El Informe sobre Riesgos Globales de este año destaca los temores a una transición desordenada hacia las cero emisiones netas.
Pero la transición hacia las cero emisiones netas sigue siendo la mejor y única oportunidad de alcanzar los objetivos climáticos.
No debemos permitir que los riesgos de una transición desordenada se conviertan en una excusa para ralentizar el camino hacia las cero emisiones netas. En cambio, debemos aprovechar las oportunidades que generará este cambio.
El Informe sobre Riesgos Globales 2022 sitúa el «fracaso de la acción climática» como el principal riesgo de la próxima década. Los riesgos más documentados asociados a ese fracaso son los riesgos físicos, como el aumento de la frecuencia y la gravedad de los fenómenos meteorológicos extremos.
Sin duda, la crisis climática es la mayor amenaza a largo plazo que afronta la humanidad.
Pero los riesgos vinculados a la transición hacia un futuro con cero emisiones netas están recibiendo más atención. Una transición desordenada agravaría estos riesgos, afectaría a la capacidad de las organizaciones para desarrollar su actividad, provocaría volatilidad económica y desestabilizaría el sistema financiero.
La transición hacia las cero emisiones netas: más urgencia, más capacidad de acción
Los gobiernos han tomado conciencia de la necesidad de actuar con urgencia y determinación tras anunciar, durante la COP26, varios objetivos ambiciosos de reducción de emisiones. El paso a objetivos de más corto plazo, como reducir las emisiones a la mitad para 2030 con el fin de alcanzar las cero emisiones netas en 2050, subraya la necesidad de actuar con mayor urgencia.
Pero, pese al optimismo en torno a los nuevos compromisos asumidos en la COP, estos siguen siendo insuficientes para alcanzar el objetivo de 1,5 °C establecido en el Acuerdo de París. En cambio, encaminan al mundo hacia un calentamiento de 2,4 °C, y hasta los escenarios más optimistas solo consiguen limitarlo a 1,8 °C. Queda mucho por hacer y hay poco tiempo.
A esta década solo le quedan ocho años y, a menos que los gobiernos y las empresas adopten pronto medidas climáticas tangibles y eficaces durante los próximos 12-18 meses, habrá presión para apresurar las medidas más adelante en la década, posiblemente con un conjunto de nuevas políticas —y quizá intervenciones drásticas en toda la economía— para cumplir los plazos.
La introducción de incentivos económicos, como mecanismos para establecer un precio eficaz del carbono, será un paso importante. Tras los avances positivos de la COP26, ahora contamos con directrices contables claras para el comercio de emisiones entre países.
Las conversaciones duraron seis años, pero finalmente se acordó en Glasgow el reglamento de París —las directrices sobre cómo aplicar el Acuerdo de París—. Incluye el Artículo 6, que establece un marco para que los países intercambien créditos de carbono a través de la ONU y dará acceso al mercado a todos los países que quieran atraer inversiones verdes mediante el mercado mundial del carbono.

Los cambios exigirán introducir nuevas políticas económicas y normas que afecten no solo a la oferta, sino que también influyan en la reducción de la demanda de bienes y servicios con alta intensidad de carbono. Es probable que estas medidas para reducir la demanda incluyan redirigir las subvenciones de los combustibles fósiles hacia tecnologías con bajas emisiones de carbono y establecer nuevas normas de construcción que exijan el uso de materiales de construcción con bajas emisiones de carbono.
¿Es inevitable una transición desordenada hacia las cero emisiones netas?
Se teme que los cambios tardíos y rápidos en las políticas —como los mencionados anteriormente— dejen a las empresas y las sociedades poco tiempo para adaptarse y provoquen graves trastornos. También reducirán el tiempo disponible para desarrollar y financiar la infraestructura y las tecnologías verdes necesarias.
Incluso podría ser necesario reducir aún más las emisiones para mantener el rumbo y alcanzar estos objetivos. En lugar de vivir una transición fluida hacia un mundo con cero emisiones netas, corremos el riesgo de que sea caótica, o «desordenada».

Por supuesto, es probable que una transición desordenada golpee con más fuerza a los sectores con alta intensidad de carbono y sus cadenas de suministro. Por ejemplo, más de 8 millones de empleos podrían perderse solo en los sectores de los combustibles fósiles para 2050. También cabe esperar repercusiones en el transporte, la agricultura y la industria pesada, entre otros. Como ocurrió en otras revoluciones industriales, industrias enteras podrían desaparecer si sus modelos de negocio son incompatibles con un futuro con cero emisiones netas.
Pero una transición desordenada tendrá amplias repercusiones económicas y sociales. Los actuales repuntes de los precios de la energía son solo la punta del iceberg en cuanto al impacto de la transición hacia las cero emisiones netas. Si los gobiernos presionan demasiado a los inversores para que se desprendan precipitadamente de sus inversiones en empresas de combustibles fósiles, esto solo generará restricciones de la oferta, inestabilidad en los precios de la energía y una menor seguridad energética, lo que creará riesgos geopolíticos.
Como demostró la crisis financiera mundial, las perturbaciones en un sector pueden propagarse rápidamente por toda la economía y provocar una intervención política. Esto afectará los medios de vida de las personas y alterará los mercados laborales.
Asumir la transición desordenada hacia las cero emisiones netas
Entonces, ¿cómo podemos frenar el calentamiento global sin sufrir los riesgos de la transición hacia las cero emisiones netas? Desde la perspectiva empresarial, lo mejor es asumir que la transición será desordenada. La idea de una «transición ordenada» parece muy poco probable, dada la magnitud de los cambios tecnológicos, económicos y sociales necesarios para la descarbonización, sobre todo si el ecoblanqueo o el incumplimiento de los compromisos retrasan la transición. Las revoluciones industriales anteriores también causaron grandes trastornos y fueron desordenadas.
Estamos entrando en un nuevo tipo de revolución industrial, y los líderes deben adaptar o incluso transformar sus empresas para formar parte del futuro con cero emisiones netas y evitar que este las afecte negativamente.
Director de Riesgos del Grupo, Zurich Insurance Group
Esperar que los gobiernos promulguen las normas adecuadas a tiempo es un peligroso juego de espera. Es probable que acabemos en una situación de «demasiado poco y demasiado tarde». Lo mejor es aprender de transiciones anteriores. Por ejemplo, quienes salieron perdiendo con la transición digital esperaron a que el cambio les afectara, en lugar de impulsarlo ellos mismos.
En cambio, veamos una transición desordenada y disruptiva —como ocurre en todo período de cambio— como una oportunidad. Incluso durante la pandemia de COVID-19, han prosperado las empresas ágiles, innovadoras y con recursos. Muchas nos han ayudado a adaptarnos a la pandemia al producir vacunas y equipos de protección personal que salvan vidas, así como al proporcionar herramientas de comunicación a distancia y servicios de entrega a domicilio que nos permiten seguir con nuestras vidas durante los confinamientos.
Las empresas necesitan innovar y contar con emprendedores visionarios. Estamos entrando en un nuevo tipo de revolución industrial, y los líderes deben adaptar o incluso transformar sus empresas para formar parte del futuro con cero emisiones netas y evitar que este las afecte negativamente.
Por ejemplo, muchos gobiernos se han comprometido a eliminar gradualmente el motor de combustión interna, pero si el despliegue de puntos de recarga para vehículos eléctricos (VE) es demasiado lento, la transición a los VE podría ser desordenada. Pero esto también representa una oportunidad para las empresas.
Las empresas especializadas en recarga podrían ganar grandes contratos de infraestructura; las compañías de servicios públicos podrían usar los puntos de recarga para impulsar la demanda de su electricidad limpia; las petroleras podrían instalar puntos de recarga en sus estaciones de servicio. Incluso los fabricantes de automóviles y los inversores tienen una oportunidad. Todo esto presupone que los VE se convertirán en el vehículo limpio preferido. Otros fabricantes de automóviles podrían encontrar soluciones tecnológicas que hagan viable la oportunidad comercial de usar otros combustibles, como el hidrógeno.
El mayor riesgo es la inacción
Los riesgos de una transición desordenada no pueden servir de excusa para ralentizar el camino hacia las cero emisiones netas. Al contrario, cuanto más esperemos, más probable será que afrontemos una transición desordenada. Y si no actuamos, los daños causados por las emisiones sin control y, en última instancia, las consecuencias a largo plazo del cambio climático serán aún más catastróficos que los posibles riesgos de la transición. Desde una perspectiva puramente financiera, la economía mundial podría perder hasta un 18 % del PIB si no se toman medidas para mitigar el cambio climático.
Aunque una transición desordenada parece inevitable, todavía estamos a tiempo de hacer que el camino sea más fluido. Los gobiernos y las empresas aún pueden dar pasos audaces para evaluar los riesgos que afrontan y luego actuar para impulsar una transición innovadora, exitosa e inclusiva que proteja las economías y el empleo.
Los gobiernos deben introducir políticas climáticas ambiciosas que respalden con medidas sus contribuciones determinadas a nivel nacional (CDN). Estas medidas climáticas deben aplicarse de manera transparente y coherente para que las empresas y los inversores puedan planificar los cambios futuros.
Los gobiernos deben colaborar con las empresas, en particular con los sectores con alta intensidad de carbono, para establecer incentivos claros a la inversión en tecnologías de cero emisiones netas y fomentar cambios en los hábitos de consumo que reduzcan la demanda de productos y servicios con alta intensidad de carbono. Eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles e introducir un precio al carbono serían un excelente primer paso.
También debemos asegurarnos de que nadie se quede atrás. Las políticas que aceleran la capacitación de los trabajadores de sectores con alta intensidad de carbono —como la industria de los combustibles fósiles— son solo un ejemplo. Se crearán nuevas oportunidades: para 2050, 42 millones de personas podrían trabajar en el sector de las energías renovables frente a los 11 millones de 2018. Debemos asegurarnos de que las personas tengan las competencias necesarias para aprovechar estas oportunidades.

El camino hacia las cero emisiones netas no será perfecto. La transición representa una amenaza importante a corto plazo para la estabilidad financiera y económica, pero también ofrece grandes oportunidades. En última instancia, depende de nosotros. Como personas, comunidades y empresas, debemos tomar medidas para adaptarnos y prepararnos para los cambios que se avecinan. Debemos estar preparados para aprovechar las oportunidades. Ojalá los gobiernos creen una transición fluida y ordenada hacia las cero emisiones netas. Pero lo mejor es prepararnos y abrocharnos todos el cinturón para el accidentado trayecto que tenemos por delante.




