De la rivalidad a la resiliencia: geopolítica en la transición ecológica

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  • La transición ecológica no puede esperar a que exista una alineación geopolítica perfecta.

  • La próxima fase de la cooperación mundial dependerá menos del consenso que de la convergencia.

  • El éxito no se medirá por la armonía, sino por la durabilidad: un mundo capaz de sostener el progreso incluso cuando la política se fragmenta.

El mundo se encuentra atrapado entre la fragmentación y la urgencia.

Las rivalidades entre grandes potencias están reconfigurando los flujos mundiales de comercio y tecnología. Las guerras han redibujado los mapas energéticos, y la carrera armamentista intensiva en carbono amenaza con revertir las reducciones de emisiones que tanto ha costado lograr en algunas regiones. La reacción populista contra la política climática ha cobrado impulso en la democracia más poderosa del mundo.

Sin embargo, el reloj físico del planeta sigue avanzando. Las inundaciones, los incendios y las sequías están reconfigurando la geografía del riesgo más rápido de lo que puede adaptarse la diplomacia.

La paradoja es evidente: justo cuando más se necesita la cooperación, el sistema geopolítico parece menos capaz de proporcionarla. Pero ¿podría la propia geopolítica —considerada durante mucho tiempo enemiga de la sostenibilidad— convertirse en parte de la solución? ¿Pueden las naciones aprovechar la rivalidad, el regionalismo e incluso el interés propio para acelerar, en lugar de obstaculizar, una transición inclusiva?

Esta pregunta animó buena parte del debate en el Nature and Climate Output Lab, una sesión convocada en el marco de las reuniones anuales del Foro Económico Mundial de los Consejos del Futuro Global y de Ciberseguridad en Dubái. Allí, líderes de los gobiernos, las empresas, el mundo académico y la sociedad civil exploraron cómo las fuerzas que hoy dividen al mundo también podrían contener las semillas de la convergencia.

Su conclusión, implícita o explícita, fue que la transición ecológica no puede esperar a que haya una armonía perfecta. Debe avanzar a través de las complejas realidades del poder, no al margen de ellas.

Reunión Anual de los Consejos Globales del Futuro y Ciberseguridad 2025
Reunión Anual de los Consejos Globales del Futuro y Ciberseguridad 2025
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Poder, rivalidad y oportunidad

Dos ausencias se cernían sobre las conversaciones en Dubái como invitadas cuya presencia nadie reconocía: China y Estados Unidos. El silencio era llamativo. Ningún país ha hecho más que China por ampliar a gran escala las tecnologías de descarbonización —la energía solar y eólica, los vehículos eléctricos y las baterías— ni por reducir sus costos. Sin embargo, ningún país emite más carbono ni ejerce mayor influencia sobre los materiales que impulsan la transición.

El 9 y 10 de octubre de 2025, Pekín amplió los controles a la exportación de tierras raras y tecnologías relacionadas, añadió una norma extraterritorial de concesión de licencias para productos extranjeros con ≥ 0,1 % de contenido de tierras raras de origen chino y endureció los controles sobre imanes, óxidos, aleaciones, equipos de producción y conocimientos técnicos de procesos. Los metales que hacen posible la transición también pueden ser instrumentos de poder.

Al otro lado del Pacífico, Estados Unidos ha avanzado con decisión en la dirección opuesta. El actual Gobierno estadounidense se ha retirado una vez más del Acuerdo de París y ha calificado el cambio climático de «engaño» y las energías renovables de camino a la ruina.

Y, sin embargo, la rivalidad puede ser un crisol del progreso. La competencia entre las superpotencias ya ha impulsado una aceleración extraordinaria de la fabricación de energía limpia. Ha catalizado inversiones en minerales críticos, ha relocalizado la industria verde y ha agudizado la atención a la resiliencia y la innovación. El reto ahora es evitar que la «competencia verde» degenere en mercantilismo verde: una contienda de suma cero basada en subsidios, aranceles y acaparamiento de tecnología.

La geopolítica no desaparecerá del relato sobre el clima. La cuestión es si puede pasar de ser una fuente de parálisis a una de impulso: un marco en el que por fin se alineen el interés propio, la seguridad y la sostenibilidad.

Impulso multipolar

Mientras el viejo orden se deshilacha, emerge una nueva arquitectura de influencia, que no se asienta en una sola potencia hegemónica, sino que se configura mediante redes, alianzas y experimentos de integración regional. La fragmentación que preocupa a las instituciones multilaterales también abre espacio a nuevos centros de gravedad en materia de sostenibilidad.

En África, América Latina, Asia y Oriente Medio se están formando coaliciones en torno a objetivos climáticos, de protección de la naturaleza y de desarrollo. El colectivo BRICS reivindica cada vez más la capacidad de decidir sus propios caminos de transición. La ASEAN, la CEDEAO y la Unión Africana exploran programas de colaboración para la resiliencia climática. Los Estados del Golfo están desarrollando proyectos a gran escala de energías renovables y basados en la naturaleza, que abarcan la energía, el agua y la regeneración de los ecosistemas. En todas las regiones se busca replantear la soberanía, no como aislamiento, sino como tutela ecológica.

Este impulso multipolar emergente tiene tres características que conviene destacar:

  • Capacidad de acción a gran escala: Países que antes se consideraban receptores pasivos ahora ofrecen modelos y recursos. Las naciones que exportan energías renovables, conocimientos técnicos sobre gestión forestal y financiación climática en etapas iniciales están cambiando el relato de la dependencia por uno de capacidad.

  • Reciprocidad Sur-Sur: Más allá de la ayuda Norte-Sur, se presta cada vez más atención a la cooperación entre pares. Los perfiles compartidos de riesgo climático, trayectorias de desarrollo similares y la confianza mutua hacen que la colaboración entre los Estados del Sur Global no solo sea útil, sino a menudo más eficaz.

  • Experimentación regional: En un sistema mundial frágil, las plataformas regionales se convierten en bancos de pruebas para la innovación escalable. Una red de datos climáticos del Sudeste Asiático, un corredor de restauración de suelos de África Oriental o una alianza latinoamericana de créditos de carbono pueden poner a prueba modelos de gobernanza y financiación que luego se amplíen a otras regiones.

La conclusión es clara: la sostenibilidad inclusiva puede sobrevivir e incluso prosperar en medio de la fragmentación geopolítica, siempre que se promuevan nuevos nodos de cooperación. El reto para los líderes es catalizar activamente esos nodos y garantizar que sean equitativos, interoperables y respetuosos de los límites planetarios.

Economía e incentivos

Ninguna transformación perdura sin los incentivos adecuados. La economía mundial sigue estando estructuralmente desalineada con los límites del planeta: hay un desajuste entre horizontes temporales, métricas y motivaciones. Sin embargo, ya están en marcha cambios que podrían convertir la sostenibilidad en la lógica predominante, en lugar de una excepción costosa.

En primer lugar, la política industrial ha vuelto y es más ecológica que antes. Desde el Plan Industrial del Pacto Verde Europeo hasta el 14.º Plan Quinquenal de China y el próximo 15.º, sobre el que deliberarán los dirigentes del Partido Comunista Chino en las próximas semanas, los gobiernos están redescubriendo que los mercados por sí solos no pueden lograr un cambio sistémico. Incluso Estados Unidos, que durante mucho tiempo menospreció la política industrial, la adoptó durante los años de Biden: la Ley de Reducción de la Inflación contenía muchos compromisos verdes y habría contribuido en gran medida a financiar la transición energética estadounidense. Lo que distingue a la ola actual no es el proteccionismo en sí, sino la competencia por el liderazgo en sostenibilidad: quién puede desplegar capital con mayor rapidez y ampliar las tecnologías verdes con mayor eficiencia.

En segundo lugar, las finanzas están pasando de gestionar riesgos a diseñar oportunidades. Los fondos soberanos, los bancos de desarrollo y los inversores privados empiezan a considerar la resiliencia climática y la biodiversidad como activos susceptibles de inversión. El auge de la financiación combinada —que aúna capital concesional y comercial— está difuminando la frontera entre filantropía y beneficio. En este modelo, el riesgo se convierte en una forma de apalancamiento: la disposición de las instituciones públicas a asumir las primeras pérdidas atrae capital privado que, de otro modo, permanecería al margen.

En tercer lugar, la medición se está poniendo al día con la realidad. A medida que maduran los mercados de carbono y mejora la transparencia de los datos, las empresas reciben una valoración —y reconocimiento— por crear valor a largo plazo, en lugar de centrarse en los beneficios a corto plazo. Las normas de divulgación, como las del ISSB (Consejo de Normas Internacionales de Sostenibilidad), que establece normas mundiales para la divulgación de información financiera relacionada con la sostenibilidad, están alineando los incentivos a través de las fronteras. El reto ahora es extender esta lógica a la naturaleza, el agua y los residuos, para crear una contabilidad integral de los costos planetarios.

Por último, la infraestructura digital está surgiendo como el tejido conectivo de la transformación verde. La inteligencia artificial, el seguimiento por satélite y los sistemas de trazabilidad basados en cadenas de bloques pueden verificar las emisiones, rastrear los créditos de biodiversidad y optimizar el uso de los recursos en tiempo real. Con una gobernanza adecuada, estas tecnologías hacen que la sostenibilidad no solo sea visible, sino también verificable.

La cuestión ya no es si la economía de la sostenibilidad funciona —sí funciona—, sino si la voluntad política, la capacidad institucional y la confianza pública pueden mantener el ritmo. Los incentivos existen. Lo que falta es alinearlos.

Confianza y gobernanza

Toda transición depende, en última instancia, de la confianza. La tecnología, el capital y las políticas pueden acelerar el cambio, pero solo la legitimidad lo sostiene. La última década ha demostrado que, cuando la gente pierde la confianza en las instituciones —nacionales o mundiales—, el progreso se estanca, la polarización se profundiza y la desinformación ocupa el vacío.

La reconstrucción de la confianza empieza por la coherencia: reglas claras que se apliquen de manera previsible, compromisos que se cumplan y beneficios que se compartan. Los marcos internacionales deben ir más allá de las promesas y garantizar una ejecución previsible: desembolsos que lleguen cuando se prometen, normas interoperables y mecanismos de resolución de disputas que inspiren confianza.

También exige inclusión. La gobernanza de la sostenibilidad no puede seguir limitada a los ministerios, las empresas y los organismos multilaterales. Las ciudades, las comunidades indígenas, las organizaciones juveniles y las pequeñas empresas ya no son partes interesadas al margen: constituyen la capa de implementación. Su participación marca una gran diferencia en cuanto a la capacidad.

Mientras tanto, la gobernanza tecnológica se ha convertido en la nueva frontera de la legitimidad. Los mismos sistemas de IA que aceleran el descubrimiento de tecnologías limpias también pueden distorsionar la información y perpetuar la desigualdad. Por ello, establecer normas de transparencia, seguridad y rendición de cuentas no es algo accesorio a las agendas climáticas o de desarrollo: es fundamental y esencial.

Por último, la comunicación importa. Los relatos que moldean la imaginación colectiva determinan qué futuros parecen posibles. Un modelo de gobernanza que combine ambición y empatía —que explique no solo qué debe cambiar, sino por qué y para quién— puede tender puentes entre divisiones que los tratados por sí solos no pueden salvar.

Todo esto puede resultar difícil en un contexto geopolítico cada vez más fragmentado, donde las capitales nacionales y regionales se centran en la competencia entre grandes potencias (Washington, Pekín, Moscú y Bruselas) o, como ocurre con la gran mayoría de las demás, en mantener el equilibrio entre esas potencias, aprovechar su competencia, cubrirse ante los riesgos o simplemente mantenerse al margen.

Sin embargo, paradójicamente, la fractura también puede fertilizar el progreso. La competencia entre potencias puede impulsar la innovación y el despliegue, mientras las naciones se apresuran a dominar las tecnologías verdes y asegurar las cadenas de suministro. Los sistemas redundantes —antes ridiculizados por ineficientes— pueden convertirse en amortiguadores de resiliencia que impidan que un único cuello de botella descarrile la descarbonización mundial. Las rivalidades regionales pueden dar lugar a diversos experimentos de políticas, cada uno con lecciones que otros pueden adaptar. En este sentido, la fragmentación puede distribuir el riesgo y generar una especie de pluralismo ecológico: un mundo con múltiples caminos que convergen, aunque de manera desigual, hacia un horizonte sostenible compartido.

Desde luego, la fractura tiene dos caras. Las mismas rivalidades que impulsan la innovación pueden fomentar con igual facilidad redundancias sin el beneficio de una mayor resiliencia: solo ineficiencia pura. Pueden alimentar una mentalidad de suma cero y relatos etnonacionalistas arraigados que definen la seguridad en términos excluyentes. La competencia estratégica ya ha desviado recursos hacia el rearme intensivo en carbono. La fragmentación corre el riesgo de dividir las normas tecnológicas, socavar la confianza y crear sistemas paralelos que duplican los costos, pero no el progreso. La línea entre resiliencia y despilfarro es delgada, y el mundo se tambalea sobre ella. Por tanto, la tarea no consiste en idealizar la multipolaridad, sino en disciplinarla: encauzar la rivalidad hacia competencias que valga la pena ganar y mantener la inclusión y la estabilidad planetaria como métricas decisivas.

La próxima fase de la cooperación mundial dependerá menos del consenso que de la convergencia. Dependerá de que las naciones, las regiones y las comunidades se alineen por necesidad, incluso cuando la unidad parezca inalcanzable. Si se gobierna con disciplina e imaginación, la multipolaridad aún puede ofrecer lo que la unipolaridad y la parálisis no pudieron: resiliencia distribuida, experimentación diversa y una base más amplia de legitimidad. El éxito no se medirá por la armonía, sino por la durabilidad: un mundo capaz de sostener el progreso incluso cuando la política se fragmenta. En última instancia, eso es lo que debe significar la resiliencia.

Estas ideas se basan en los conocimientos especializados y la colaboración de expertos miembros de 12 Consejos del Futuro Global, entre ellos los consejos sobre Resistencia a los Antimicrobianos, Aire Limpio, Gobernanza del Clima y la Naturaleza, Fronteras de los Datos, Fronteras de la Tecnología Energética, Economía Forestal, Buena Gobernanza, Financiación Innovadora para la Naturaleza y el Clima, Capital Natural, Naturaleza y Seguridad, Economía Azul Regenerativa y Suelos

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