En el mundo empresarial crece un propósito compartido en torno a la sostenibilidad.
Alcanzar nuestros objetivos de cero emisiones netas dependerá tanto de la colaboración como de redefinir el valor.
Podemos aprender mucho de este enfoque a partir de las culturas de los pueblos originarios de todo el mundo.
El sábado de mitad de la COP26, celebrada en Glasgow el año pasado, fue un «día libre» de negociaciones. Ese día, una marcha pacífica de protesta, en la que participaron 100.000 ciudadanos de a pie, entre ellos familias, escolares, activistas, pueblos originarios y otras personas, recorrió las calles de Glasgow.
Llevar a la práctica los principios de sostenibilidad
Me uní a esta conmovedora expresión de preocupación. Como directivo de sostenibilidad en una empresa global, mi trabajo consiste en gran medida en «dar testimonio desde el centro», lo que Robert Socolow entiendecomo adoptar una postura intermedia ante cuestiones polarizadas para impulsar acciones concretas. Por eso, por lo general evito las protestas multitudinarias.
Sin embargo, aquella marcha fue una poderosa expresión de propósito compartido por parte de una comunidad diversa, cuya naturaleza pacífica la hizo aún más impactante.
Veo que crece un sentido similar de propósito compartido en el mundo empresarial y en las industrias pesadas con las que trabajo, como la extracción de combustibles, las plantas químicas, las grandes minas y fundiciones, los oleoductos y gasoductos, y las centrales eléctricas. Estas industrias son la base de nuestras economías. Influyen en la estabilidad de los países. Dependemos de ellas para las comodidades modernas de las que muchos disfrutamos.
Sin embargo, la ciencia nos dice que esto tiene un costo ambiental que no podemos permitirnos.
En lugar de dar la espalda a estas industrias, la empresa para la que trabajo opta por implicarse y ser un socio que contribuya a lograr mejoras reales y tangibles. Porque no hay solución climática ni desarrollo sostenible sin transformar estas industrias.
Para nosotros, esa transformación significa que una refinería pase a producir combustibles con bajas emisiones, o que una fundición cambie a un gas más limpio. Está surgiendo una cadena de valor del hidrógeno limpio que permite que los aviones vuelen y que los fertilizantes contribuyan a producir alimentos sin generar emisiones. Significa mantener la rentabilidad de las empresas para que puedan descarbonizarse. Significa que los compromisos de cero emisiones netas pasen de las declaraciones de intenciones a la acción.
A medida que avanzamos, está surgiendo un complejo desafío de ejecución que apenas empezamos a definir. Para resolverlo habrá que equilibrar los resultados ambientales, sociales y económicos, y llevar verdaderamente a la práctica los principios de sostenibilidad.
Hoy, el valor significa mucho más que dinero
En agosto de 2021 publicamos un informe con el Andlinger Center for Energy & the Environment de la Universidad de Princeton sobre la creación de la infraestructura necesaria para alcanzar las cero emisiones netas. Titulado De la ambición a la realidad: entretejer los hilos de la ejecución hacia las cero emisiones netas, el informe concluye que el reto no es un desafío financiero o técnico específico, sino un inmenso desafío de ejecución de infraestructuras. La urgencia de estos problemas exige nuevas formas de pensar.
Se necesitan cambios transformadores en la forma en que desarrollamos e implementamos infraestructuras; de lo contrario, corremos el riesgo de fracasar en la misión de alcanzar las cero emisiones netas a mediados de siglo. De hecho, quizá ni siquiera lleguemos a la mitad del camino. Uno de estos cambios consiste en redefinir el valor: dejar de centrarse exclusivamente en lo financiero y adoptar una definición más amplia. Esto incluye valores ambientales, valores comunitarios o sociales, y una transición inclusiva.
Esto significa que debemos estar alerta ante los posibles «daños colaterales» de cualquier medida que se adopte para combatir el cambio climático. No podemos abordarlo con prácticas que priven a las personas de agua potable o de acceso a la energía que puede cambiarles la vida, destruyan ecosistemas esenciales, o aíslen a las comunidades, generen resentimiento y provoquen conflictos irresolubles en su seno.
Socolow llama a esto «vigilancia»: evitar los riesgos de actuar de forma aislada. Nada de esto será una novedad para mis colegas del ámbito ESG. Lo vemos en la interconexión entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y en las concesiones que a menudo se requieren. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) lo denomina «mala adaptación», y debemos evitarla mientras buscamos soluciones verdaderamente sostenibles al desafío climático.
En la práctica, veo que la sostenibilidad se orienta cada vez más hacia el pensamiento sistémico, en particular en los ecosistemas. No en el sentido literal de los sistemas biológicos, sino en el de la interconexión de sistemas regionales y globales complejos, ya sean financieros, ecológicos o sociales. Esto se refleja en el paso hacia la presentación de informes integrados sobre el desempeño de las empresas, tanto en los aspectos comerciales como en los ESG, y en nuevas normas internacionales que aportan comparabilidad y credibilidad a los indicadores de sostenibilidad.
Un cambio cultural hacia la colaboración para resolver el rompecabezas de la sostenibilidad
Por supuesto, ninguna jurisdicción ni empresa puede resolver por sí sola este rompecabezas de la sostenibilidad, con todas sus dependencias y desafíos. Si trabajamos en colaboración y aprendemos unos de otros, tendremos muchas más posibilidades.
En De la ambición a la realidad,hablamos de que alcanzar las cero emisiones netas es una misión que exige un nivel de cooperación sin precedentes entre las organizaciones y el público. El grado de colaboración necesario incomodará a muchas partes: pondrá a prueba los límites del proteccionismo comercial y las estrategias de contratación legal, y obligará a redefinir los niveles de riesgo aceptables. También requerirá forjar relaciones que antes parecían impensables.
Y debemos aprender. No solo de otras empresas y jurisdicciones, sino también de la naturaleza y de nuestros pueblos originarios, que han perfeccionado sus diseños y prácticas a lo largo de milenios.
El Sexto Informe de Evaluación del IPCC señaló que debemos aprender de la naturaleza e imitarla al diseñar infraestructuras, en particular para que sean resilientes al clima. Pensemos, por ejemplo, en el uso de manglares en estuarios para ayudar a contener las marejadas ciclónicas, con el beneficio añadido de una mayor productividad marina, entre otras ventajas.
Tenemos mucho que aprender de nuestros pueblos originarios. En Australia, donde vivo, disfrutamos de un entorno natural y un paisaje extraordinarios gracias a las prácticas sostenibles que los pueblos originarios australianos aplicaron durante más de 60.000 años. Esto contrasta marcadamente con los daños causados en los 250 años transcurridos desde el asentamiento europeo.
Aprender de esta manera y forjar este tipo de colaboraciones deben convertirse en prácticas habituales si de verdad queremos abordar los desafíos climáticos y de sostenibilidad que afronta el mundo.
Para abordar nuestros problemas de sostenibilidad hace falta algo más que activismo. Pero la marcha de Glasgow nos recordó la responsabilidad y la rendición de cuentas que corresponden a personas como yo y a las empresas en las que trabajamos.
La sostenibilidad avanza, pero debemos seguir encontrando nuevas formas de trabajar juntos entre sectores, regiones y culturas. Debemos aprender de la naturaleza y de nuestras culturas más antiguas. Debemos guiarnos por la ciencia, ser conscientes de la complejidad y saber que no podemos hacerlo solos.





