Para preparar a los jóvenes para los empleos del futuro a pesar de la brecha digital, debemos emplear métodos educativos sin tecnología, además de los de alta tecnología.
Debemos reducir el énfasis en los exámenes de alto impacto y sustituirlos por formas de evaluación más justas.
Es necesario dotar a los jóvenes de habilidades adaptables y recursos financieros.
A medida que la pandemia mundial transforma el futuro del empleo, ¿cómo podemos ayudar a preparar a nuestra juventud para lo desconocido? Aquí van tres ideas.
1. Enseñar con una combinación de alta tecnología, baja tecnología y sin tecnología
Cuando las escuelas pasaron a impartir clases en línea durante los confinamientos, la pandemia empezó a dejar al descubierto la arraigada brecha digital del mundo, que ha ampliado aún más la distancia entre quienes tienen acceso a dispositivos de calidad con conexión a internet —los «privilegiados en lo tecnológico»— y quienes no lo tienen. Muchos países en desarrollo, así como las comunidades rurales de países desarrollados, carecen de banda ancha asequible y fiable. Además, los apagones y las interrupciones del suministro eléctrico en algunos países limitan el acceso en tiempo real. Es posible que se disuada a las niñas de optar por soluciones tecnológicas y se favorezca a sus homólogos varones. Los jóvenes de los campos de refugiados y aquellos con discapacidades se enfrentan a obstáculos aún mayores para conectarse. Y, una vez conectados, podrían no estar a salvo de depredadores, acoso y discursos de odio si su espacio en línea no está regulado.
No es un problema menor. El año pasado, un informe de la UNESCO sobre el acceso mundial a la banda ancha reveló que la mitad del mundo sigue sin conexión. El informe definió la «conectividad universal significativa» como un acceso «disponible, accesible, pertinente y asequible» que también sea «seguro, fiable, empodere a los usuarios y genere un impacto positivo». Sin embargo, mostró que solo alrededor de la mitad de los hogares del mundo disponía de ese acceso, que la desigualdad de género agravaba los efectos de la pobreza y que el crecimiento de la disponibilidad de internet se había ralentizado considerablemente. Esto significa que más de tres mil millones de personas en todo el mundo no están conectadas. Según Houlin Zhao, secretario general de la Unión Internacional de Telecomunicaciones: «La inclusión digital solo puede ser significativa y eficaz si los usuarios de internet se sienten empoderados para utilizar la tecnología, y cuando esta es asequible, atractiva y segura».
Cuando está disponible, la banda ancha de alta velocidad y la tecnología que la acompaña ofrecen enormes oportunidades educativas. Pero, hasta que todo el mundo pueda participar en las opciones de alta tecnología que permite el acceso a la banda ancha, también deben estar disponibles oportunidades educativas comparables de baja tecnología y sin tecnología. Un ejemplo de opción de baja tecnología es un recurso fácil de descargar, como un PDF, que permite acceder a los materiales de aprendizaje no solo cuando hay internet, sino también sin conexión. Del mismo modo, una opción sin tecnología podría incluir cómics o novelas gráficas que enseñen con un formato narrativo y colorido que imite el mundo en línea, pero que puedan distribuirse mediante un sistema totalmente ajeno a la tecnología. El uso de emisiones educativas de radio o televisión también elimina la necesidad de tener acceso a la banda ancha. O, mejor aún, los educadores pueden combinar muchas de estas opciones de baja tecnología y sin tecnología para lograr la mayor conectividad posible.
2. Reducir el énfasis en los exámenes de alto impacto
La pandemia también nos ha recordado que las pruebas estandarizadas y otros exámenes de alto impacto son formas de evaluación intrínsecamente injustas que agravan la desigualdad. Hoy existen pruebas abundantes de que estos exámenes, introducidos por primera vez en el siglo XIX, ya no son adecuados para su propósito. A escala nacional, tanto en países desarrollados como en desarrollo, las pruebas de alto impacto perpetúan la desigualdad. A escala doméstica, durante la crisis de la COVID-19, padres de todos los niveles socioeconómicos han experimentado las deficiencias de las pruebas estandarizadas. Entre los principales problemas figuran el acceso desigual al profesorado, las diferencias en el acceso a la tecnología, los fallos importantes durante las pruebas en línea y la falta de preparación de los proveedores de las pruebas y las escuelas. La desigualdad y la injusticia que todos sienten —y no solo las personas más marginadas— han aumentado el interés en abolir por completo las pruebas.
Sustituir las pruebas estandarizadas por otras formas de evaluación es, desde luego, un reto, pero algunas tendencias prometedoras podrían preparar a los jóvenes para empleos en el Gran Reinicio. Las microcredenciales para habilidades específicas relacionadas con el trabajo se han multiplicado entre profesionales y jóvenes en edad universitaria, y ahora empiezan a llegar a estudiantes de secundaria. Estas pueden comunicar a posibles empleadores y universidades más información que los resultados de los exámenes por sí solos.
Un ejemplo es una microcredencial que evalúa las habilidades emprendedoras: el Pasaporte de Habilidades Emprendedoras (ESP), que las escuelas de 38 países utilizan como herramienta de evaluación basada en competencias. Introducido por primera vez en 2013 como una colaboración entre varias organizaciones educativas de Europa y con el apoyo de la Unión Europea, el ESP se ha extendido ya a Oriente Medio, América del Sur y África. Evaluar cambios en competencias llamadas «habilidades blandas», como el trabajo en equipo y la resiliencia, es más difícil que evaluar vocabulario y álgebra, pero los educadores y los responsables de formular políticas han empezado a introducir nuevos enfoques para evaluar estas habilidades, esenciales para garantizar el éxito laboral de los jóvenes en el mundo pos-COVID.
3. Empoderar a los jóvenes con habilidades de adaptación y recursos financieros
La pandemia nos ha recordado que un buen empleo en una organización estable ya no significa lo que antes, pues hemos visto a millones de personas en esa situación perder sus empleos, temporal o permanentemente. En cambio, la principal habilidad laboral que podemos enseñar a los jóvenes es la adaptabilidad: cambiar de rumbo con rapidez, esforzarse por encontrar las soluciones más creativas y buscar nuevas oportunidades para desarrollar y ampliar sus habilidades. Ya sea mediante el emprendimiento o el intraemprendimiento, los jóvenes con habilidades de adaptación tendrán más puertas abiertas.
Dicho esto, una mentalidad resiliente y las habilidades de adaptación son necesarias, pero no del todo suficientes, durante una crisis económica profunda que pone bajo presión los mercados laboral y de capital. Esta pandemia nos ha recordado las ventajas de contar con un colchón financiero y la necesidad de dotar a los jóvenes de capacidad financiera para mantener ahorros equivalentes al menos a seis meses. Unos ahorros suficientes permiten a los adultos jóvenes dedicar tiempo a adquirir nuevas habilidades y perfeccionar las que ya tienen, cambiar de carrera a lo largo de la vida a medida que unas industrias se contraen y surgen otras, y evitar el estrés extremo que genera vivir al día.
Desarrollar la capacidad financiera va más allá de la educación financiera. Para los jóvenes, hay una diferencia entre aprender el concepto de ahorrar dinero y desarrollar realmente las actitudes, los comportamientos y la confianza en la propia capacidad que hacen posible la capacidad financiera... para hacerlo antes de la próxima emergencia o pandemia. El crecimiento de los programas de ahorro con aportaciones equivalentes y de lascuentas de ahorro para niños es una tendencia prometedora. El sector privado también tiene unpapel fundamental que desempeñar para cerrar la brecha en capacidad financiera.
Uno de los beneficios inesperados de la pandemia es que las órdenes de quedarse en casa y las interrupciones de las cadenas de suministro han llevado ajóvenes de todo el mundo a desarrollar nuevas habilidades prácticas. Pero, incluso con estas nuevas habilidades y una mentalidad que acepta el cambio, es probable que dejemos atrás a comunidades enteras y agravemos la desigualdad si no preparamos a nuestra juventud con habilidades de capacidad financiera; no nos aseguramos de que las habilidades emprendedoras sean tan deseables como las puntuaciones altas en pruebas estandarizadas; y no creamos iniciativas educativas concebidas para entornos de alta tecnología, baja tecnología y sin tecnología.






