Los sistemas verdes, como los bosques, los humedales y los manglares, combinados con la infraestructura gris, podrían ser fundamentales para nuestros esfuerzos por mitigar el cambio climático y adaptarnos a él;
los bosques de manglares son uno de los ejemplos mejor documentados de infraestructura natural o verde, ya que proporcionan protección frente a inundaciones en las regiones costeras donde crecen, con un valor de 250 millones de dólares;
Utilizar la infraestructura natural y construir con la naturaleza ofrece una forma innovadora de proteger el futuro de nuestros ríos, costas y océanos, así como de las comunidades y los ecosistemas que sustentan.
En Japón, se cree tradicionalmente que «el bosque llama a los peces». Es una forma más poética de explicar cómo los bosques costeros y ribereños evitan la erosión y impiden que los residuos agrícolas lleguen a las vías fluviales, protegiendo así la salud y la productividad de la pesca costera.
La recuperación de la plantación de árboles en las costas y la restauración de cuencas en los últimos 30 años ofrece una lección importante sobre el valor de la infraestructura natural o verde y sus beneficios adicionales, entre los que se incluyen el sustento de los medios de vida, las culturas y las tradiciones, y la mitigación del cambio climático.
En la región Asia-Pacífico, los países miembros en desarrollo del Banco Asiático de Desarrollo deberán invertir un estimado de 26 billones de dólares en infraestructura entre 2016 y 2030, es decir, 1,7 billones de dólares al año para mantener el impulso del crecimiento, erradicar la pobreza y responder a las necesidades de mitigación y adaptación al cambio climático. Aprovechando el poder de la naturaleza, al utilizar sistemas verdes como los bosques, los humedales y los manglares para complementar la infraestructura gris, estos servicios pueden prestarse a un coste menor y, al mismo tiempo, aportar múltiples beneficios adicionales, como la mitigación y la adaptación al cambio climático, la reducción del riesgo de desastres y la resiliencia de los ecosistemas, especialmente en las zonas costeras, donde vive la mayoría de la población y se concentran las empresas.
Los bosques de manglares son el ejemplo mejor documentado de infraestructura natural o verde. Las estimaciones recientes de su valor económico para la reducción del riesgo de inundaciones superan los 65 000 millones de dólares al año. En todo el mundo, hay más de 45 tramos costeros que se benefician de una protección frente a inundaciones valorada en 250 millones de dólares gracias a los manglares. Si se perdieran o destruyeran, cada año se inundarían en todo el mundo 15 millones de personas más.
No es solo su capacidad para amortiguar las marejadas ciclónicas lo que hace que los manglares sean tan valiosos. Los manglares proporcionan hábitat y zonas de cría para peces, crustáceos y moluscos; atrapan sedimentos y contaminación, secuestran carbono, respaldan la adaptación climática y la reducción del riesgo de desastres, y pueden justificar la reducción de los costes de los seguros.
Deltas en transformación
En matemáticas, la letra griega delta es el símbolo del cambio; en la naturaleza, los cambios que se observan en los deltas de los ríos son preocupantes. Los deltas son sistemas costeros dinámicos especialmente vulnerables a los cambios en los procesos naturales que mantienen su estructura e integridad.
Los seis sistemas deltaicos más grandes de Asia (Ganges-Meghna-Brahmaputra, Indo, Irrawaddy, Mekong, Perla y Yangtsé) corren todos ellos riesgo debido a los cambios en el caudal. En algunos casos, las presas y embalses aguas arriba y la extracción excesiva de arena de los ríos y zonas costeras están provocando su hundimiento y reducción. Las ricas tierras de cultivo de los deltas se están perdiendo en el mar y las comunidades costeras son más vulnerables a las tormentas y las inundaciones.
Utilizar la infraestructura natural y construir con la naturaleza será fundamental para la resiliencia de los deltas y las costas. La restauración de los flujos de sedimentos fluviales y costeros, la creación de más espacio para los ríos y la reconexión de llanuras aluviales, marismas intermareales, manglares y otros humedales han demostrado ser estrategias eficaces para mitigar los efectos del cambio climático, tanto las inundaciones como las sequías.
Los enfoques de desarrollo innovadores demuestran que la infraestructura verde y gris puede coexistir en paralelo. Los humedales situados junto a las zonas urbanas crean «ciudades esponja» para compensar la expansión de superficies de hormigón impermeable. Este enfoque híbrido de la infraestructura, si se aplicara en las cuencas fluviales, podría transformar el futuro de estos deltas.
No cabe duda de que los paquetes de recuperación económica y de estímulo frente a la COVID-19 impulsarán los proyectos de infraestructura. En la prisa por aliviar la situación, no debemos desaprovechar la oportunidad de reconstruir mejor, generar empleo, estimular la economía, respaldar las transformaciones hacia la energía limpia y ofrecer una mayor mitigación y adaptación al cambio climático, al tiempo que apoyamos los sistemas naturales que nos sustentan. El reciente Blue Paper, Coastal Infrastructure: Resilience, Restoration and Infrastructure Requirements, ofrece un inventario de los tipos de hábitats costeros. Incluye ejemplos en los que la infraestructura natural o híbrida puede desempeñar un papel significativo en la reducción del riesgo de peligros naturales, así como un marco para considerar la infraestructura natural en el contexto del desarrollo costero, los impactos climáticos y la reducción del riesgo de desastres.
¿Hacia dónde vamos a partir de aquí?
En los últimos 30 a 50 años, se han producido cambios significativos y, en muchos casos, abruptos e irreversibles en todos los ecosistemas costeros del mundo. Entre ellos se incluyen la erosión de las costas; la pérdida de ecosistemas costeros con vegetación (50 % de las marismas saladas, 35 % de los manglares), de coral (30 %) y de arrecifes de bivalvos (85 %); y la reducción significativa de la resiliencia del sistema. Si todo sigue como hasta ahora, se prevé que el ritmo de pérdida de estos ecosistemas continúe.
El registro geológico y el ciclo del carbono nos muestran que los océanos y las costas, sus capas de sedimentos y la red de vida que sustentan, constituyen el principal mecanismo del planeta para almacenar carbono. Sin embargo, esta función vital en nuestra carrera por frenar la curva de las emisiones de carbono rara vez ocupa el lugar destacado que debería.
El Decenio de las Naciones Unidas de la Ciencia Oceánica para el Desarrollo Sostenible (2021-2030) nos permite poner de relieve el valor de los ecosistemas y entornos oceánicos desde una perspectiva del carbono, lo que proporciona a los responsables de políticas argumentos sólidos para su protección y restauración. Nuestros bosques azules y jardines azules deben cultivarse como parte de una solución océano-clima-alimentación. Mientras tanto, nuestros deltas y sedimentos fangosos y arenosos deben protegerse de las perturbaciones y del desarrollo para que puedan optimizarse como la superficie pegajosa en la que se capta y entierra el carbono.
Quizá hayas oído el antiguo refrán: «El mejor momento para plantar un árbol fue hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora». La sabiduría de ese sentimiento debe guiar nuestras decisiones en este momento crucial. Ya sea como científicos, instituciones financieras, industrias o sociedad civil, todos tenemos un papel fundamental para ayudar a los gobiernos y a los responsables de políticas a comprender los numerosos beneficios de las soluciones naturales y de unos océanos y costas sanos.
Aprovechemos esta ola de estímulo económico, no para seguir erosionando la resiliencia de las costas y de las comunidades costeras, sino para crear infraestructuras costeras que refuercen la resiliencia comunitaria, respalden la mitigación del cambio climático, restauren la integridad costera e impulsen una recuperación económica verde y justa.






