El océano ha absorbido más del 90 % del exceso de calor causado por los gases de efecto invernadero de origen antropogénico, y los primeros metros de su superficie almacenan tanto calor como toda la atmósfera del planeta.
La COP26 es la mejor oportunidad para que el mundo oriente de forma decidida la financiación climática hacia el fortalecimiento de la contribución del océano a la mitigación del cambio climático.
Un aumento transformador de la financiación pública y privada de las actividades económicas basadas en el océano acelerará nuestro avance hacia un mundo con cero emisiones netas de carbono para 2050.
La esperanza de la comunidad mundial que trabaja para revertir el deterioro continuo de la salud del océano es que las contribuciones fundamentales del océano a la mitigación y la adaptación al cambio climático formen parte integral de las deliberaciones de la COP26 en Glasgow este noviembre, y que los resultados de la conferencia incluyan compromisos y recursos considerablemente mayores para afrontar los desafíos que plantea el nexo océano-clima.
Estos desafíos se cristalizan en el hecho central de que el deterioro del océano se debe principalmente a los niveles de emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero que hemos estado liberando en la atmósfera desde el inicio de la era industrial.
El océano es el gran regulador del clima, a través del ciclo del agua, la circulación oceánica y la bomba biológica del océano. Absorbe alrededor del 23 % de las emisiones anuales antropogénicas de CO2 que llegan a la atmósfera. También ha absorbido más del 90 % del exceso de calor causado por los gases de efecto invernadero (GEI) de origen antropogénico, y los primeros metros de su superficie almacenan tanto calor como toda la atmósfera del planeta.
Es inquietante que todos comprendamos que la constancia de estas contribuciones y capacidades tiene límites. Más del 80 % de la superficie oceánica sufrió al menos una ola de calor marina en 2020, y actualmente se observa un calentamiento del océano a profundidades de 1.000 metros. Empiezan a hacerse patentes numerosos umbrales y puntos de inflexión, con impactos negativos simultáneos sobre la biodiversidad y los ecosistemas marinos.

Acidificación y desoxigenación
Debido al exceso de emisiones de CO2, el océano se está acidificando a la mayor velocidad de la historia del planeta. Será sumamente difícil, si no imposible, que muchos ecosistemas y especies marinos se adapten a un cambio tan rápido. Junto con el calentamiento del océano, la acidificación creciente está poniendo en duda la supervivencia de los arrecifes de coral. El IPCC ha informado de que hasta el 90 % de los arrecifes de coral tropicales desaparecerá, incluso si el calentamiento global se limita a 1,5 °C, lo que resulta profundamente preocupante en un momento en que la Organización Meteorológica Mundial informa de que actualmente nos encaminamos a superar los 3 °C a finales de este siglo.
Además de la acidificación, el océano experimenta cada vez más desoxigenación, cambios en la circulación de las corrientes, un deshielo drástico del hielo marino, desplazamiento de la vida marina lejos de los trópicos y, a través del calentamiento de las temperaturas superficiales del mar, un aumento de la frecuencia y la intensidad de los ciclones tropicales, así como la subida del nivel del mar. El Informe especial sobre el océano y la criosfera en un clima cambiante afirma que la subida del nivel del mar se está acelerando a un ritmo sin precedentes y que no puede descartarse un aumento de dos metros para 2100.
Activos de carbono azul
Los ecosistemas marinos, como los manglares, las praderas de pastos marinos y las marismas, son, en términos de superficie, 10 veces más eficaces para secuestrar dióxido de carbono que los bosques terrestres. Pese a los enormes beneficios que nos reportan en materia de secuestro de carbono, la actividad humana está destruyendo estos hábitats costeros a un ritmo alarmante; la protección de estos activos de carbono azul debe ser prioritaria tanto para la acción climática como para la acción oceánica. Lo que el océano da, puede quitarlo; con esto en mente, se pide a la COP26 que acuerde la preservación y la restauración de los activos de carbono azul del océano.
El hecho fundamental es que debemos mantener el carbono en su lugar, tal como lo concibió la naturaleza, dondequiera que se encuentre. Aunque nuestra comprensión de las propiedades del océano sigue siendo limitada, sabemos que es el mayor sumidero de carbono del planeta, por lo que proteger de forma estricta sus zonas especiales se ha convertido en una tarea urgente.
La biodiversidad es fundamental para la aplicación de soluciones a la crisis climática. Reducir las emisiones de carbono es esencial, pero aún necesitamos extraer el exceso de carbono de la atmósfera y del océano. La mejor manera de hacerlo es a través de la naturaleza, pero, tal como están las cosas hoy, no queda suficiente naturaleza silvestre para llevar a cabo la tarea. La ciencia es clara: debemos proteger y renaturalizar una gran parte del planeta.
Objetivo 30x30
Se espera que el Marco Mundial de Biodiversidad posterior a 2020, que se adoptará en la próxima COP15 del CDB en Kunming, incluya una meta de conservar el 30 % del océano para 2030. Mientras tanto, cuando la Conferencia Intergubernamental sobre la Biodiversidad Marina de las Zonas Situadas Fuera de la Jurisdicción Nacional (BBNJ) concluya el 27 de agosto de 2021, se espera que su acuerdo incluya disposiciones sólidas para el establecimiento de un sistema de áreas marinas protegidas ecológicamente representativas, gestionado de forma eficaz y conectado.
Dado que el océano ya contribuye enormemente a la mitigación de la crisis climática y podría contribuir en un grado mucho mayor si se tomaran las decisiones de inversión adecuadas, es fundamental que veamos un aumento exponencial de la proporción de la financiación climática destinada a la economía azul sostenible durante la próxima década. Un aumento transformador de la financiación pública y privada de las actividades económicas basadas en el océano, especialmente en respuesta a las necesidades y al potencial de los países en desarrollo, acelerará nuestro avance hacia un mundo con cero emisiones netas de carbono para 2050.
La COP26 representa la mejor oportunidad para que el mundo mueva de forma decidida la aguja de la financiación climática en la dirección de fortalecer la contribución del océano a la mitigación y la adaptación al cambio climático. Mientras tanto, situar las cuestiones oceánicas en el centro de las deliberaciones de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) generará un impulso mucho mayor para que los países incluyan y pongan en práctica medidas relacionadas con los océanos en sus estrategias climáticas.
Las soluciones a los grandes desafíos del siglo XXI, como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, se vuelven más claras si los observamos a través de la lente azul del océano. Y de cara a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos de Lisboa del próximo año, cuando miramos a través de esa misma lente azul, vemos que no hay un momento de restauración más importante que el de la COP26 en Glasgow, en noviembre.





