Aumentará el coste de tener vehículos privados.
Crece la demanda ciudadana de una movilidad inclusiva.
Se crearán más alianzas público-privadas para abordar los problemas de movilidad.
Como ha dicho el futurista Jim Dator: «Toda afirmación útil sobre el futuro debería parecer ridícula al principio», y esto también se aplica a la movilidad.
Quiero examinar tres tendencias actuales de la movilidad que, aunque al principio puedan parecer ridículas, quizá no lo sean en absoluto.
Tomemos la congestión, por ejemplo. En todas las ciudades y comunidades del mundo, ha alcanzado niveles insoportables. Está destruyendo nuestra calidad de vida y el medioambiente, nos hace perder tiempo, perjudica nuestra salud y llega a causar muertes.
Pero la congestión no es algo que te esté ocurriendo a ti. Tú eres parte de la congestión. Cada vez que decides subirte solo a tu coche y conducir hasta la ciudad, formas parte del problema. En efecto, te lo estás haciendo a ti mismo, lo que significa que puedes elegir hacer algo distinto.
Quizá pronto, en muchas ciudades del mundo, ya no se te permita entrar en coche; o hacerlo será tan caro que optarás por otra cosa.
Muchas ciudades de todo el mundo están experimentando con la reducción de las plazas de aparcamiento y la conversión del espacio junto a la acera en zonas con precios dinámicos para recoger y dejar pasajeros y entregar paquetes. Otras están reasignando carriles para sistemas de autobuses de tránsito rápido y bicicletas. Lugares como Yakarta avanzan para limitar la antigüedad de los vehículos autorizados a circular y restringir cuántos pueden entrar en la ciudad, mientras que Los Ángeles, Nueva York y Seattle estudian implantar tarifas por congestión. No sería descabellado esperar que, en el futuro, una gran ciudad prohíba por completo los vehículos con un solo ocupante en el centro.
Esto me lleva a la primera tendencia:
1) Aumento de los precios de los vehículos de propiedad privada
La sociedad ya no está dispuesta a asumir el elevado coste de tener vehículos privados sin que paguen por ello sus propietarios.
Tener un coche será más caro de muchas maneras: aumentarán las tasas de matriculación, los impuestos sobre el combustible, los peajes o las tarifas de aparcamiento. Ya se están llevando a cabo experimentos para incentivar a la gente a tomar otras decisiones. Algunas empresas ofrecen a sus empleados beneficios directos para que no conduzcan; por ejemplo, subvencionan el coste del transporte público, el uso compartido de bicicletas o el alquiler de patinetes, al tiempo que encarecen la conducción.
El impacto del aumento de los precios se notará de muchas maneras, entre ellas, la reducción de las ventas de vehículos, el traslado de las personas a lugares más cercanos al trabajo y un mayor uso del transporte público. Pero, para que estos costes más elevados tengan un efecto significativo, hay que ofrecer a la gente alternativas razonables a conducir por su cuenta.
La movilidad es esencial para la prosperidad económica de todas las personas, ciudades, regiones y naciones. Una movilidad asequible y eficiente es una vía para salir de la pobreza y acceder al empleo, la dignidad y la atención sanitaria.
Muchas empresas están entrando en el mercado para ofrecer distintas opciones de movilidad, aunque no siempre de una manera que mejore nuestras vidas. Hay muchos efectos secundarios imprevistos, como que los servicios de transporte a demanda aumenten la congestión, las bicicletas sin anclaje bloqueen aceras y carreteras, las bicicletas eléctricas se incendien, haya personas que mueran al usar patinetes o bicicletas, y mujeres sufran agresiones por parte de conductores de servicios de transporte compartido o de hombres que se hacen pasar por ellos.
Mientras tanto, el uso compartido de coches no reducirá el número de vehículos en las carreteras a menos que estén ocupados por completo o casi por completo.
Los reguladores del transporte público empiezan a ejercer sus facultades o están obteniendo nuevas competencias para abordar algunas de estas externalidades.
Mientras los gobiernos lidian con esta confluencia de factores, surge otra tendencia:
2) Una ciudadanía más comprometida exige una movilidad inclusiva.
Hoy la gente insiste en que la movilidad es un derecho y un bien público, y que debe ser inclusiva.
Los gobiernos y la ciudadanía a la que sirven se plantean preguntas como estas:
¿Qué podemos hacer mejor?
¿Qué tipo de futuro queremos?
¿Cómo podemos recuperar nuestros espacios y poner a las personas por delante de los coches?
¿Cómo podemos responder a las necesidades de movilidad en las zonas rurales?
En todo el mundo, la inclusión y la mejora de la calidad de vida encabezan la lista de los asuntos más importantes.
Esto significa que la movilidad debe estar al servicio de todos, incluidas las personas con bajos ingresos, las personas con discapacidad y las personas mayores, así como las zonas con poca demanda, como las áreas rurales. La movilidad inclusiva es aquella que es segura para todos, incluidas las mujeres.
No se trata de una tendencia ordenada: implicará mucha experimentación, no habrá una única solución correcta y su horizonte será muy largo.
A medida que la congestión deteriora nuestra calidad de vida y excluye a las personas de las opciones de movilidad, estas están menos dispuestas a aceptar la situación actual y más dispuestas a experimentar con opciones alternativas. Los avances tecnológicos pueden aprovecharse para hacer que la movilidad sea más inclusiva y mejorar la calidad de vida. Los avances en inteligencia artificial, aprendizaje automático, análisis de datos, conectividad y automatización se están aplicando a la movilidad. Pero no pueden desarrollarse en el vacío.
Como la movilidad es esencial para el éxito colectivo, los gobiernos deben ejercer su influencia y las empresas privadas deben asociarse con ellos para formar parte de la solución. Esta es la tercera tendencia:
3) Aumento de las alianzas público-privadas en torno a la movilidad.
Algunos servicios de transporte compartido reciben subvenciones de los gobiernos para llevar a las personas desde zonas periféricas hasta centros de transporte público. Varias empresas de lanzaderas con vehículos autónomos (VA) ya prestan servicio en centros urbanos, sustituyen algunas líneas de autobús público o amplían el servicio a nuevas zonas, por ejemplo, por la noche cerca de campus universitarios. Las ciudades contratan a proveedores de movilidad como servicio para gestionar sistemas de venta de billetes. Las autoridades rurales se asocian con empresas de transporte a demanda de alta ocupación para atender zonas periféricas. Las autoridades de transporte crean oficinas dedicadas a impulsar las tecnologías automatizadas. Los gobiernos estatales aprueban leyes que permiten la circulación de camiones, lanzaderas y taxis automatizados. Se están formando consorcios para informar a la población y promover la seguridad y sistemas de propulsión más limpios.
Se está formando un consenso: no podemos hacerlo solos. No podemos lograr que la movilidad sea más segura, limpia o inclusiva sin colaborar y compartir soluciones.
La movilidad inclusiva ofrece a las empresas la posibilidad de encontrar nuevos mercados para crecer y a los gobiernos la de promulgar políticas equilibradas que mejoren la vida de todos. Se desconoce cómo serán los modelos empresariales viables y las políticas industriales del futuro, y cambiarán con el tiempo. La gente y los gobiernos se sienten cada vez más frustrados por el ritmo tradicionalmente lento de las mejoras del transporte público y sus costes asociados. Muchos recurren al sector privado para que ayude a ofrecer soluciones reales con más rapidez y a un coste más asequible. Además, existe una creencia generalizada en el potencial de las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial para resolver problemas de movilidad que parecen irresolubles.
Este año, 2020, puede convertirse en el año de la movilidad inclusiva. Y yo, por mi parte, lo espero con ilusión.






