Agarra el picaporte de la puerta improvisada para que no haga ruido al cerrarse. Tiene suerte: su casa al menos tiene una puerta improvisada. A las cinco de la mañana, en los barrios marginales de Nairobi, hasta los insectos guardan silencio. En la calle vacía, avanzando entre chabolas de lata abollada y tiendas de campaña color óxido, la niña de 10 años marcha hacia delante. Mientras esquiva los montones de basura y las zanjas que encuentra en el camino, el único sonido es el ritmo constante de sus pasos. Las pequeñas nubes de polvo bajo sus pies le recuerdan lo que está en juego.
Todo.
Peninah Nthenya Musyim recuerda aquel primer día, cuando caminó a la escuela. Cada paso la acercaba a escapar de la vida empobrecida en los barrios marginales del valle de Mathare, a las afueras de Nairobi, Kenia. Recurrió a los únicos recursos que podía permitirse a los 10 años: su determinación y su ingenio.
«Imagínate pasar tres días sin comer y no saber si podrás comer al cuarto día», recuerda. «Sobreviví. No porque fuera tan fuerte, sino porque a los 10 años empecé a soñar a lo grande». ¿Con qué soñaba?
«Con tres comidas al día», dice Peninah.
Pero Peninah tenía hambre de algo más que comida. ¿Cómo sería dormir en una cama de verdad, en vez de en una estera en el suelo? ¿Tener agua corriente en casa? ¿Un espacio seguro y una habitación propia? Anhelaba una vida mejor para ella, para su familia y para todas las mujeres de su aldea.
Una sola voz iluminó un posible camino hacia la prosperidad: la de su sacerdote local. «Cuando vas a la escuela, consigues ropa bonita, comida y una bicicleta», le dijo. Peninah escuchó y tomó una decisión que lo cambió todo.
«Decidí que mis pies debían llevarme al siguiente paso. Así que caminé. Diez millas cada mañana. Ese era mi camino a la escuela. Tres horas de ida», dice, al recordar cómo sus deseos la ayudaron a vencer el miedo. «A veces, los días que no teníamos comida, se me hacía muy duro», recuerda con tono sereno. «Cuando me faltaban las fuerzas y sentía que no podía seguir, empecé a soñar con un coche bonito. Con montar en bicicleta. Con un lugar sin…» Su voz se apaga. «Dureza».
Cuando conozco a Peninah, su amplia sonrisa oculta toda una vida de lucha. La luz tenue de su pasado ha sido reemplazada por una luz interior y vibrante que brilla en sus ojos. Es imposible no inspirarse con su historia y con la forma en que aquellos pequeños pasos dieron grandes resultados. Hoy vive sus sueños: trabaja como abogada, viste ropa bonita y conduce su propio coche. «Y como tres veces al día», dice sonriendo. Pero, me cuenta, falta algo.

«Las mujeres y las niñas de los barrios marginales necesitan más», dice, al reflexionar sobre su propia experiencia.
A los 10 años, le costaba salir de su aldea. Ya adulta, estaba decidida a salvarla. Quería convertir su éxito en un futuro sostenible para todas las mujeres y niñas que soñaban con una vida mejor. Su experiencia le indicó que había algo que podía abrir la puerta a un futuro mejor:
El acceso.
La prosperidad económica —ese espacio seguro que tanto le costó encontrar a Peninah— comienza con el acceso. En plena pandemia, comprendimos que para acceder a algo no hace falta caminar diez millas. Puede bastar con tener acceso a internet y a herramientas y formación que abran nuevas puertas. Como líderes, ¿qué podemos hacer por las personas capaces de todo el mundo que necesitan acceso y no lo tienen? ¿Podemos compartir la visión de Peninah: brindar acceso a quienes luchan por sobrevivir y merecen algo mejor? Comprender qué tipo de acceso se necesita es el primer paso para salir de la pobreza.
Desarrollar nuevas capacidades comienza por dar prioridad a la inversión en tres puntos de acceso esenciales:
Educación: Según un nuevo estudio de UNICEF , al menos un tercio de los escolares del mundo no pudo acceder al aprendizaje a distancia durante el cierre de las escuelas. En todo el mundo, el 72 % de los escolares que no pudieron acceder al aprendizaje a distancia vive en los hogares más pobres de sus respectivos países. El aprendizaje en línea solo está al alcance de quienes pueden pagarlo. Con solo dos años más de escolarización, 60 millones de personas saldrían de la pobreza.
Emprendimiento: Invertir en programas de emprendimiento es la educación que realmente necesitan los estudiantes con grandes aspiraciones. ¿Y si una sola aula formara a 25 emprendedores cada año? ¿Qué supondría eso para la sostenibilidad, la prosperidad económica y la independencia financiera? Los conocimientos sobre emprendimiento pueden ayudar a crear el tipo de espacio seguro que necesitan las economías desfavorecidas. Enseñar a las personas a crear oportunidades quizá sea la lección más valiosa de todas.
Participación: Sin la posibilidad de participar en la formación empresarial, se pierde esa oportunidad. Fomentar la participación empieza cuando invertimos en las herramientas que hacen innecesario caminar diez millas. Los programas educativos, especialmente los que se ofrecen durante esta pandemia mundial, deben diseñarse en torno a la participación. Crear programas que enseñen e inspiren es solo la mitad del trabajo: ¿qué tal si también proporcionamos herramientas a los estudiantes para que puedan participar? Se trata de la infraestructura en ambos extremos, no solo en el medio. Debemos invertir para facilitar la participación en el emprendimiento, de modo que la tecnología esté literalmente en manos de quienes más la necesitan.
El poder del acceso a la educación, el emprendimiento y la participación queda patente en los resultados de Peninah. Cada año, su organización sin ánimo de lucro, Safe Spaces Nairobi, brinda a 1.200 niñas acceso a las habilidades que necesitan para escapar de la violencia, el hambre y la exclusión en un entorno seguro.
A través de su organización, ha transformado su aldea de maneras profundas, por ejemplo, al mejorar las tasas de graduación. Antes de Safe Spaces, tres de cada 10 niñas iban a la escuela. Ahora, ocho de cada 10 terminan sus estudios cada año. También ha reducido las tasas de embarazo adolescente: antes de Safe Spaces, siete de cada 10 niñas quedaban embarazadas en la adolescencia. Ahora, la cifra es de una de cada 10.
Peninah sigue aplicando la estrategia que sabe que da resultados: por grande que sea la meta, basta con dar el primer paso. El camino empieza al cerrar la puerta tras de ti.
«Safe Spaces les da un rumbo a las niñas. Cuando ven la meta, empiezan a caminar. Y cuando empiezan a caminar, se ponen en pie», dice Peninah.
Todos necesitamos acceso para prosperar. Para cambiar. Para encontrar seguridad y nuevas oportunidades. Invertir en educación, emprendimiento y participación es el camino para salir de la pobreza. Quizá, en Kenia, India o Guatemala, una niña de 10 años se pregunte cómo encontrar ese camino. ¿La ayudarás a dar el siguiente paso?




