Conectividad: a medida que internet se integra cada vez más en nuestra vida diaria, quienes no están conectados se quedan atrás solo por estar donde están.
Competencias: más del 60% de las empresas de América Latina cuentan ya con estructuras de trabajo remoto y, en conjunto, señalan las bajas competencias digitales de los trabajadores como el principal obstáculo.
El reto de satisfacer las necesidades de la América Latina posterior a la COVID es sistémico, por lo que las soluciones deben ser holísticas y preparadas para el futuro. Las organizaciones de la sociedad civil pueden contribuir a impulsar este esfuerzo.
La pandemia de COVID-19 ha acelerado el ritmo al que la sociedad adopta las tecnologías digitales. Mientras quienes han sido puestos en suspensión temporal de empleo o han perdido sus trabajos usan internet para comunicarse con sus seres queridos y obtener información sobre servicios de apoyo, quienes siguen empleados trasladan la oficina a sus hogares mediante Zoom, Slack y otras tecnologías colaborativas de trabajo. Estamos viendo empresas enteras que pasan al trabajo remoto, escuelas que pasan a la enseñanza a distancia, y el comercio electrónico, que podría liderar el camino en las ventas al por menor.
La enorme repercusión humana y la contracción económica prevista en América Latina ponen de manifiesto las consecuencias de lo mal preparados que están muchos países para la Cuarta Revolución Industrial y de lo desigualmente que se distribuyen sus beneficios. A medida que internet se integra cada vez más en nuestra vida diaria, quienes no están conectados se quedan atrás solo por estar donde están.
En la Amazonía ecuatoriana, el uso de internet en zonas rurales es de solo un 3 % debido a la baja conectividad. En medio de esta crisis mundial, el acceso a la información y a los medios de comunicación es clave para mantener a salvo a las comunidades aisladas, por lo que organizaciones de la sociedad civil como Rhizomatica han dado un paso al frente. Ahora, comunidades remotas de toda la Amazonía se protegen de los brotes de COVID-19 manteniéndose conectadas por satélite y mediante tecnologías de radio innovadoras capaces de transmitir datos digitales.
Desde la década de 1990, organizaciones como Colnodo, Rhizomatica, y Redes AC han conectado a personas de toda América Latina a internet mediante infraestructura de telecomunicaciones alternativa. Desarrollan capacidades tecnológicas en comunidades rurales formando a sus miembros, codiseñando tecnología innovadora para satisfacer necesidades reales y educando a los responsables políticos para garantizar un entorno regulatorio que favorezca los intereses de la población, y no solo el beneficio. Trabajan fuera de lo convencional para ofrecer soluciones reales a quienes otros ignoran.
En los centros urbanos, una investigación reciente del sector muestra que, en nuestro mundo previo a la COVID, solo el 24 % de las empresas de la región respaldaba el teletrabajo de forma habitual, y clasificaba los impuestos corporativos como el principal obstáculo (de 7) para el crecimiento y los beneficios. Hoy, más del 60 % de las empresas de América Latina cuentan con estructuras de trabajo remoto y, en conjunto, sitúan las bajas competencias digitales de los trabajadores como el principal obstáculo, habiendo relegado los impuestos corporativos al séptimo lugar. Esto indica no solo un cambio de urgencia para que los empleados dominen lo digital, sino también una repriorización y una reinversión en los empleados como el recurso más importante de cualquier empresa.
La sociedad civil lleva mucho tiempo defendiendo a los colectivos desatendidos, y organizaciones como Laboratoria, ComunidadIT, y la International Youth Foundation transforman la forma de trabajar y garantizan que las mujeres y los jóvenes tengan acceso a formación en competencias digitales y a empleos. Más del 70 % de sus egresados consigue empleos técnicos. Necesitamos este tipo de programas para llegar a más personas, integrar este talento en la corriente principal y contribuir a dar forma al futuro de los entornos de trabajo digitales.
Pese a los grandes esfuerzos de respuesta a la COVID-19, demasiadas personas se enfrentan a una gran inseguridad económica. Imaginemos lo que ocurriría si invirtiéramos rápidamente en la sociedad civil: más hogares se conectarían para que los estudiantes pudieran seguir con su escolarización, las empresas podrían apoyar a sus empleados mediante programas de reciclaje profesional y los recién desempleados tendrían la oportunidad de recualificarse para nuevas carreras.
Si más de las tecnologías actuales se hubieran codiseñado con estas comunidades, también tendríamos más tecnologías que sirvan a realidades diferentes.
El futuro del trabajo en la América Latina posterior a la COVID debe diseñarse ya para que la economía pueda volver a crecer desde el hogar.

El reto de satisfacer las necesidades de la América Latina posterior a la COVID es sistémico, por lo que las soluciones deben ser holísticas y preparadas para el futuro. Debemos invertir en las personas mediante esfuerzos de desarrollo de capacidades; necesitamos un marco legislativo que fomente tácticas innovadoras y no dependa de la infraestructura ni de la mentalidad tradicionales; y necesitamos nuevos modelos de negocio que generen beneficios sin explotar a las personas. Entre las consideraciones clave figuran:
La sociedad civil debe tener voz en la elaboración de los planes de acción nacionales.
Invertir en programas de la sociedad civil para ampliar los esfuerzos locales de desarrollo de capacidades centrados en los beneficios para la comunidad y diseñados para la sostenibilidad a largo plazo.
Permitir que los operadores de telecomunicaciones sin ánimo de lucro realicen actividades comerciales y darles acceso al uso compartido (o gratuito) del espectro inalámbrico.
Codiseñar tecnologías futuras con distintas comunidades para que puedan servir y elevar a la humanidad.
Con frecuencia se ha dicho que la confianza en las instituciones se encuentra en su nivel más bajo de la historia. Si es cierto, nunca ha habido un momento mejor para invertir en la sociedad civil. Estas organizaciones tienen sólidas relaciones de confianza con las personas a las que sirven, forjadas a lo largo de décadas de colaboración, y son ágiles. Con los recursos y el alcance que tienen la industria y los gobiernos, juntos pueden trabajar para ampliar los programas exitosos y reconstruir mejor. Y con una sociedad civil bien dotada de recursos y más integrada en los planes de la industria y del gobierno, el sueño de que la Cuarta Revolución Industrial sirva a todos por igual se acerca un paso más a la realidad.
La Iniciativa de Tecnología y Justicia Social del Foro es una plataforma multisectorial para impulsar la responsabilidad de las partes interesadas en favor de la justicia social: en colaboración con la sociedad civil en el diseño, despliegue y uso de la tecnología; con pruebas de los casos en que las tecnologías repercuten en la desigualdad; y con la inversión necesaria para un cambio a largo plazo.




