El mundo ha experimentado una explosión de riqueza en los años de posguerra, acompañada de un alarmante aumento de la desigualdad y de un nivel de daño ambiental nunca antes visto.
Analizar cómo la economía predominante ha pasado del capitalismo de accionistas al capitalismo estatal a lo largo de 75 años demuestra que es hora de avanzar decididamente hacia un capitalismo de partes interesadas.
El capitalismo de partes interesadas exigirá que las empresas adopten nuevas medidas del éxito para construir un futuro más sostenible y equitativo.
En términos de PIB, el mundo está mejor que nunca. Sin embargo, necesitamos un sistema económico mundial diferente si queremos crear un mundo más sostenible e inclusivo. Estas son las razones.
En los 75 años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha experimentado una explosión de riqueza sin precedentes. Gracias a los enormes avances en tecnología y comercio, la economía mundial creció tanto que, de hecho, casi todos mejoraron su situación. El desarrollo rápido se produjo primero en las economías occidentales, como las de Estados Unidos y la UE, y después en las economías orientales, como los “tigres asiáticos”, China y la ASEAN.
Pero esta moneda tenía su reverso. Mejor dicho, dos. Por un lado, en las últimas décadas también se ha producido un alarmante aumento de la desigualdad económica, desde Estados Unidos hasta China. Por otro lado, la contaminación, la degradación ambiental y las emisiones de CO2 y de otros GEI se aceleraron hasta niveles nunca vistos, poniendo en peligro la propia salud de nuestro planeta.
¿Por qué ocurrió esto? ¿Y cómo podemos crear una economía mundial que impulse el progreso, las personas y el planeta en el futuro? En este artículo y en el vídeo que lo acompaña, buscamos algunas de las respuestas.
La edad de oro del capitalismo en Occidente
Consideremos primero los enormes avances de la riqueza mundial. Desde que la Revolución Industrial despegó en el siglo XVIII, diversas economías de Europa Occidental y Estados Unidos disfrutaron de una rápida industrialización. Gracias a la introducción de la tecnología de vapor, el motor de combustión interna y otras tecnologías novedosas, Europa y Estados Unidos experimentaron una transformación radical.
Pero fue solo después de que terminara la Segunda Guerra Mundial, en 1945, cuando en Occidente despegó una “edad de oro del capitalismo”, y los frutos del progreso económico se compartieron ampliamente. Contribuyó el gran sentido de solidaridad existente, así como la naturaleza de la tecnología que aumentaba el trabajo. Como resultado, los trabajadores manuales prosperaron, la participación del trabajo en el PIB alcanzó su máximo y las empresas y el gobierno también salieron beneficiados.
Pero a partir de la década de 1970 cambiaron varios factores. Por un lado, la huella ambiental de la actividad humana comenzó a superar lo que el planeta podía soportar. La industrialización había traído un enorme progreso económico e innovación, pero también había introducido la quema masiva de combustibles fósiles, la explotación de los recursos naturales y la contaminación de otros muchos tipos.
Además, comenzó a imponerse un tipo distinto de capitalismo. En 1970, el economista de la Universidad de Chicago Milton Friedman postuló que “la responsabilidad social de las empresas es aumentar sus beneficios”, y nada más. Esto contrastaba con la visión según la cual las empresas eran una entidad social además de una económica, profundamente arraigada en la sociedad y que consultaba con sus partes interesadas.
La visión de Friedman, es decir, la del “capitalismo de accionistas”, acabó imponiéndose y, como resultado, cada vez más empresas persiguieron beneficios a corto plazo y dividendos por encima de la creación de valor a largo plazo. En muchas economías occidentales, el poder de los sindicatos disminuyó y la intervención del gobierno en la economía se redujo, mientras que las empresas en general, y el sector financiero en particular, crecieron.
Por último, tanto el comercio como la tecnología siguieron avanzando, lo que dio lugar a un mundo cada vez más globalizado y conectado. Estas tendencias habían sido en gran medida beneficiosas en las primeras décadas de la posguerra, impulsando el crecimiento económico y los salarios. Pero, a medida que cambió la naturaleza del capitalismo, una forma más desenfrenada de libre comercio, junto con una creciente concentración del mercado, dio lugar a mayores desigualdades económicas.
2. El auge de Asia
Mientras tanto, al otro lado del mundo, China y otras economías asiáticas iniciaron su ascenso. Japón fue la primera economía asiática en adoptar nuevas tecnologías y en impulsar la innovación y el comercio. En la década de 1960 se le unieron las llamadas economías de los tigres asiáticos. Y cuando Deng Xiaoping se convirtió en el nuevo líder de China en 1978, también el país se abrió.
Hasta el programa de Deng de “Reforma y Apertura”, China había sido un gigante dormido, que aplicaba políticas económicas como la colectivización de la agricultura y la autarquía. China era esencialmente una economía agraria que se cerraba al resto de la economía mundial. Esto resultó perjudicial para el espíritu empresarial, la innovación y la industrialización.
Pero una chispa lo cambió todo. Tras visitar el tigre asiático de Singapur, Deng quedó impresionado por la base manufacturera de la ciudad-estado y por su modelo de desarrollo basado en la exportación. Introdujo un modelo similar en varias ciudades chinas, creando las llamadas Zonas Económicas Especiales, donde podía tener lugar la inversión extranjera y se fomentaban otros métodos capitalistas.
El resultado fue la mayor historia de desarrollo económico que el mundo haya presenciado jamás. En los 40 años comprendidos entre 1980 y 2020, China pasó de ser una economía pobre y rural a convertirse en la segunda potencia económica del mundo, impulsada por la manufactura y la innovación. Mientras tanto, sus ciudadanos vieron multiplicarse sus ingresos, y la educación, la sanidad y la vivienda mejoraron en consecuencia.
El modelo económico aplicado se conoció dentro del país como “socialismo con características chinas”, pero quizá sea mejor denominarlo “capitalismo estatal”: la mayor parte de la economía está en manos privadas, pero el gobierno conserva un papel decisivo, al marcar la dirección a largo plazo e intervenir en sectores críticos y en momentos clave.
En los últimos años, otros mercados emergentes comenzaron a seguir la estela de China. O bien el gigante asiático se convirtió en su mayor mercado de exportación, ya que la relativa escasez de recursos naturales de China hizo que desarrollara un enorme apetito por las importaciones. O bien, como ocurre en países como Vietnam o Etiopía, China ofreció un modelo de desarrollo que ellos, a su vez, podían adoptar.
El resultado más notable, en 2021, es que Asia tiene una mayor participación en el PIB mundial que el resto del mundo, por primera vez en dos siglos. Antes de que la industrialización despegara en Occidente, economías asiáticas como las de China e India habían sido las principales economías mundiales durante la mayor parte de la historia registrada. Tras dos siglos de dominio occidental, ha comenzado ya un nuevo siglo asiático.

Pero algunas de las mismas deficiencias que surgieron en las economías occidentales a partir de las décadas de 1970 y 1980 aparecieron en China y en otros mercados emergentes en los últimos años. En primer lugar, la desigualdad económica y de otro tipo se ha ampliado drásticamente. Las desigualdades iniciales en materia de vivienda, educación, empleo o capital aumentaron de forma explosiva junto con el desarrollo económico y tecnológico de China. Una evolución similar se produjo en otros grandes mercados emergentes, como India.

Y, en segundo lugar, a medida que las economías asiáticas y otras economías emergentes se industrializaban, sus emisiones de CO2 y de otros GEI comenzaron a crecer al mismo ritmo que su crecimiento económico. Hoy, China (número 8 en la lista de abajo) es el mayor emisor de CO2 del mundo, seguida de cerca por Estados Unidos y Europa. En conjunto, las emisiones de CO2 se encuentran hoy en su nivel más alto de la historia.

3. El gráfico del elefante
Dicho de otro modo, la introducción del capitalismo en los mercados emergentes creó algunos de los mismos problemas que enfrentamos en Occidente: desigualdad y cambio climático. No se trata de negar los enormes logros del capitalismo en sus diversas formas, ni el progreso aportado por los avances tecnológicos y la globalización. Como se ha indicado anteriormente, el mundo está hoy mejor en términos de PIB que nunca antes en la historia.
Pero, como también hemos visto, los avances no han sido equitativos ni han carecido de efectos secundarios perjudiciales. Un gráfico llamativo en este sentido es el llamado “gráfico del elefante”. Resume en una sola línea el efecto que han tenido la globalización, el progreso tecnológico y la adopción generalizada del capitalismo (ya sea con los accionistas o con el Estado en el papel principal).
El gráfico del elefante, que se muestra a continuación, representa en el eje horizontal cada percentil de la población, ordenado según el nivel de ingresos. En el eje vertical se muestra el aumento de ingresos que ha experimentado cada percentil en las últimas cuatro décadas. La imagen resultante es esclarecedora: muestra que el aumento de los ingresos mundiales ha sido, en promedio, espectacular, pero igualmente desigual.

Algunos de los mayores beneficiarios del capitalismo estatal y de accionistas, así como de los avances en comercio y tecnología, han sido los percentiles más pobres de la población. Constituyen las nuevas clases medias de los mercados emergentes, incluida China. La “clase media mundial”, que incluye a algunas de las clases trabajadoras de Occidente, experimentó un aumento de ingresos mucho menor.
Pero el mayor aumento de ingresos se encuentra en el uno por ciento mundial y, aún más, en el uno por ciento del uno por ciento. Sus ingresos a menudo se duplicaron, triplicaron o incluso más. En términos de riqueza, el panorama es aún más desigual. Según cálculos de organizaciones como Oxfam Internacional, solo unas pocas decenas de personas poseen hoy tantos activos como el 50 % más pobre de la población mundial. Y, según también afirma, la COVID-19 agravará considerablemente estas desigualdades.
4. El capitalismo de partes interesadas
Ambos excesos de nuestra economía mundial, el aumento de la desigualdad económica y la degradación ambiental perjudicial, deberían llevarnos a reflexionar sobre si necesitamos otro tipo de capitalismo. Ese sistema existe: se denomina capitalismo de partes interesadas. El modelo de partes interesadas es aquel en el que las empresas optimizan no los beneficios a corto plazo, sino la creación de valor a largo plazo, teniendo en cuenta a todas sus partes interesadas.
También es un sistema en el que las empresas, el gobierno, la sociedad civil y las organizaciones internacionales son reconocidos como socios en igualdad de condiciones, y en el que todos persiguen un objetivo común: el bienestar de las personas y del planeta. Impediría que la desigualdad económica se descontrolara como ha ocurrido. Y haría que el cuidado del planeta fuera una prioridad mucho mayor de lo que es hoy.

Dar el giro desde el capitalismo de accionistas y el capitalismo estatal hacia el capitalismo de partes interesadas no es tarea fácil. Requiere que las empresas cambien sus objetivos a largo plazo, incluyan a otras partes interesadas en su toma de decisiones y adopten nuevas medidas del éxito. Y exige gobiernos receptivos y responsables, cuyos miembros consulten tanto con otras partes interesadas como con sus homólogos mundiales.
Sin embargo, es posible. Las economías de mercado social de Europa Occidental constituyen un ejemplo. En países como Dinamarca, los Países Bajos o Alemania, el gobierno, las empresas y los sindicatos trabajan juntos, hasta el día de hoy, en una forma institucionalizada de capitalismo de partes interesadas. Y países como Nueva Zelanda y Singapur están experimentando con sus propios modelos de partes interesadas.
Al final, tanto las personas como el planeta se beneficiarán a largo plazo si más economías avanzan hacia el capitalismo de partes interesadas. Dadas las desigualdades y las crisis a las que nos enfrentamos hoy, merece la pena dar este giro.

Este artículo utiliza ideas y gráficos de Stakeholder Capitalism: A Global Economy that Works for Progress, People and Planet de Klaus Schwab y Peter Vanham. El libro está publicado por John Wiley & Sons y está disponible a nivel mundial desde el 27 de enero de 2021.
Puede comprarlo en Wiley, o en cualquier librería: por ejemplo, Barnes & Noble (EE. UU.), Waterstones (Reino Unido), Chapters (Canadá), Thalia (Alemania), Fnac (Francia), Kinokuniya (Singapur), las librerías independientes de Bookshop.org o Amazon en América, Europa y Asia.





