Reconfigurar el sistema financiero para redoblar los esfuerzos en la transición energética

The hard truth is investment into the energy transition isn’t happening fast enough. Pictured here are wind turbines in an open field.
The financial world now understands that it must be at the heart of the energy transition to net zero.Image: Unsplash/American Public Power Association
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  • Necesitamos un cambio importante en la forma en que los países conciben su resiliencia energética ante una transición energética que se prolongará durante varias décadas y que, al mismo tiempo, es igualmente urgente.

  • La cruda realidad es que la inversión en la transición energética no avanza con suficiente rapidez; el objetivo de los bancos debe ser romper el patrón de inversión insuficiente en activos verdes.

  • Está en marcha una reconfiguración del sistema financiero que debería mejorar drásticamente nuestra capacidad para alcanzar a tiempo las cero emisiones netas, aunque todavía estamos en una etapa inicial.

La guerra en Ucrania —una inmensa tragedia humana— ha puesto de relieve con crudeza la necesidad de un suministro energético seguro y fiable. Mientras tanto, los últimos informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) nos recuerdan sombríamente que probablemente alcanzaremos un calentamiento global de 1,5 °C en algún momento de la década de 2030.

Ante la doble crisis mundial actual de seguridad energética y cambio climático, es propio de la naturaleza humana hacer frente a la que tenemos justo delante. ¿Cómo es posible prescindir del petróleo y el gas rusos sin invertir en nueva capacidad de combustibles fósiles en otros lugares? ¿Y cómo conciliamos esto con el llamamiento de 2021 de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) a no desarrollar nuevas reservas de petróleo y gas para hacer posible alcanzar las cero emisiones netas a mediados de siglo?

Nos encontramos en un terreno nuevo: un cambio importante y repentino en la forma en que los países conciben su resiliencia energética, ante una transición energética que se prolongará durante varias décadas y que, al mismo tiempo, es igualmente urgente.

Incluso antes de la guerra, ya hablábamos de una «transición desincronizada». Las energías renovables no han crecido con suficiente rapidez para igualar la reducción necesaria del uso de combustibles fósiles, especialmente del carbón, en una década en la que la generación de energía debe aumentar un 40 % para satisfacer la demanda. Ahora, el desafío se ha multiplicado.

La crisis actual tiene dos consecuencias indiscutibles: primero, debemos acelerar rápidamente la transición energética, liberando capital en todo el mundo para la energía limpia y el almacenamiento, la electrificación y la eficiencia energética; y segundo, debemos incorporar la resiliencia desde el diseño y comprender mejor el papel de los combustibles fósiles en la transición. Esto último incluye la intensidad de carbono de las distintas fuentes y los distintos productores de combustibles fósiles, la evolución de las tecnologías de eliminación de carbono y la resolución de las zonas grises entre lo que constituye nueva producción de petróleo y gas y la inversión de mantenimiento para maximizar la producción de las reservas existentes. El sector financiero será un actor clave en ambos frentes y deberá colaborar con los gobiernos, la industria y la comunidad científica para lograr el resultado adecuado.

Reconfigurar las finanzas para impulsar la transición energética

La creación el año pasado de la Alianza Financiera de Glasgow para las Cero Emisiones Netas (GFANZ) supuso un cambio sísmico para el sector financiero. La GFANZ incluye a más de 100 bancos con compromisos de «cero emisiones netas para 2050» y objetivos para 2030 basados en la ciencia que abarcan las emisiones financiadas de los clientes a los que prestan servicio. Las finanzas son quizá uno de los sectores más competitivos del mundo, pero en este caso la necesidad de cooperar es innegable: como bancos, todos afrontamos el mismo riesgo sistémico y compartimos una base de clientes y comunidades que debe realizar la transición. Ahora todos debemos reconfigurar por completo la toma de decisiones de nuestros negocios e incorporar nuevas competencias. Las «emisiones financiadas» son una nueva métrica que debemos reducir, y el plan de transición de cada cliente será fundamental para nuestra interacción con él y para la toma de decisiones.

Como era de esperar, la espinosa cuestión de la financiación de los combustibles fósiles acapara los titulares mientras las partes interesadas buscan pruebas de la fiabilidad de los compromisos de los bancos de alcanzar las cero emisiones netas. No es un tema blanco o negro. Algunas empresas consolidadas de petróleo y gas buscan reorientar sus competencias y fortalezas de mercado para convertirse en actores clave de la transición como compañías energéticas integradas. Y no olvidemos que, según la AIE, un sistema energético con cero emisiones netas en 2050 seguirá contando con producción de petróleo (al 25 % de los niveles actuales) y de gas (al 50 % de los niveles actuales). Durante esta transición será necesaria la inversión de mantenimiento: la AIE afirma que se requerirá «una inversión media en las fases iniciales de la producción de petróleo y gas de 350.000 millones de dólares al año entre 2021 y 2030, un nivel similar al de 2020», que luego descenderá a aproximadamente la mitad después de 2030. Dicho esto, la AIE y el IPCC establecen una línea roja muy clara: no debe haber nuevas reservas de petróleo y gas ni nuevas minas de carbón si el mundo quiere alcanzar las cero emisiones netas para 2050.

En marzo, en HSBC asumimos el compromiso explícito de «reducir gradualmente nuestra financiación de los combustibles fósiles hasta el nivel necesario para limitar el aumento de la temperatura mundial a 1,5 °C». Esto incluye nuestra política de eliminar gradualmente la financiación del carbón térmico en la UE y la OCDE para 2030, y en todo el mundo para 2040, además de publicar una política más amplia de transición energética a finales de este año. También implica alcanzar nuestros objetivos a corto plazo sobre emisiones financiadas para el sector energético y colaborar con todas las grandes empresas de petróleo y gas y con los grandes clientes de electricidad y servicios públicos en sus planes de transición durante los próximos uno o dos años, y de forma continua a partir de entonces.

La Iniciativa de Objetivos Basados en la Ciencia (SBTi) publicó recientemente el informe «Fundamentos de cero emisiones netas para instituciones financieras», que incluye orientaciones para que las instituciones financieras aborden la financiación de los combustibles fósiles en el contexto de los objetivos de cero emisiones netas. La SBTi recomienda «colaborar con las empresas de combustibles fósiles para que adopten objetivos y planes de acción de cero emisiones netas» como «prioridad para que las instituciones financieras influyan en las emisiones de gases de efecto invernadero de las empresas de combustibles fósiles», y reservar la «desinversión únicamente para las empresas incapaces de descarbonizarse o que no estén dispuestas a hacerlo». Este es el enfoque que estamos adoptando: evaluaremos si debemos seguir financiando a un cliente cuando no presente un plan de transición o cuando, tras colaborar con él en repetidas ocasiones, su plan de transición no sea compatible con una trayectoria de 1,5 °C.

Movilizar billones al año para la transición energética

HSBC tiene una presencia enorme en Asia y más de 150 años de historia en la región, que será decisiva para que el mundo alcance a tiempo las cero emisiones netas. Se estima que el costo de llevar únicamente el sistema energético de la región a cero emisiones netas para 2050 asciende a 37 billones de dólares entre 2020 y 2050.

Sin embargo, la cruda realidad es que la inversión en la transición energética no avanza con suficiente rapidez, ni en Asia ni en otros lugares. Nuestro objetivo, a través de la GFANZ y otras organizaciones, debe ser romper el patrón de inversión insuficiente en activos verdes. Hay tres elementos principales para lograrlo:

1. La actual crisis energética debería catalizar políticas mejores y más coherentes para reducir los riesgos de la inversión en energías renovables y otras formas de energía limpia — ya sea mediante precios del carbono coherentes y a gran escala, subastas a largo plazo con contrapartes de confianza, o una combinación favorable y coherente de tarifas reguladas, subsidios y otros incentivos de precios.

2. Debemos desbloquear la cartera de proyectos de inversión sostenible. A los inversores a menudo les resulta difícil determinar si un proyecto es realmente verde; las normas de divulgación son poco rigurosas y desiguales entre las distintas jurisdicciones. Cuando corresponda, la financiación pública debería reducir los riesgos de los proyectos para atraer más inversión privada —lo que se conoce como «financiación combinada»—, ya sea mediante garantías para el desarrollo o asumiendo un tramo de primeras pérdidas. A través de la GFANZ, podemos crear nuevas alianzas que ayuden a superar estos problemas. Necesitamos soluciones nuevas y creativas para acelerar la inversión en infraestructuras limpias, así como para adelantar el retiro de los activos de carbón heredados.

3. Los reguladores pueden adaptar mejor las normas de capital prudencial a una agenda de cero emisiones netas y, de este modo, abordar los riesgos sistémicos del sector. Los riesgos de transición asociados a los «activos marrones» que se identifican en las actuales rondas de pruebas de estrés climático prudencial deben analizarse en conjunto con el riesgo de inversión insuficiente en activos «verdes» (como el despliegue de energías renovables, los combustibles limpios o la infraestructura de electrificación), que podría impedir una transición ordenada. El tratamiento actual del capital impide que las instituciones financieras respalden a gran escala tecnologías climáticas incipientes esenciales o financien proyectos de gran envergadura y larga duración, algo vital para construir los sistemas energéticos, de movilidad, de infraestructura e industriales limpios, equitativos y resilientes del futuro.

Está en marcha una reconfiguración del sistema financiero para impulsar la transición energética, que debería mejorar drásticamente nuestra capacidad para alcanzar a tiempo las cero emisiones netas. Aun así, estamos en una etapa inicial y queda mucho por resolver, lo que exigirá una colaboración radical entre los bancos y sus clientes, sus inversores y, de forma crucial, también los reguladores y los organismos científicos. Pero la manera habitual de hacer negocios ha cambiado: el mundo financiero ya entiende que debe estar en el centro de la transición hacia las cero emisiones netas.

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