La transición energética en un mundo de posguerra

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  • Hoy, la política energética es al mismo tiempo política nacional, exterior, climática y de seguridad. Y esto será aún más evidente en un mundo de posguerra.

  • Existe una oportunidad histórica para la transición energética mundial si logramos conciliar la seguridad del suministro con la descarbonización, más energías renovables y tecnologías de acoplamiento sectorial.

  • Creo que hay cuatro aspectos importantes para impulsar nuestra transición energética en un mundo de posguerra, y todos tienen que ver con la innovación.

La guerra de Rusia en Ucrania tendrá graves repercusiones en la forma y el ritmo de la transición energética, no solo en Europa, sino en todo el mundo. Ya estamos viendo cambios en el triángulo de la política energética, que suele buscar un equilibrio entre la seguridad del suministro, la asequibilidad y la sostenibilidad. Por ahora, parece que la seguridad del suministro ha pasado a ser la prioridad número 1. Sin embargo, no debemos cometer el error de perder de vista los otros dos objetivos. En cambio, debemos asegurarnos de que la energía no se convierta en un motivo de división en las sociedades. Esto se aplica a los países industrializados y también a nuestra comunidad mundial, en la que 800 millones de personas siguen sin tener acceso a la electricidad. También debemos procurar que la guerra no haga peligrar nuestros objetivos climáticos. El último informe del IPCC muestra que la crisis climática no da tregua. No hay un planeta B: esto es cierto tanto ante las amenazas nucleares como ante el cambio climático.

La pregunta es:

¿Cómo se configurará la transición energética en un mundo de posguerra?

Aunque pueda sonar paradójico en medio de tanta incertidumbre, quizá esta nueva era también ofrezca una oportunidad histórica para la transición energética mundial. ¿Cómo? Si logramos conciliar la seguridad del suministro con la descarbonización, ampliar las energías renovables y las tecnologías de acoplamiento sectorial.

Resiliencia

Para empezar, nuestras economías deben estar mucho mejor preparadas para situaciones en las que se interrumpa el suministro energético. Tenemos que hacer que nuestros sistemas energéticos sean más resilientes. Esto exige un análisis exhaustivo del sistema energético que preste atención a sus fortalezas y debilidades, interdependencias y posibles amenazas. También debería responder a la pregunta de qué prioridades debe establecer una economía ante la escasez de energía. La resiliencia implica contar con reservas de energía suficientes para compensar interrupciones repentinas del suministro. Los gobiernos y las empresas deben trabajar juntos para proteger el sistema energético contra los ciberataques y reforzar, en general, su ciberseguridad. Por cierto, esta es una tarea internacional.

La resiliencia también implica que nuestras economías deben diversificar las rutas de suministro. En el caso del gas por gasoducto, por ejemplo, debemos habilitar otras rutas de suministro que nos permitan obtener gas de varias fuentes y de distintos proveedores. Además, debe ampliarse la capacidad de gas natural licuado (GNL) a la par que se diversifican las rutas de los gasoductos, mediante la rápida construcción de nuevas terminales de GNL y la puesta en servicio de terminales flotantes de GNL, que podrían entrar en funcionamiento con mayor rapidez.

Alianzas beneficiosas para todos

Otro aspecto que debemos considerar es la creciente importancia de las alianzas en materia de energía verde. Algunos países pueden aportar sus conocimientos especializados sobre la transición energética mediante el desarrollo de tecnologías sin emisiones de carbono; otros cuentan con condiciones naturales para suministrar energía verde. Así es como deben crearse alianzas beneficiosas para todos. La fortaleza de estas alianzas será precisamente lo que importe a medida que construyamos una economía mundial del hidrógeno verde.

En lo que respecta a la resiliencia de los sistemas energéticos, la diversidad importa: contar con varios proveedores de energía, múltiples rutas de suministro, distintas fuentes de combustible y hacer hincapié en la eficiencia y la seguridad energéticas. La globalización no ha terminado. Pero se está produciendo un cambio tectónico: se pasa de países con abundantes recursos fósiles a países favorecidos por el viento y el sol como fuentes de energía renovable.

Todos celebramos que nuestros sistemas energéticos sean cada vez más verdes e híbridos: pensemos en grandes parques eólicos terrestres y marinos (centralizados) y en la energía fotovoltaica (centralizada y descentralizada). Pero tenemos que acelerar mucho más la implementación de nuevas soluciones. Pienso en mi país, Alemania, y en los muchos años que se tarda en obtener la aprobación administrativa para nuevos proyectos. La construcción de terminales de GNL en Alemania y la ampliación de los parques eólicos pondrán a prueba nuestra capacidad para acelerar el proceso.

Al transformar nuestros sistemas energéticos, también debemos ser sinceros con nosotros mismos: hasta que las energías renovables estén disponibles en cantidades suficientes, necesitaremos combustibles de transición, como el gas natural, durante al menos un ciclo de inversión más. Por eso debemos utilizar tecnologías probadas, como las centrales eléctricas de gas de alta eficiencia. Pueden sustituir al carbón y reducir las emisiones entre alrededor de un 50 % y dos tercios. Estas turbinas de gas deben ser compatibles con el hidrógeno, para que en el futuro puedan funcionar con hidrógeno verde al 100 %. En otras palabras, las inversiones en tecnología de gas son sostenibles y no darán lugar a activos varados.

Las etapas de la transición energética.Image: Siemens Energy AG

Creo que hay cuatro aspectos importantes para impulsar nuestra transición energética en un mundo de posguerra, y todos tienen que ver con la innovación.

1. Implementar soluciones probadas que nos ayuden a avanzar hacia las cero emisiones netas, así como poner fin a soluciones insostenibles como el carbón

2. Ampliar las soluciones innovadoras. Sin una economía del hidrógeno bien desarrollada, la segunda etapa de la transición energética, es decir, la descarbonización, no despegará. Es fundamental alcanzar la escala industrial lo antes posible para reducir considerablemente los costes de fabricación de los productos de hidrógeno. El hidrógeno verde y sus derivados deben dejar de ser productos de lujo y convertirse en productos básicos. También está claro que debemos adaptarnos a unos precios de la energía más altos y ajustar la fiscalidad. Para que el mercado despegue con éxito y el acoplamiento sectorial sea eficaz, el color del hidrógeno no debería ser decisivo en la fase inicial: incluso el hidrógeno verde tiene matices. Lo que debe determinarlo es la intensidad de CO2 y su contribución a la descarbonización.

3. Debemos pensar en el sistema energético de forma integral.Dentro de unas décadas, cuando la energía renovable alcance el 100 % del suministro energético, las empresas de servicios públicos, las compañías de transmisión y la industria podrán crear una economía sin emisiones de carbono. Las centrales eléctricas se están convirtiendo en centrales híbridas. Estas incluyen turbinas de gas «verdes» al 100 %, que garantizan un suministro fiable de energía; almacenamiento de calor; bombas de calor para la calefacción urbana, y electrolizadores que producen hidrógeno. Y, dado que los sistemas integrados de almacenamiento de energía permitirán llevar energía a todos los sectores económicos —ya sean los edificios, la movilidad, la industria o la agricultura—, se descarbonizaría toda la economía. El mayor desafío será entonces garantizar la capacidad de integración y la resiliencia del sistema.

4. Desarrollar una visión integral de la energía para el siglo XXI. Algunas reflexiones al respecto: la política energética debe garantizar el futuro de nuestro planeta. Para ello, hay dos aspectos importantes. Primero, una concepción integral de la «economía circular». Para mí, las cero emisiones netas también implican que los sectores eólico y solar —que utilizan acero, componentes de plástico, tierras raras y otras materias primas— se basen en componentes reciclables. Segundo, la búsqueda de una fuente inagotable de energía. La investigación determinará si la fusión nuclear puede ser una fuente de ese tipo. En cualquier caso, sigue vivo el sueño de crear una fuente de energía como el sol. Y haríamos bien en seguir adelante con proyectos tan visionarios, incluso a riesgo de fracasar.

¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para impulsar la transición hacia la energía limpia?

En muchos aspectos, vemos hoy lo importante que es una transición energética sostenible, asequible y fiable: en los debates sobre un embargo energético; en los intentos de diversificar el suministro de energía; y en el objetivo de alcanzar las cero emisiones netas. Hoy, la política energética es al mismo tiempo política nacional, exterior, climática y de seguridad. Esto será aún más evidente en un mundo de posguerra.

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