Para reconstruir mejor, debemos repensar los subsidios mundiales

Smoke and steam billows from Belchatow Power Station, Europe's largest coal-fired power plant operated by PGE Group, at night near Belchatow, Poland December 5, 2018. Picture taken December 5, 2018
Global energy subsidies totalled $5.2 trillion in 2019 - and that's just part of the pictureImage: REUTERS/Kacper Pempel
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  • Una recuperación verde y azul tras la COVID-19 será limitada mientras los gobiernos sigan subvencionando sectores que dañan el medioambiente.

  • Las esperanzas de contener el calentamiento global, salvar nuestros espacios naturales silvestres y frenar futuras pandemias podrían depender de un replanteamiento mundial de las prioridades de gasto.

  • 2021 es un año crucial para que la comunidad internacional acuerde nuevos objetivos y planes para la próxima década y empiece a hacer las paces con la naturaleza.

Los países de todo el mundo se han comprometido a reconstruir mejor tras la pandemia de COVID-19, destinando fondos a energías más limpias, ciudades más verdes y una ampliación de las zonas marinas protegidas. Este renovado enfoque en aliviar las presiones sobre la naturaleza mediante una recuperación verde y azul ha infundido nueva vida a las próximas negociaciones sobre la pérdida de biodiversidad, la degradación de la tierra, la conservación de los océanos y el cambio climático.

Y, sin embargo, al prepararnos para el duro trabajo de 2021 y de los años venideros, debemos ser realistas sobre las limitaciones de una recuperación limpia y resiliente cuando muchos gobiernos e inversores siguen destinando mucho más a sectores que dañan el medioambiente que a iniciativas para protegerlo.

Como dijo Benjamin Franklin hace casi 300 años: «Hacer bien las cosas es mejor que decirlas bien.»

Toda la amplitud de la actividad gubernamental influye en el futuro de nuestro planeta. Para reconstruir verdaderamente mejor después de 2020, debemos reducir los subsidios y flujos financieros perjudiciales destinados a una amplia gama de sectores –incluidos la agricultura, el transporte, la silvicultura, la pesca y la energía– que hoy superan con creces el apoyo a la sostenibilidad y la conservación.

Sin un cambio de este tipo en el gasto, alejándolo de las actividades que contaminan y degradan nuestro planeta, el deseado estímulo verde posterior a la pandemia tendrá solo una fracción de su impacto previsto en el medioambiente. Contener el calentamiento global, salvar nuestros espacios naturales silvestres que aún quedan y frenar futuras pandemias requerirá un replanteamiento mundial de las prioridades de gasto e inversión.

Para quienes sostienen que es más urgente que los paquetes de rescate por la COVID-19 creen empleo que proteger el medioambiente, diría que es posible equilibrar las necesidades de la población con las del planeta.

El tipo adecuado de paquete de recuperación puede ofrecer empleo y, al mismo tiempo, una promesa medioambiental, si los gobiernos combinan la reforma de los subsidios perjudiciales con su apoyo a industrias sostenibles y soluciones basadas en la naturaleza, como la reforestación. Como quedó claro en el informe de 2020 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente titulado “Brecha de emisiones”, en el que se pone de manifiesto que combinar la reforma de los subsidios con el apoyo a innovaciones de cero emisiones puede permitir a los gobiernos alcanzar tanto sus objetivos económicos como medioambientales.

Valor de los subsidios a los combustibles fósiles por combustible en los 25 principales países, 2019Image: IEA

Progreso lento

Hace una década, los 194 signatarios de las Metas de Biodiversidad de Aichi se comprometieron a “eliminar, suprimir gradualmente o reformar” los subsidios y otros incentivos perjudiciales para la naturaleza para 2020. Sin embargo, los avances en este ámbito han sido sumamente lentos.

Antes de la pandemia, los subsidios a la infraestructura de alto contenido en carbono, a la industria de los combustibles fósiles y a la agricultura y la pesca comerciales superaban con creces a los destinados a la tecnología verde y a la restauración ambiental.

Estos desequilibrios tienen consecuencias.

Tomemos como ejemplo la agricultura y la pesca. Según un estudio publicado en Science el año pasado, incluso si las emisiones de combustibles fósiles se detuvieran en seco mañana, los sistemas alimentarios mundiales seguirían haciendo imposible cumplir el objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 ˚C, salvo que se produjeran cambios “rápidos y ambiciosos” en la forma en que la humanidad se alimenta.

Si los precios de los combustibles hubieran sido fijados exclusivamente por el mercado en 2015, según el FMI, las emisiones de carbono serían un 28 % inferiores.

Estos mismos sistemas alimentarios reciben unos 700.000 millones de dólares anuales de financiación para mantener el statu quo, según la Coalición para la Alimentación y el Uso de la Tierra. En su análisis, el grupo afirmó que los gobiernos harían mucho mejor en reorientar ese dinero hacia una agricultura y una pesca respetuosas con la naturaleza y el clima, así como hacia programas que protejan la naturaleza y la financien.

En 2019, el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimó que los subsidios energéticos mundiales ascendían a 5,2 billones de dólares. Esto supone el 6,5 % del producto interno bruto mundial en 2017 y había aumentado desde los 4,7 billones de dólares de solo dos años antes. Si los precios de los combustibles hubieran sido fijados exclusivamente por el mercado en 2015, según el FMI, las emisiones de carbono serían un 28 % inferiores.

Las encuestas recientes muestran que las catástrofes medioambientales de los últimos 12 meses, desde los incendios forestales y el deshielo polar hasta una temporada de huracanes récord y, sí, la pandemia, han aumentado la conciencia pública sobre el impacto de la humanidad en el mundo natural. La pandemia también ha vuelto a poner en el centro de atención los desequilibrios mundiales en la financiación.

Organismos mundiales, desde la ONU hasta la OMC, han pedido la reforma de los subsidios para ayudar a combatir la sobrepesca, la crisis climática y otras emergencias. El mes pasado, el secretario general de la ONU, António Guterres, pronunció un discurso contundente, en el que afirmó que la “guerra contra la naturaleza” de la humanidad equivalía a un acto de suicidio, dados los riesgos de un conflicto prolongado.

El año pasado, la humanidad sufrió incendios, inundaciones y pestes como castigo por su abuso de la naturaleza, y muchos países se enfrentan actualmente a niveles récord de infecciones por COVID-19. Sin embargo, gracias al desarrollo récord de vacunas seguras y eficaces, es posible que estemos a la vista de un regreso a la vida normal.

El interrogante crucial ahora es si las duras lecciones de 2020 nos han hecho lo bastante sabios como para dejar de financiar actividades que dañan el planeta y empezar a financiar las que lo sanarán.

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