Los ecosistemas encuentran el equilibrio en complejas redes de interacciones, interdependencias y nichos; alterarlas puede desencadenar efectos en cadena de gran alcance.
Ha llegado el momento de replantearnos cómo tratamos el mundo natural si queremos evitar en el futuro desastres similares a la pandemia de COVID-19.
Proteger el entorno natural es tanto una actividad socioeconómica como una intervención biológica.
Los ecosistemas naturales encuentran el equilibrio en complejas redes de interacciones, interdependencias y nichos. Alterar este equilibrio puede desencadenar efectos en cadena extremos y, a menudo, de gran alcance. Es fácil olvidar nuestro lugar en el mundo natural cuando cruzamos una ciudad en coche para llevar a nuestros hijos a la escuela o nos reunimos a distancia con colegas por Zoom, pero formamos parte de la naturaleza y dependemos profundamente del equilibrio que esta proporciona. Sin embargo, las cosas están cambiando y ha llegado el momento de empezar a trabajar en colaboración con la naturaleza para garantizar un mundo que satisfaga todas nuestras necesidades.
Tras dar señales de remitir, especialmente en Europa, los casos de COVID-19 vuelven a aumentar en países que parecían estar logrando controlar la enfermedad. En otros lugares, algunos países siguen en plena primera ola. Ha sido un acontecimiento que ha cambiado el mundo. Incluso he oído que los científicos de la Antártida están siguiendo las normas del confinamiento para impedir que la enfermedad llegue al último continente de la Tierra que aún no ha estado expuesto a ella.
En mayor o menor medida, las sociedades han tratado de adaptarse y limitar la propagación —aunque, por supuesto, esto ha dejado al descubierto profundas desigualdades sociales entre quienes han podido aislarse—, y ahora todo depende del ingenio y la cooperación mundial para que las vacunas lleguen al mayor número posible de personas.
La Organización Mundial de la Salud sigue reuniendo pruebas para determinar el origen exacto de la COVID-19, pero ya se ha clasificado como zoonosis: un patógeno que ha pasado de un animal a un ser humano, posiblemente vinculado al comercio de fauna silvestre. La invasión de la naturaleza por nuestra parte ha causado muchas enfermedades humanas devastadoras, como el ébola, la rabia y la gripe aviar, por lo que ha llegado el momento de replantearnos cómo tratamos el mundo natural si queremos evitar desastres similares en el futuro.
Problemas a mayor escala
El cambio climático, que se desarrolla a una escala mucho mayor y con consecuencias mucho más graves y duraderas, también es resultado de nuestro comportamiento hacia la naturaleza. Se deriva de nuestro intento de dominarla, mediante la extracción y quema de combustibles fósiles (materiales orgánicos depositados en estratos de rocas sedimentarias hace cientos de millones de años) y de nuestro afán por transformar los entornos naturales en tierras de producción de alimentos y zonas urbanas para satisfacer nuestras crecientes necesidades; en ese proceso olvidamos que el entorno natural es precisamente el que proporciona las condiciones propicias para la vida.
Hoy, incendios forestales sin precedentes están devastando comunidades a lo largo de todo el oeste de Estados Unidos. Aquí, en Indonesia, una estación seca relativamente húmeda ha librado al país de los peores estragos anuales de los incendios. Pero todos aquí conocemos muy bien los efectos asfixiantes de la neblina, causada habitualmente por la quema de turberas drenadas.
Mientras tanto, quienes viven en muchos Estados insulares y países costeros de baja altitud ya sufren la subida del nivel del mar debido al deshielo de los casquetes polares, y muchas más comunidades se verán desplazadas si esta tendencia continúa en un futuro próximo.
Al igual que con la COVID-19, los países y comunidades más pobres sufrirán la crisis climática de forma desproporcionada, con mayor intensidad y antes, y sus efectos serán mucho más extremos si no actuamos eficazmente ahora.
Por supuesto, hay medidas que podemos tomar ahora —y que en muchos casos ya estamos tomando— para evitar los peores efectos del cambio climático. A escala mundial, la prioridad debe ser que gobiernos y empresas descarbonicen los sectores energético, industrial, del transporte y de la fabricación. Debemos gestionar los recursos y, por tanto, el consumo de forma sostenible. Y debemos conservar y restaurar el entorno natural en lugar de agotarlo.
Todo esto debe hacerse garantizando que haya alimentos suficientes para todos, trabajando para erradicar las desigualdades y apoyando a comunidades prósperas.
Proteger el medio ambiente
Mi labor se centra en la conservación y restauración de la naturaleza, y puede que a algunos les sorprenda que proteger el entorno natural sea tanto una actividad socioeconómica como una intervención biológica. Hace mucho que quedaron atrás los días en que alguien decidía proteger un bosque, levantaba una gran valla a su alrededor y apostaba guardias para impedir la entrada de todo el mundo. Hoy protegemos la naturaleza trabajando para cambiar las actitudes, los comportamientos, los medios de vida y los estilos de vida.
¿Qué es la Cumbre sobre el Impacto del Desarrollo Sostenible del Foro Económico Mundial?
Las causas de la deforestación son, en su gran mayoría, económicas. Por ello, una parte fundamental de la conservación consiste en transformar las economías basadas en actividades destructivas y sustituirlas por prácticas sostenibles que trabajen en colaboración con la naturaleza.
A nivel local, esto implica colaborar estrechamente con las comunidades, dedicar tiempo a comprender sus necesidades y trabajar juntos para promover medios de vida respetuosos con el medio ambiente, ya sea mediante microcréditos, el apoyo a pequeñas y medianas empresas (pymes) o la creación de cooperativas de pequeños agricultores.





