creación del euro; y fue la política la que dio lugar a una estructura fundamentalmente defectuosa que creó amplio margen para las burbujas, pero poco espacio para hacer frente a las consecuencias.
Pronosticar 2013 es predecir cómo responderán a sus respectivas crisis un gobierno dividido en EE. UU. y una Europa dividida. Las bolas de cristal de los economistas siempre están nubladas, pero las de los politólogos lo están aún más. Dicho esto, es probable que EE. UU. siga avanzando a trompicones otro año, ni empujado al precipicio ni encaminado hacia una recuperación sólida. Pero, a ambos lados del Atlántico, la política polarizada de la fanfarronería y la provocación al límite tendrá mucha presencia. El problema de la provocación al límite es que, a veces, uno sí cae al abismo.
Las opiniones expresadas aquí son las del autor, no necesariamente las del Foro Económico Mundial. Publicado en colaboración con www.project-syndicate.org.
Imagen: personas escriben 2013 con bengalas en Edimburgo, Escocia REUTERS/David Moir



