Hay preguntas apremiantes sobre los próximos pasos y sobre el papel de las empresas privadas a la hora de abordar las desigualdades subyacentes que nos cuesta superar.
Open Society y otras organizaciones han unido fuerzas para apoyar a las empresas comprometidas con asumir los riesgos que implica crear una producción de vacunas más distribuida.
Los directivos de la industria farmacéutica mundial deben demostrar en 2022 su compromiso de liberar rápidamente el suministro de vacunas contra la COVID-19 y ofrecer un modelo de negocio diferente a largo plazo.
Al acercarnos al segundo aniversario del brote inicial de COVID-19, se habla mucho de cómo la respuesta mundial, o la falta de ella, ha dejado al descubierto profundas desigualdades en nuestro mundo, sobre todo en el acceso a la atención sanitaria.
Sí, contamos con una variedad de vacunas eficaces desarrolladas y distribuidas a una velocidad asombrosa por empresas privadas, a menudo a partir de investigaciones respaldadas por los gobiernos. Pero, al mismo tiempo, hemos fracasado estrepitosamente a la hora de garantizar un suministro adecuado de estas vacunas al Sur Global.
Aumentar el suministro de vacunas a los países cuyas tasas de vacunación siguen siendo terriblemente bajas es, sin duda, una tarea urgente. Pero, al mismo tiempo, hay preguntas apremiantes sobre los próximos pasos y, para los miembros corporativos del Foro Económico Mundial, sobre el papel de las empresas privadas a la hora de abordar las desigualdades subyacentes que nos cuesta superar.
Creo que también existe aquí una oportunidad histórica para actuar, pero exigirá una visión audaz por parte de todos.
Cómo prepararse para la próxima pandemia
Para reiterar las cifras: en diciembre de 2021, cerca del 66 % de la población de los países del G7 había recibido dos dosis; en África, la cifra era de solo el 8 %.
Sin duda, la responsabilidad principal de esta grave situación recae en los gobiernos de los países más ricos y en la pugna por el suministro de vacunas, impulsada por el interés nacional. Pero el sector privado también carga con parte de la culpa: en diciembre, un reportaje de Financial Times destacó especialmente las críticas a Pfizer, con acusaciones de que el principal productor mundial de vacunas contra la COVID-19 había utilizado su «influencia y control sobre el acceso a su vacuna para priorizar los beneficios a corto plazo por encima del acceso mundial a vacunas y tratamientos esenciales».
Sin duda, Pfizer discreparía. Pero el hecho de que una empresa haya salido de la competencia por satisfacer la urgente demanda de vacunas con tanto poder de mercado debería preocuparnos a todos.
En general, la industria está a la defensiva, como se observa en su previsible oposición a las demandas de Sudáfrica y la India para que la Organización Mundial del Comercio impulse una exención de patentes sobre las tecnologías relacionadas con la COVID-19.
Pero quizá la mayor pregunta para el sector privado sea cómo prepararnos para la próxima pandemia y cómo asegurarnos de aprovechar la oportunidad para abordar de verdad las desigualdades mundiales en el acceso a la salud, una cuestión que preocupa a muchos financiadores filantrópicos privados, incluidas las Open Society Foundations.
Esto incluye cómo debería responder el sector al llamamiento de la Unión Africana y otros para crear capacidad de investigación, desarrollo y fabricación en el Sur Global para una gama completa de productos sanitarios, pues es la única manera de garantizar en el futuro el suministro y un acceso asequible para el Sur Global.
Apoyar a un sector privado comprometido con una producción de vacunas más distribuida
Para lograrlo, claramente hace falta algo más que la retórica de las políticas públicas según la cual solo estaremos a salvo de la amenaza de una pandemia mundial si todos estamos protegidos.
Hasta ahora, sin embargo, el sector privado y las fuerzas del mercado aún no tienen una respuesta suficiente para este desafío. Además de la necesidad de desarrollar capacidades y conocimientos especializados locales, las exigencias de los accionistas de Nueva York o Londres hacen que las empresas farmacéuticas tengan incentivos para centrarse en los mercados de mayor valor; ¿por qué invertir en desarrollar nuevos mercados, probablemente con márgenes de beneficio bajos?
Esa es una de las razones por las que Open Society, junto con otros inversores filantrópicos y de impacto, ha unido fuerzas para apoyar a empresas del sector privado comprometidas con asumir los riesgos que implica crear una producción más distribuida. Quizá lo más destacado sea que, junto con la Fundación Bill y Melinda Gates, este año lideramos la extraordinaria adquisición sin ánimo de lucro de Mologic, una empresa líder del Reino Unido que desarrolla pruebas diagnósticas innovadoras y de bajo coste de flujo lateral. A través de nuestra nueva empresa sin ánimo de lucro Global Health Access, el objetivo es ampliar a otras regiones —incluidas el sudeste asiático y América Latina— una alianza de producción ya existente con el Instituto Pasteur de Dakar, en Senegal.
Se están desarrollando pruebas de bajo coste no solo para la COVID-19, sino también para una serie de enfermedades tropicales devastadoras que las empresas comerciales de diagnóstico pasan por alto. La red distribuida de fabricación local puede responder rápidamente a epidemias desatendidas y ampliar su capacidad en caso de una futura pandemia, para garantizar que los mercados locales tengan acceso a las mejores pruebas.
Pero el objetivo más amplio de esta inversión es mucho más ambicioso: demostrar que este tipo de enfoque, que incorpora la asequibilidad y el acceso al modelo de negocio, puede ser rentable, aunque en nuestro caso los beneficios se reinvertirán en la empresa. Creemos que los inversores filantrópicos y de impacto, así como otros proveedores de financiación en condiciones favorables, deben tomar la iniciativa en este ámbito.
Y las empresas privadas o los inversores que se sumen después quizá deberían considerar el panorama general. África sigue expandiéndose económicamente a un ritmo vertiginoso: cuenta con un enorme mercado de atención sanitaria desatendido, en el que las empresas mundiales querrán tener una presencia activa. Establecer capacidad de producción en esos países sería una parte fundamental de los esfuerzos por recuperar la confianza y la reputación.
La Unión Africana está encabezando los esfuerzos para aprovechar el interés de los líderes políticos africanos en la fabricación de medicamentos en el continente. Lo ideal sería que los fabricantes establecidos trabajaran en alianza con nuevos actores radicados localmente o, al menos, en la región, lo que aportaría beneficios tanto a las partes interesadas locales como a los accionistas internacionales.
Los directivos de la industria farmacéutica mundial deben demostrar en 2022 su compromiso de liberar rápidamente el suministro de vacunas contra la COVID-19 y ofrecer un modelo de negocio diferente a largo plazo. Del mismo modo que los directivos de las empresas de combustibles fósiles y petroleras están empezando, con retraso, a afrontar el verdadero impacto del cambio climático bajo la presión de sus accionistas, algún día sus homólogos de la industria farmacéutica tendrán que explicar por qué no tomaron las medidas necesarias para promover la resiliencia a largo plazo y la equidad sanitaria indispensables para sostener la estabilidad económica mundial; si no por el bien del mundo, al menos por sus propios resultados.






