La producción de carne está en el punto de mira mientras los países del Norte Global lidian con la forma de abordar problemas como el impacto ambiental y la pérdida de biodiversidad.
El uso de impuestos como instrumento para lograr cambios de comportamiento no es nuevo: el alcohol, el tabaco y el azúcar ofrecen aprendizajes esenciales.
Sin embargo, un impuesto fijo a la carne trataría como una sola cosa todos los tipos de producción cárnica. Aquí presentamos algunas alternativas mejores para que la agricultura sea más sostenible para todos.
Pese a la reciente popularidad de las dietas basadas en plantas, se prevé que en 2022 el mundo consuma más carne que nunca. Esta tendencia ha dado lugar a numerosas propuestas de imponer un impuesto a la carne para reducir su consumo y sus externalidades negativas.
¿Son válidos los argumentos a favor de un impuesto a la carne?
El uso de impuestos como instrumento para lograr cambios de comportamiento no es nuevo: el alcohol, el tabaco y el azúcar ofrecen aprendizajes esenciales. Estos impuestos suelen considerarse beneficiosos para todos porque animan a ciertos sectores de la población a cambiar su comportamiento y, para quienes no lo hacen, generan ingresos para el Gobierno. Sin embargo, en comparación con otras intervenciones normativas, los impuestos son un instrumento relativamente poco preciso, y la relación entre los impuestos y la forma en que se producen los cambios de comportamiento suele ser imprevisible.
Aunque en general se reconoce la necesidad de reducir el consumo de carne por motivos de salud o ambientales, la validez de un impuesto a la carne es mucho menos clara. En la mayoría de las culturas, el consumo moderado de carne sigue considerándose una parte importante de una dieta saludable, y el impacto ambiental de la producción cárnica varía considerablemente según las prácticas agrícolas. Por eso, un impuesto fijo a la carne sería mucho más polémico e ineficaz para reflejar los verdaderos costes y beneficios de los productos cárnicos.
Quienes defienden un impuesto a la carne sostienen que podría ayudar a trasladar la producción de la carne convencional a alternativas cárnicas y reducir el consumo, con el objetivo último de disminuir la huella total de la carne y sus efectos asociados en el medio ambiente y la salud pública.
Por qué un impuesto a la carne podría obstaculizar la agricultura sostenible
Sin embargo, un impuesto fijo a la carne trataría como una sola cosa todos los tipos de producción cárnica. Esto significa que un gran cebadero intensivo podría tributar igual que un ganadero sostenible con menos cabezas de ganado. Al aplicar un impuesto uniforme, los sistemas extensivos y posiblemente menos eficientes tendrían más dificultades para absorberlo y podrían verse expulsados del mercado. Esto produciría el efecto contrario al que se busca al mejorar la sostenibilidad, pues favorecería a las explotaciones más grandes y eficientes.
La carne es un componente esencial de muchas dietas, y con razón: es una de las principales fuentes de proteína completa en todo el mundo y aporta vitaminas y minerales valiosos. La carne desempeña un papel importante en las culturas y está vinculada a muchas tradiciones locales, por lo que es muy posible que el impuesto llevara a los hogares, al menos en parte, a recortar otros gastos. Además, como una hamburguesa barata y un corte de alta gama tributarían al mismo nivel por libra, el precio relativo de los productos de consumo masivo sería mayor. Esto afectaría de manera desproporcionada a las familias de menores ingresos, que ya presentan, según las estadísticas, niveles más graves de malnutrición, y agravaría las desigualdades de nuestro sistema alimentario, que ya son difíciles de abordar.
Políticas alternativas para hacer más sostenible la agricultura
Para que un impuesto a la carne sea eficaz en el cumplimiento de los objetivos de sostenibilidad, debe diseñarse de forma diferenciada y tener en cuenta diversos parámetros. Aunque, en teoría, un impuesto diferenciado podría abordar mejor los retos de sostenibilidad que uno fijo, también sería más complicado de aplicar y exigiría acordar umbrales y definiciones de lo que se consideraría «sostenible». En su lugar, hay otras opciones más sencillas que pueden ponerse en marcha ahora.
1. Reorientar las subvenciones hacia prácticas agrícolas sostenibles
Casi el 90 % de los 540.000 millones de dólares en subvenciones agrícolas mundiales concedidas a los agricultores agotan nuestros recursos naturales y siguen alimentando la crisis climática. El programa de gestión ambiental de tierras del Reino Unido es un ejemplo del uso de subvenciones para fomentar prácticas agrícolas más sostenibles: se paga a los agricultores por los beneficios ambientales que generan, en lugar de ofrecer pagos en función de la superficie cultivada.
2. Ayudar a los agricultores a adoptar prácticas más sostenibles
Es poco probable que los agricultores cambien sus prácticas cuando hacerlo implique un coste inicial o un riesgo para sus medios de vida. Los Gobiernos deberían compartir el riesgo y proporcionar financiación o garantizar préstamos para ayudarles a hacer ese cambio, especialmente teniendo en cuenta el beneficio público más amplio que se obtiene.
3. Apoyar todo tipo de innovación
Lograr una transición justa en la agricultura implica promover (1) herramientas que mejoren la eficiencia y la sostenibilidad de las prácticas convencionales de ganadería y (2) la inversión en investigación y desarrollo de sistemas de producción nuevos y complementarios que estén en equilibrio con el uso que hacen de los recursos naturales.
4. Reformar el marco normativo
Para lograr cambios, es necesario revisar a fondo el marco agrícola de cada país y los acuerdos comerciales, a fin de garantizar que la redacción y la interpretación de las leyes y políticas vigentes no vayan en contra de los objetivos declarados de mejorar los resultados ambientales y sociales.
5. Capacitar a los consumidores de todos los niveles de ingresos para que tomen decisiones de compra más sostenibles
Esto implica invertir en educación sobre cómo lograr dietas más saludables y aplicar políticas que garanticen condiciones equitativas en torno a las normas de etiquetado sostenible.
Un impuesto a la carne no es necesariamente la forma adecuada de abordar las crisis ambientales, de biodiversidad y de salud pública, sobre todo porque hay muchas opciones mejores disponibles. Los responsables de la formulación de políticas y otras partes interesadas deben garantizar que las herramientas que utilizamos no «castiguen» las buenas prácticas agrícolas ni provoquen injusticias sociales de manera involuntaria. Solo un esfuerzo consultivo de todos los actores del sector cárnico puede garantizar que la toma de decisiones sea adecuada y esté orientada a promover prácticas sostenibles, en lugar de causar consecuencias negativas sin querer.





